By Andrea Godínez
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dudas

Andrea Godínez/Opinión/

—Hace un año conocí a Claudia y también hace un año, perdí toda comunicación con ella.—

El año pasado estuve viviendo de mayo a diciembre dentro de un residencial en zona 16. Normalmente todas las noches, cansada del día laboral, me preparaba la cena temprano. Sin embargo, un día vi un rótulo de pupusas y mi mente, estómago y antojo no me dejaron en paz hasta que fui a comprar un par. Este gusto adquirido al emblemático platillo salvadoreño, me hizo visitar el lugar unas cuantas veces. Durante las primeras visitas, poca atención le prestaba a la joven que preparaba la comida por mí varias veces. Sin esfuerzo alguno, 10 minutos y yo ya tenía la cena servida.

Un día decidí dejar de prestarle tanta atención al celular y entablar una conversación con aquella muchacha que se veía ansiosa de que alguien le dirigiera la palabra, mientras preparaba la cena. Mirada profunda, ojos negros, tez morena, cabello lacio y oscuro. Empezamos a conversar. Dos minutos fueron suficientes para conocer sobre su procedencia. Venía de Jalapa y vivía en la capital desde hacía tres semanas. “La semana pasada fue mi cumpleaños,” me dijo. ¡Felicidades! Respondí.

Ese fue el inicio de mi relación con Claudia*.

Cuando Claudia se mudó a la capital con el deseo de superarse y apoyar en su hogar en Jalapa, aún no había cumplido los 18 años. Era menor de edad cuando tomó la decisión. Se vino con todas las energías y motivaciones que caracterizan a una joven de esa edad y que va a empezar a trabajar. Sin embargo, a pesar de tener tantos datos sobre ella, mi mente seguía haciéndose preguntas, algo en la historia me parecía que no estaba bien. ¿Entonces cuando decidiste venir a trabajar a la capital todavía eras menor de edad? – ¡Sí! – ¿Y tus papás qué dijeron cuando te mudaste a la capital? ¿Te dejaron irte así de fácil de tu casa? – Sí, hizo una pausa y luego me dijo: “bueno, no precisamente.” Lo que pasa es que mis papás no sabían a dónde me había venido yo, no les avisé. A los dos días de estar aquí me pude comunicar con ellos y ya les conté que estaba trabajando en la capital con los señores que tienen negocios aquí en la capital y también en Jalapa.

Recientemente, yo también había tomado la decisión de emanciparme de la casa de mis padres y empezar una nueva vida independiente en todos los aspectos de mi vida. Obviamente, las condiciones que me llevaron a esta decisión no eran las mismas a las de Claudia, ni por asomo. Sin embargo, compartíamos que ambas estábamos viviendo en el mismo lugar, al mismo tiempo y ambas, de alguna manera, extrañábamos nuestro hogar. Esto me hizo seguir haciéndole preguntas de lo que yo vi reflejado en ella al contarme que se había venido a vivir “sola” a la capital.

Claudia extrañaba a sus papás, a sus hermanos, a sus amigos, a su Jalapa.

No había terminado de estudiar y trabajaba en la pupusería durante el día; en la noche dormía en la casa de los dueños del negocio, no sin antes dejar toda la comida de la venta preparada para el día siguiente. Claudia se dormía alrededor de la media noche y se levantaba a las 4 de la mañana para preparar el desayuno de todos en la casa, el señor, la señora y a el hijo de veinti tantos años. De verdad no me imaginé el vómito verbal que Claudia guardaba dentro. Continuó. No le gustaba el lugar, la hacían trabajar todo el día, le echaban la culpa de la poca venta que pudo tener en la jornada, le tocaba asear y hacer la comida a los hombres de la casa por las mañanas. Eso sí, tenía derecho a “descansar” todos los domingos. Su único y bien merecido día “libre” a la semana, tenía que regresar antes de las 7 de la noche, esas eran las reglas de tener derecho a dormir y comer en esa casa. Si no regresaba antes de esa hora, representaba una gritadera loca al punto de estar cerca de los golpes. Me dijo que no la golpeaban pero su forma de comportarse y hablar de la situación, me hacía pensar lo contrario. Prefiero no pensar.

Con cada palabra que esa joven expulsaba de su boca, más me ponía los pelos de punta y me llenaba de coraje al punto de querer gritarle a la señora por la pésima forma de tratar a otras personas. Me calmé, quería tener la historia completa. Le pregunté si prefería o pensaba regresarse a Jalapa con su familia. Asintió y me dijo que lo único era que le daba miedo hacerlo ya que la señora era muy enojada y que no sabía en qué parte de la capital estaba viviendo. ¿Qué lugar es este? ¿Queda cerca la terminal de buses? ¿En qué área de la capital estoy? Tres preguntas, tres respuestas, todas resumidas: ¡Lejos de tu casa!

“¡Claudia, eso no está bien! ¿Sabés que eso es esclavitud? ¡Vos no deberías estar aquí!” le dije. Ella estaba consciente de eso, pero le daba miedo decirle a la señora que se quería regresar a su pueblo y que no le pagaran el mes. Lo que terminó haciéndome sentir un fuerte dolor en el estómago ocasionado por la rabia, fue que Claudia ganaba entre Q400 y Q500 mensuales si bien le iba. Para hacerla dependiente de esta situación, le daban su sueldo en dos, tres y hasta cuatro partes durante el mes. Si no les daba la gana, se lo pagaban hasta el siguiente. Esta vez la conversación no duró los diez minutos de preparación de las pupusas. Estuve explicándole que lo que ella vivía, no era correcto, no era normal. Le hablé sobre la esclavitud y la violación de sus derechos. Llegaron más clientes y eso la puso incómoda y un poco nerviosa. Antes de irme, le ofrecí llevarla a la estación de buses y darle para el pasaje de regreso a su casa cuando ella lo decidiera, le anoté en el periódico que leía, mi número de teléfono y me retiré con más preguntas que respuestas. ¡Llamame cuando lo necesités!

