By Gabriela Sosa
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Gabriela Sosa/ Opinión/

A veces la mente se bloquea.

A veces queremos escribir sobre algún tema cualquiera, pero no logramos concentrarnos en él. ¿Entonces por qué forzarlo? Otras personas dirán algo distinto, aún así siempre he sido de la opinión que es muy importante no forzar la escritura. Porque si nuestra mente y corazón no está en ello, no saldrá bien. Esto es aplicable a casi cualquier otra tarea. Descarté varios temas para la columna de hoy porque no lograba concentrarme en la investigación para ellos. Al final decidí escribir sobre un tema bastante personal, no obstante es el que tengo presente ahora y no sería honesta conmigo misma si no escribiera lo que de verdad está en mi mente.

He escrito antes sobre el estigma ante la depresión, ansiedad y este tipo de trastornos, mas fallé al no contar lo que se siente por dentro. Porque a veces nuestro cerebro explota. No literalmente, pero sí metafóricamente. A veces la presión y el estrés son demasiado….y a veces va más allá del estrés. Y eso no tiene nada de malo. A veces no podemos decirlo, por pena, por vergüenza, porque no queremos parecer débiles o “sensibles”, dramáticos, egoístas, exagerados, etc.. Podría listar cientos de comentarios parecidos.

Comentarios que invalidan lo que sentimos y el dolor por el que pasamos, pero todos tenemos historias de vida distintas y nadie tiene derecho a decirnos qué podemos o no podemos sentir.

Hoy vengo a decirles que la depresión se siente como si un Dementor (para los que leyeron o vieron Harry Potter) nos siguiera a todos lados, quitándonos la energía constantemente, a cada hora, cada minuto, cada segundo; haciendo cada paso, cada acción en el día increíblemente difícil y desgastante, algo tan simple como  salir de la cama. Porque no es lo mismo no querer hacer algo, que no poder hacer algo. A veces no podemos encontrar las fuerzas y luchamos tanto por tratar de ser “un ser humano funcional”. A veces no podemos manejar situaciones que otras personas encontrarían normales.

Hoy quiero contarles que esto le pasa a alrededor de 350 millones de personas en el mundo. Sin embargo, todos seguimos pensando que somos los únicos, seguimos aislándonos, llamándolo por otros nombres tales como “dolor de estómago”, “gripe”, “migraña”, o en el caso de las mujeres: “es que me vino”. Ponemos mil excusas, buscamos mil maneras, de darle la vuelta y no llamarlo por lo qué es: un trastorno depresivo. O un trastorno de ansiedad. O ambos. Seguido van de la mano. Y seguido hacen destrozos en la mente de una persona. En este vídeo se ejemplifican los efectos de ambos:

En un país al que le falta tanta salud, es común encontrarse con  los que no “creen” en este tipo de trastornos. Al parecer, la salud mental es el menor de los problemas en un país que no tiene siquiera los medicamentos básicos para abastecer los hospitales nacionales; un país donde el servicio prestado por el estado (IGSS) tiene colas de horas en el área de emergencias y una consulta por enfermedad común tiene hasta cinco meses en la lista de espera. Nadie los culpa, viendo las carencias que tiene nuestro sistema de salud, como señala Antonio Flores con una vista desde adentro.

No obstante, la salud mental es básica. Es lo que hace que le dé vuelta al mundo.

Porque si una persona no se encuentra bien psicológicamente, todo lo demás que intente realizar en su vida se caerá en pedazos. Y eso es lo más duro de aceptar porque la sociedad nos dice que “nos aguantemos”, que sólo tenemos que tratar de verdad, que seguramente es porque no queremos, que es algo que escogimos.

¿Algo que escogimos? ¿Escogimos tener ataques de pánico en el baño del trabajo o la universidad porque no podemos dejar de llorar y no podemos respirar bien pero no podemos dejar que los demás se den cuenta? ¿Escogimos vomitar de ansiedad porque nuestro cerebro nunca para y siempre está calculando todas las cosas que podrían salir mal, diciéndonos que nada tiene sentido? ¿Escogimos pasar horas tratando de dormir mas no podemos dejar de pensar en la inutilidad de todo y la falta de sentido del universo, y que somos terribles personas porque hay gente muriéndose de enfermedades reales? ¿Reales? ¿Y esto no es real? ¿Escogimos tener ese gasto extra de ansiolíticos y/o antidepresivos y consultas médicas al mes aunque necesitemos el dinero? ¿Escogimos sentir como si nuestra vida fuera innecesaria y estar a punto de terminarlo todo?

¿Y escogimos que a pesar de tomar esas pastillas y lograr que nuestro cerebro se calme un poco, pasemos por su causa todo el día en un tipo de estupor como si estuviéramos soñando al punto de dudar de la realidad? ¿Escogimos sentir como si nos hubieran golpeado todo el cuerpo en la mañana aunque dormimos más de diez horas? ¿Escogimos tener tanto sueño que nos saltamos comidas para poder dormir más? ¿Escogimos sentir como si las paredes a nuestro alrededor estuvieran aplastándonos o el cuarto estuviera girando? ¿Escogimos sentirnos todo el tiempo como si estuviéramos en esa montaña rusa del IRTRA que sube, gira, baja, gira, sube, gira, baja, gira y pasar así todos los días de nuestra vida sin poder bajarnos?

Es real, es terrible, es desgastante pero no es el fin y no somos los únicos.

Créanme: escogeríamos cualquier cosa menos esto. Esto que es tan real como la pantalla que tenemos enfrente al leer este artículo. Eso es lo importante a recordar: que por cada cien días malos, hay un día bueno; y que por cada diez personas que nos juzguen, hay una que está pasando por lo mismo y necesita saber que no está sola. Para esa persona es esta columna.

[quote]And the ghosts that we knew will flicker from view
And we’ll live a long life [Pero los fantasmas que conocimos se desvanecerán y viviremos una larga vida] – Mumford and Sons[/quote]

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Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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