By Brújula
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¿Cómo se empieza a escribir una carta de despedida?

Fue un octubre de 2015 cuando lo conocimos. Él había acordado el lugar y hora de nuestra cita. Quienes llegábamos, éramos un grupo de jóvenes animados por el movimiento ciudadano que el país estaba viviendo en esos momentos. Creíamos ir a aportar la energía, adrenalina y esperanza por construir el mejor país que las calles y las plazas nos estaban permitiendo, a cambio de historias y anécdotas sobre la revolución de la década del cuarenta, aquella que él había vivido en carne propia*.  No imaginamos lo fuerte que sería el encuentro con Alfredo y lo mucho que impactaría la vida de quienes tocamos la puerta de su casa ese 10 de octubre.

Tardó en salir, se estaba arreglando nos indicó Patricia. Nadie sabía muy bien cómo reaccionar ante el distinguido economista guatemalteco y líder estudiantil de la época de la Revolución; sin embargo, Alfredo nos hizo fácil el encuentro y la presentación.  Con calma y sin prisa, tomó asiento y se cercioró que todos estuviéramos cómodos. Un primer signo de cálida humanidad. La conversación dio inicio y no finalizó sino porque Alfredo necesitaba descansar. Muchos pensamos que era el cuerpo el que le pedía un descanso, porque de espíritu nos hubiéramos podido quedar muchas horas más.

En la conversación que tuvimos, muchos pudimos descubrir al Alfredo académico, idealista y pragmático: toda revolución, y la Revolución de 1944 no es la excepción, es irrepetible y es así que debemos aprender a darle su papel en la historia. Hablamos del poder, de las clases económicas que manejan al país de acuerdo a sus intereses, de la corrupción de nuestros días, el movimiento estudiantil del 2015, entre muchas cosas más. Las causas que lo llevaron al exilio fueron fuertes, pero sin duda no podría haber estado tantos años fuera de su país sino hubiera estado acompañado de Elsa. Hablar de Elsa fue conocer también al Alfredo amante; durante esas dos horas de charla escuchamos de un amor que traspasa espacio y tiempo, compromiso y libertad. “Elsa era fuerte, de esas mujeres rebeldes que salían a las calles para mostrar su descontento.” Una fotografía de Elsa nos acompañó durante toda nuestra estadía.

alfredo

A sus más de noventa años, Alfredo Guerra Borges había llegado a ser un economista reconocido, especialmente por sus aportes en temas de integración centroamericana, pero también por su conocimiento y protagonismo en una época de la historia del país a la cual muchos nos gusta regresar como referente histórico, para tomar impulso. Calmado y sereno,  sus palabras eran un viaje por la inmensidad de las utopías. Para hablar de sueños, había que hablar con Alfredo. No porque fuera un soñador incansable –también-, sino porque a través de su vida, es posible comprender que una Guatemala más justa y humana es posible, y que para ello, en palabras de él mismo, “hay que tener un objetivo claro, el tiempo que sea necesario.”

Después de ese primer encuentro, algunos de nosotros volvimos a encontrarnos con Alfredo para continuar hablando del amor y la vida. Hoy, tras su partida no dejamos de sentir el vacío de ese alguien que parte hacia otras dimensiones, llevándose tanto pero también dejándonos tanto.  Sin duda, la lucha por la construcción de una Guatemala diferente debe continuar, una lucha que inició en el 44 y continúa vigente hasta nuestros días. Y tenemos que seguirla el tiempo que sea necesario. Gracias Alfredo por tanto trabajo, amor, valentía y entrega por el país. Muchos seguiremos aquí, recordando ese encuentro de octubre, donde dos generaciones nos unimos para hablar de la Guatemala que soñamos y cómo podemos hacerla posible. Esta nueva generación está aquí, presente con toda la fuerza para continuar el trabajo que muchos iniciaron años atrás. Hasta pronto, nos debemos el próximo café.

Nos disculpamos por hacer este editorial tan personal, pero una carta de despedida no puede ser de otra manera.

*La entrevista se realizó en el marco del Documental Plaza 44-15 junto a Plaza Pública y Guatemala Memoria Viva.

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