By Brújula
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Hace ya algunos cuantos años en un acto cívico de un colegio privado de clase media de este país, se llamó a 5 estudiantes destacados para recibir algún tipo de reconocimiento estudiantil.  Uno de ellos se apellidaba Chocoj, y al ser nombrado frente al micrófono para que pasara al frente, el apellido causó una avalancha de risas y carcajadas entre los cientos de niños y niñas.  El incidente no pasó a más, y quienes dirigían la actividad únicamente decidieron llamar a la “cordura”a los estudiantes; quizá muchos pequeños se habían sumado a la divertida avalancha sin entender con precisión lo que esta burla implicaba, no únicamente para el alumno sino también para la construcción de significados en este pequeño país.

El pasado 9 de agosto el Congreso de la República resolvió aprobar con 110 votos a favor el cambio de nombre del estadio nacional “Mateo Flores” por el nombre “Doroteo Guamuch Flores”. En un país con un sinfín de otras problemáticas a atender y legislar, un simple cambio de nombre resultó para muchos algo irrelevante e incluso poco pertinente. Y de repente, la imagen del colegio de clase media regresa a la mente.

Un simple nombre que puede decirnos tanto.

Los monumentos de los países y ciudades generalmente se yerguen y muestran orgullosamente en plazas y lugares concurridos con el fin de recordar sucesos o personajes,  pero especialmente para quedarse en la mente de las generaciones futuras, siendo referentes simbólicos para la población. Es así como Nueva York tiene su estatua de la Libertad, Italia su Coliseo Romano o Berlín su Puerta de Brandeburgo. Pero no solo los monumentos hablan; las calles y otros espacios urbanos con sus nombres también marcan referentes. En Berlín, los nombres de algunas estaciones de metro o calles todavía recuerdan a las épocas en que Alemania estaba dividida políticamente, con nombres como Rosa Luxemburgo o Carlos Marx.

¿Qué mensaje simbólico gritan los nombres de  nuestras calles?

Y entonces nos preguntamos por qué nuestra ciudad tiene muchos pasos a desnivel con nombres de personas mestizas y dictadores como Jorge Ubico o Rafael Carrera. ¿Por qué, entre tantos nombres y personalidades por escoger, hay bastantes pasos a desnivel que llevan nombres religiosos como Papa Francisco y Benedicto XVI? ¿Y por qué únicamente resuena el de una mujer, Dolores Bedoya de Molina?   Nuestras calles y monumentos hablan y aunque no lo percibamos, están dejando huellas en el imaginario social de los ciudadanos de hoy y del mañana.  Nuestra ciudad, a pensar solo por los nombres de los pasos a desnivel, es una ciudad totalmente criolla y masculina.  ¿Qué calle, monumento, plaza o museo tiene un nombre que haga referencia a un personaje indígena o maya? ¿O cuál se ha erguido en nombre de personajes recientes y destacados en áreas distintas a la política?  Probablemente la Calzada Atanasio Tzul es un ejemplo y el paso a desnivel Erick Barrondo otro, pero debemos reconocer que son los menos.

En un país lleno de discriminación, racismo y desigualdad, el cambio de nombre de un estadio puede ser más que una simple modificación.  Tal vez en algunos meses ya estemos acostumbrados a decir Estadio Doroteo Guamuch, y probablemente en unos años más, los niños y niñas de este país encuentren el nombre cotidiano, con el recuerdo de aquel famoso personaje de apellido indígena que ganó la maratón de Boston.  Y es que así, poquito a poquito, los monumentos y calles de nuestro país pueden en realidad hablarnos del país diverso que somos, de los muchos nombres y personajes diferentes que tenemos por orgullecernos y así finalmente lograr que en los actos cívicos de nuestros colegios, el apellido Chocoj no sea motivo de carcajadas.

Fotografía: I+d iluminación

 

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