By Brújula
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Magda García von Hoegen / Colaboradora /

El 13 de agosto, fue presentado en la Universidad Rafael Landívar el IV Informe del Estado de la Región, cuyo objetivo central es analizar los desafíos que se presentan en Centroamérica para alcanzar el  desarrollo sostenible. Según el equipo “Estado de Nación”, su aporte consiste en generar  “información oportuna sobre el desempeño del istmo, el fortalecimiento de las capacidades de diálogo y negociación de las organizaciones de la sociedad civil y el Estado.” En esta ocasión, la presentación estuvo a cargo de un representante de Costa Rica.

Realmente es un gran desafío generar información oportuna, sobre todo en un ámbito donde se da por sentado que las estadísticas proporcionan evidencias objetivas sobre realidades humanas, puesto que las cifras están expuestas a la interpretación, la cual se sitúa en el campo de lo subjetivo. Por tanto, es imposible confiar en que algo es plenamente objetivo.

En tal sentido, me llamó mucho la atención el término “nini”, bajo el cual el documento clasifica a la población que no estudia ni trabaja y cuya concentración se encuentra entre las y los jóvenes de la región centroamericana.

El comunicado de prensa enviado por el “Estado de la Región” el 24 de febrero de 2012, titulado “Uno de cada cinco jóvenes centroamericanos son “ninis”, informa que 2,2 millones de jóvenes en el istmo comprendidos entre 12 y 24 años, no estudia ni trabaja y que tal condición se agudiza en las áreas rurales y en las mujeres. “La mayor parte de “ninis” (80%) son mujeres, “la situación más grave se presenta en las zonas rurales en donde la presencia de mujeres que no estudian ni trabajan es mayor”.

Vale la pena cuestionarse qué es lo que revelan estas cifras y la forma que se están interpretando.

En primer lugar, clasificar a un ser humano como “nini” es negarlo dos veces; conlleva una connotación despectiva, excluyente y discriminatoria. Entonces, también vale la pena preguntarse qué se está comprendiendo como “desarrollo” cuando un estudio cuya meta es generar “información oportuna” como base para el logro de un “desarrollo sostenible”, define segmentos de la población bajo un término que le niega  dos veces.

Por otra parte, es curioso observar que la mayoría de “ninis” son mujeres de áreas rurales y que la mayoría de ellas se encuentran en edad reproductiva, por lo que es lógico descubrir que si no estudian ni trabajan, es porque están cumpliendo labores de trabajo doméstico al cuidado de sus familias. También quiere decir que el  trabajo doméstico no se valora como un motor de desarrollo y como sostén de la actividad productiva de la región. Por ende, es también lógico inferir que la visión que subyace a este estudio, considera aún como  evidencia de desarrollo solamente aquella que puede demostrar la generación de riqueza económica y no la plenitud del ser humano. Por tanto, que se considera trabajo solo aquella actividad que se remunera económicamente.

Es triste que viniendo de contextos marcados por la exclusión, no hayamos aprendido aún a trascender conceptos que siguen acentuando las divisiones y con ello, se acrecienten los límites que nos impiden llegar a entender el desarrollo como un proceso que involucra distintas esferas que deben trabajarse para fortalecer seres humanos plenos. Dentro de estas esferas, claro que está lo económico; pero también lo afectivo, la familia, el poder y el derecho de decidir la forma en que se quiere vivir, el derecho de acceso a conocer lo que sucede en el entorno social y el de expresar libremente la opinión, ejercer libremente la espiritualidad; en síntesis: ser ciudadanos y ciudadanas plenos.

Pero aún si nos centramos solamente en lo económico, valdría la pena preguntarse ¿Qué pasaría en la actividad productiva si no hubiera quién se encargara del cuidado de las y los niños? ¿Qué pasaría si no hubiera quién se encargara de las tareas domésticas?

Entonces, comprenderíamos que el hecho de que un trabajo no sea remunerado, no es sinónimo de no sea parte de la actividad productiva de un país.

Al ser cuestionado al respecto, el ponente que expuso los resultados del informe respondió que “deben generarse estrategias para lograr que las mujeres en edad reproductiva no interrumpan su contribución a la economía”. Yo cuestionaría seriamente esto porque responde a imaginarios patriarcales y a la valoración de una actividad solamente si se traduce en dinero. Claro está que es necesario generar esfuerzos para que las mujeres puedan tener acceso a educación y que su vida no sea truncada si tienen hijos a edades tan tempranas como sucede en nuestros países; pero esto solo se puede lograr si partimos de conceptos correctos, donde se comprenda que el trabajo doméstico de hecho es un sostén para la vida productiva y no una interrupción de la misma, donde se refleje en cifras concretas de qué manera la labor diaria y no remunerada de las mujeres, contribuye a la generación de riqueza.

Es necesario, urgente trascender conceptos de desarrollo heredados de la revolución industrial en los siglos XVIII, XIX. Ya estamos en el siglo XXI y necesitamos entrar en un proceso donde entendamos el desarrollo como plataforma para seres humanos en plenitud.

Esto quiere decir que las y los jóvenes no son “ninis”;  son personas capaces de analizar su realidad, tomar decisiones y construir activamente su destino. La sociedad y el Estado deben asumir la tarea de facilitar recursos y construir plataformas para que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de llevar a la realidad la potencial de ser y hacer “todo” “todo” aquello que les lleve a construirse como seres plenos y plenas.

Fotografía obtenida de: www.lajornadamichoacan.com.mx
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