By Alexander López
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Alexander López/ Opinión/

El 95% de extranjeros que conozco tienen la visión de que Guatemala es un país muy peligroso pero muy hermoso. Los que han decidido venir, han viajado con la idea que conocerán a la gente amable -que suele ser cierto-, así como los paisajes maravillosos, pero que también arriesgarán su vida al venir a nuestro país. Sería lo mismo que si yo pensara irme a Irak o Afganistán.

Su perspectiva no ha estado muy alejada de nuestra realidad y es que en Guatemala, hasta el primer trimestre de este año (según un artículo del 4 de abril en Prensa Libre) ya se habían reportado mil 374 muertes por hechos criminales sin contar aquellos que tienen que ver con la negligencia y carencia en los hospitales públicos.  Cifras que han aumentado en relación al año pasado, y es que nos hemos acostumbrado a escuchar de personas asesinadas o desmembradas, pasando a ser parte de una cifra más cada día.

Lo impresionante es que ya hemos dejado de sentir compasión o indignación hacia esas vidas valiosas y las consecuencias sociales que esto conlleva.

Esta semana una persona más se agregó a la nueva lista de asesinatos. Para mí fue tan indignante que caí en la cuenta de cómo había dejado de sentir dolor por la muerte de personas que dignamente habían trabajado para sobrevivir (irónicamente).

El jueves pasado escuchábamos la muerte de un piloto de bus -Mario López- que a tempranas horas había sido asesinado por no pagar extorsión y que además había escrito una carta a los extorsionistas para que se arrepintieran de sus actos y no lo asesinaran. Me conmocionó tanto que pasé muy molesto todo el día pensando en el hecho de cómo la injusticia determinaba nuestro destino y también recordando de cómo todos somos sujetos de intimidaciones y amenazas contra nuestra integridad. Esto,  gracias al pobre sistema de seguridad que tenemos.

Este acontecimiento no está muy lejos de nuestra vida diaria y es que hace algunos años, mis padres habían decidido continuar con una tienda y restaurante que se encontraba a escasos metros del Palacio Presidencial, a pesar de las extorsiones que recibíamos. Sin embargo, debido a las constantes presiones e intimidaciones, ellos tuvieron que cerrar los negocios y al enfrentar su situación, tuvieron que dedicarse al trabajo informal y trabajar en las calles como cuidadores de carros. ¿Qué de justo tiene esto?

Siempre había sido partidario de que nuestro sistema de justicia y las políticas de seguridad tienen que resguardar nuestra integridad y que además de pedirle a Dios, los actores del Estado tienen que actuar porque nuestras vidas se desarrollen con tranquilidad y paz.

En realidad, admiro la valentía del conductor, primero por haber trabajado diariamente aún cuando su vida corría peligro y segundo, por el coraje de haber escrito una carta en la que expresaba su sentir y su voluntad por vivir.

Estos hechos me hacen preguntarme: ¿qué estamos haciendo por que esto cambie?. Es difícil y triste observar que estos hechos, en vez de empoderarnos y motivarnos al cambio, nos hacen tener miedo y pensar únicamente en nuestro propio bienestar egoísta pero justificable. Y esto argumentado además por los muchos comentarios que he recibido de mis estudiantes a quienes también les han arrebatado las energías y el entusiasmo por cambiar la situación de nuestro país debido a actos tan irónicos como las “mordidas” que les han cobrado policías al detenerlos en sus carros, así como la falta de esperanza y confianza en el sistema de denuncias y seguimiento a estos en el Ministerio Público.

Es muy lamentable esta situación; sin embargo, es ahora cuando debemos estar más preparados con entusiasmo para cambiar el sistema de justicia que en nuestra actualidad está dando indicios de transformarse. No debemos perder la esperanza ni la lucha –que también demostró el señor Mario López con su propia vida-, para que este sistema se reforme y cambie. Nuestra sociedad necesita de personas valiosas y valientes como él para que la cifra de asesinatos y delincuencia disminuyan y acaben. Queda en nosotros defender nuestros derechos y seguir luchando aún ante las amenazas, la criminalidad y la violencia que impera en nuestro país, porque así es como conseguiremos vivir en una sociedad más segura y justa para todos.

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