By Gabriela Sosa
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Basurero1

Gabriela Sosa/ Opinión/

Se mostraba orgullosa y resistente. Tenía un rostro amable, aunque se notaba una dureza necesariamente adquirida por los sucesos de su vida; un rostro que escondía una gran sonrisa a la vez de una gran tristeza. Tenía un brillo desafiante en la mirada y una tendencia a estar siempre en guardia: el mundo en el que creció le había enseñado que no debía confiar en nadie. Se levantaba temprano para enviar a sus hijos a estudiar, los mantenía impecables para que nadie supiera la situación que pasaban; nadie tenía por qué saber sus problemas. Luego iba a trabajar incansablemente para correr de vuelta y ocuparse en la tarde de la cena; continuaba trabajando desde su casa: limpiando y lavando. Tenía tres hijos que mantener y debía hacerlo sola pero siempre se las arreglaba. Los sábados los dedicaba a terminar sus estudios. No había tenido la oportunidad de joven.

Esta puede ser la historia de alguien en específico o de cualquiera, porque a fin de cuentas las personas que dedican sus días a trabajar entre la basura son eso: personas.

Personas como cualquiera de nosotros, o incluso más trabajadoras, luchadoras e invencibles. Personas con sueños, anhelos y arrepentimientos, como todos. Personas que quieren un futuro mejor para sus hijos, para darles las oportunidades que ellos no tuvieron; personas a quienes su país les falló y al nacer sin opciones, fueron forjándolas en el camino. Personas que pasan sus días metidas hasta los codos entre basura, nuestra basura, la basura de toda la ciudad, escarbando, buscando algo que vender: papel, botellas, plástico, joyas, zapatos, ropa o electrodomésticos. Lo que sea para juntar al menos Q100.00 a la semana. Personas que se les llenan los ojos de lágrimas al pensar en la imagen de sus hijos sucios entre la basura.

Personas que, como explica Erik Moscoso, ponen su vida en peligro, por la suciedad y las enfermedades que esto puede implicar; así como por los camiones que no tienen mucho cuidado de a quien pasan botando. Personas que han visto los deslizamientos, pero aún así se adentran dentro del basurero o relleno sanitario como se le conoce. Es su trabajo, después de todo. Personas que aún cansadas y tras haberse caído y golpeado, se levantan a diario –tanto literal como metafóricamente- porque esa basura significa el sustento principal de su familia. Personas que tal vez duermen en viviendas de lámina y van juntando poco a poco, para pagar cada bloque, cada lámina, para darle un mejor techo a sus familias. Mujeres que tal vez quedaron embarazadas de adolescentes y crecieron con sus hijos, niñas criando niños. Mujeres que tal vez aprendieron a hacer joyería de papel reciclado gracias al proyecto Creamos y eso implica un ingreso adicional, tan necesitado. Jóvenes, que crecieron en el basurero y no conocen nada más.Personas que arriesgan todo, absolutamente todo, pero que al final del día lo ven solamente como un trabajo y hablan de ello como si fuera normal.

¿Pero lo es? Quisiera decir que no es normal o al menos no deberían ser normales las condiciones en las que viven estas personas. Sin embargo, más de alguna vez  todos hemos escuchado la expresión “alguien debe de hacerlo”. Es difícil definir realmente cómo tratar el tema, ya que involucra tantos aspectos distintos de la sociedad y a diversos entes: desde la municipalidad hasta un cambio radical en la manera como se maneja la basura en toda la ciudad. Sin mencionar, que cientos de familias dependen de ese ingreso, por más peligroso que se continúe tornando. Pero lo que sí es seguro: no podemos ignorarlo.

Es fácil olvidar, sentados en nuestras casas en zonas más “seguras” de la ciudad, que lo que sucedió en el relleno sanitario hace unos días no nos afecta, que no tiene nada que ver con nosotros. Como no le pasó a nadie que conocemos, como no lo vimos con nuestros ojos, entonces “no nos toca”, “no es nuestro problema”. Excepto que sí lo es. Lo que sucedió es responsabilidad de todos. ¿O acaso no es nuestra basura la que está ahí? Por lo menos se merecen nuestro respeto, si no mucho más.

Las personas que mantienen familias enteras vendiendo nuestra basura son las personas que se vieron afectadas y eso lo hace nuestra responsabilidad.

En ocasiones anteriores, representantes del proyecto Camino Seguro, quienes trabajan de cerca con estas comunidades, con estas personas, han escrito en Brújula. Vale la pena al menos informarnos y conocer más sobre las personas que día a día dedican su vida a escarbar entre nuestra basura.

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Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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