By Gabriela Sosa
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Apareció un día en la ventana de la cocina. Ya lo había visto meses atrás pero tras tanto tiempo sin verlo me había olvidado de él. Casi no parecía el mismo gato. En ese entonces era un gato negro que se paseaba por el jardín, como cualquier gato explorando sus alrededores. Lo vimos unas veces y luego desapareció. Nada fuera de lo común.

Ahora que lo veía se notaba un gato maltratado, hambriento, cansado y sin hogar; se apreciaba bajo sus cicatrices y su pelo enlodado que en mejores días fue un gato hermoso. Ese encuentro, aunque no había sido el primero, parecía marcar algo nuevo. Me vio como si nunca me hubiera visto antes. Sin embargo, huyó. Los gatos aprenden por experiencia. Si un humano le había hecho daño (y su físico claramente lo delataba) pasaría mucho tiempo para que se acercara de nuevo a uno.

En efecto así fue. Pasaron los meses. Entraba en la noche como un ladrón de cuatro patas. Se atragantaba la comida de mi gata e incluso osó morder la bolsa de pan un par de veces. Pero al vernos, huía. A veces lo encontraba dormitando en nuestro jardín. Sin embargo, se notaba en sus ojos que aún tenía miedo. Me mantenía la mirada pero luego huía. Poco a poco se instaló en la esquina del jardín. Observaba a mi gata y eso parecía calmarlo. Desde niña había sido castrada. Eso no parecía ser lo que le atraía de ella. Tal vez el hecho de saber que había un lugar donde esta gata tan hermosa se mantenía bien le daba paz. Le daba confianza. Y vaya que era una gata hermosa: pelo sedoso, limpio, abundante y bien cuidado. De niña había sido abandonada también. Nos la trajeron muy maltratada pero pronto se recuperó y creció para ser una princesa consentida.

Cuando murió, fue un golpe inesperado.

He asistido a funerales, he enterrado a seres queridos, pero en este caso dolió de una manera que nunca vi venir. Nunca comía comida que no lo diéramos nosotros. Aprendió eso de su infancia maltratada. Sin embargo, comía ratones. Alguien envenenó a los ratones de la calle. Si tan solo supieran que era innecesario. Mi gata pronto se daría a la tarea de acabar con ellos. Como una trágica y torcida fábula, ambos murieron, el ratón y mi gata. Ver a un ser tan inocente, incapaz de hablar, sufrir tanto mientras la sostenía camino al veterinario fue casi tan traumático como asistir a un funeral.

Tengo la teoría que al morir una mascota, duelen partes del alma desconocidas al ser humano que nunca conoceríamos de nunca tenerlos.

Lo curioso es que este gato negro, que no pertenecía a nadie aún, parecía casi tan triste como nosotros. Parecía casi tan triste como en el aquel entonces otro habitante peludo de la casa: nuestro perro que la había visto desde bebé. Había convivido con mi gata apenas unos meses, contrario a los siete años que nosotros teníamos con ella. Pero ella había parecido traerle una luz al final del túnel, como diciéndole que esta casa era segura, que ya no debía ser un gato vagabundo. Ahora parecía perdido. Mi gata había dejado atrás su bolsa de concentrado. Continué serviéndole, ¿qué más podía hacer? El tiempo pasó y el gato volvía a desaparecer. Hasta que me ofrecieron una pareja de bebés de dos meses. Eran unas pequeñas pelotitas adorables y aunque mi economía decía que no, sin saber bien cómo, me encontré aceptando y adoptándolos.

El día que el gato negro los vio también estaba en la ventana. Ese brillo en sus ojos nunca lo voy a olvidar. Parecía pensar “esto es, esto es lo que necesitaba”. Se bajó de la ventana. Nunca había hecho eso frente a mí y empezó a lamer a los gatitos. La forma felina de saludar y decir mucho gusto, serás mi familia ahora.

Dos años después, aquí me encuentro rodeada de los tres escribiendo esto. Tuve el privilegio de ver crecer a esos dos bebés y convertirse en bellos y seguros gatos domésticos, mañosos y melindrosos, sin que nunca supieran lo que es ser un gato abandonado. No obstante, también tuve el privilegio de ver a este gato negro convertirse en el hermoso felino que siempre sospeché que podía ser. Después de castrarlo no había vuelta atrás. Atraparlo en ese entonces fue difícil, pero pronto se instaló en la casa, se dio cuenta que nadie lo estaba golpeando ni echando y se volvió el rey del jardín.

Viendo  a mi alrededor a estas criaturas no logro comprender cómo existen personas que pueden dejarlos abandonados a la orilla de una carretera, golpearlos con látigos o tirarles piedras.

Nunca supe ni seguramente sabré qué vida llevó este gato antes de aparecer en mi ventana. El veterinario dice que debió tener casa o nunca habría sobrevivido tanto tiempo al ser adulto. Le calculan 6 años. Está claro que le perteneció a alguien y lo abandonaron o golpearon. Hay cientos de casos así de gatos y perros de todo tipo.

No obstante, los humanos somos seres superficiales y la semana pasada de antesala a Halloween escuché de muchas personas que tuviera cuidado porque la gente mataba a los gatos negros. El Reino Unido celebra el 27 de octubre desde hace varios años el día del Gato Negro.

Acorde al Telegraph, datos del Cats Protection Society indican que los gatos negros tardan aproximadamente un 13% más de tiempo en ser adoptados que gatos de otros colores.

Me pregunto cuáles serían los datos en un país como Guatemala, donde el misticismo sigue siendo parte de la vida cotidiana. Parece que el estigma lo trasladamos a todas las especies; los gatos negros seguido son asociados con brujería y considerados de mala suerte, lo que lleva a que sean abandonados o maltratados. Al verlos no logro entenderlo. Son tan amorosos y juguetones como cualquier otro gato. No sé cuánto tiempo vivirán estos tres. Pero mientras vivan, sin importar qué nos suceda económicamente, siempre tendrán una casa con comida. Son familia. Negros, grises, cafés; realmente no importa. Son criaturas que necesitan compasión y cariño. No ser víctimas de nuestros arcaicos prejuicios.

Imagen: Gabriela Sosa

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Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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