Visité un par de veces más la pupusería. Ahora no lo hacía por ahorrarme la preparación de la cena, sino para saber cómo estaba Claudia.

La situación se ponía peor. Este mes le habían pagado solo Q150 y le dijeron que a la quincena le daban el resto. ¡Estoy desesperada!, me confesó. Además, el domingo de esa semana recién pasado, al regresar de su “paseo dominical” dentro del mismo residencial, eran pasadas las 7 de la noche y el hijo de la señora la vio entrar; “me regañaron bien fuerte.” Una vez más le hablé que debía regresar a su casa y que era mejor no llevar nada de dinero, a estar soportando esos abusos hacia su persona.

22 de agosto, era domingo. Recibí una llamada alrededor de las 7. Era Claudia, “ya me decidí, hoy me voy a mi casa ¿me hace favor de ir a dejarme a la terminal?” Mal día. Ese domingo yo no me encontraba en la capital pero ofrecí devolverle la llamada para ver si lograba que algún amigo me ayudara a llevarla a la estación de buses. Una hora me tardé en tratar de volver a comunicarme con ella. Primera llamada, nadie respondió. Segunda llamada, me contestó un hombre que me proporcionó muy poca, por no decir nula información. No la conocía. Claudia, quien aparentemente para muchos en ese residencial era una especie de un fantasma porque nadie la había visto o conocía, realizó la llamada desde una tienda de abarrotes y no había forma de contactarla. La busqué los días siguientes, pregunté por ella en varias tiendas y nada; a Claudia se la tragó la tierra.

Dos semanas estuvo cerrada la pupusería. Cuando la vi abierta nuevamente, no lo dudé y regresé corriendo. Una nueva joven atendía la venta. A pesar de ser una nueva, tenía algo en común con Claudia; era el mismo perfil joven, ladina, proveniente de algún departamento de Guatemala, etcétera. Esta es la historia sin fin y de múltiples inicios. Claudia no había sido la primera, ni sería la última en atender ese negocio en las mismas condiciones. Quiero creer y espero que así sea, que Claudia regresó Jalapa, continuó con sus estudios disfrutando de compartir con su familia y amigos que tanto extrañaba y que su temporada en la capital sea solo un mal sueño del cual ya despertó. Sin embargo, y a pesar del final feliz que me obligo a creer, se que hoy un año después, seguramente otra “Claudia” atiende la pupusería.

*Claudia no es el nombre real de la joven en esta historia.

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Me cansé de definirme entre líneas porque nunca he estado dentro de ellas. Veo lo que comparto, comparto lo que veo.

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3 Comments
 
  1. Andrés / 26/08/2016 at 08:33 /Responder

    Terrible. Ayudaría mucho que diera el nombre de la pupusería, para que esto no siga ocurriendo. 😉

  2. Lenina García / 26/08/2016 at 10:27 /Responder

    Con esta historia se demuestra la indignante realidad a la que están expuestas las mujeres jóvenes en nuestro país ante su situación de pobreza y la ausencia de oportunidades en sus lugares de origen. También se da a conocer cómo cambia la perspectiva de una joven cuando se le hace ver su situación de explotación y la importancia de defender sus derechos. Lamentablemente no se sabe cómo se resolvió o no su caso, pero creo que es importante dejar un precedente y denunciar a este tipo de comercios que explotan a las adolescentes y jóvenes. Se puede hacer una denuncia anónima ante la PGN o el Ministerio Público. Es importante que estos casos no queden impunes. Gracias a Andrea Godínez y al equipo de Brújula por visibilizar estos temas.

  3. José Luis Gaytán / 26/08/2016 at 20:38 /Responder

    Situación terriblemente recurrente en Guatemala… Lo que no me queda claro es si a manera de ilustración se cuenta la situación de forma anecdótica o simplemente es una historia de ficción con algunos elementos reales. Escribo esto porque al inicio dice Andrea Godínez que visitó el lugar unas cuantas veces y que cuando conoció a Claudia ella tenía tres semanas de haber llegado al trabajo, pero después me pierdo en le manejo de los tiempos… parece que toda la historia se la contó en al menos tres ocasiones … pero eso indicaría que Claudia estaba sola en el negocio o sin otros comensales; o que cocinaba y servía a la vez… También habla de pagos mensuales y que de no pagarle completo le pagaban hasta el siguiente mes… eso se lo tendría que haber dicho al menos dos meses después, porque si no no cuadran los tiempos, a no ser que le pagaran por adelantado… parece entonces que la relación duró varios meses y no como aparece al principio. en “unas cuantas veces” Lo anteriormente escrito por mi, no demerita la narrativa, ni su relación apegada a una situación lamentable… pero parece una historia de ficción, climatizada en la realidad urbana guatemalteca, utilizando como recurso la relación campo-ciudad. Finalmente creo que el efecto de alejamiento narrativo de la autora, contrasta con esa rabia manifiesta.

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