By Gabriela Sosa
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El cliché de que cada año es un capítulo ya está bastante gastado. Sin embargo, tiene cierto sentido. Más que un capítulo, cada año parece ser parte de una serie inherente a cada persona: un volumen más, con doce capítulos diversos narrados cada uno por la voz de su protagonista, es decir: la serie de nuestras vidas. Como toda novela, la vida tiene un inicio, en el cual el protagonista no influye. Después de todo, nadie puede darse vida a sí mismo.

Luego viene el nudo o nudos, con varios obstáculos que debemos superar para llegar a un desenlace. Sin embargo en una serie de libros, el capítulo final, en este caso ese seguido, doloroso y cansado diciembre, no es un final, sino una promesa de hasta luego; quizás un mejor mañana o al menos haber aprendido algo en este volumen para enfrentar mejor, en el próximo, aquello que no podemos controlar.

El 2016 fue un año raro. A veces pareciera que la vida pasa y pasa, que los días se atropellan entren sí, para dar lugar a un día igual, que es fácil caer en un ritmo de corre y corre, sube y baja, por sobrevivir sin ver bien hacia dónde vamos e incluso olvidar por qué empezamos este camino; sabiendo simplemente que hay que seguir porque la vida nos ha sido fatalmente dada y se vive a sí misma, nos guste o no (para parafrasear a Cortázar).

No obstante el 2016, tanto a manera personal, como global, nos ha hecho  plantearnos como humanidad esta extraña y a veces insólita realidad.

Desde el Brexit, pasando por la muerte de muchos famosos, el calentamiento global, Trump y una Siria prácticamente destruida, hasta la evidencia que el racismo sigue siendo tan palpable en nuestros días como hace 50 años. Todo esto nos ha hecho preguntarnos si vamos por buen camino o si en realidad no hemos aprendido absolutamente nada por más clases de historia que llevemos, por más acceso a redes sociales donde podamos ver fácilmente qué sucede en otros lados, y por incontables novelas y películas distópicas sobre un futuro gris. A menudo pareciera que seguimos igual, o incluso peor que antes.

La cuestión es: no estamos peor, simplemente estamos más conectados. Muchos tenemos acceso en las puntas de nuestros dedos a noticias alrededor del mundo, a cientos de pensamientos por minuto en las redes sociales, a fotografías que antes tardaban días en llegar a los periódicos. Todo, todo lo podemos ver en línea. Esto ha llevado a veces a una sobre-saturación de información. Tanto que a veces agobia. Y aún así, por increíble que parezca, existen aquellos que viven en la oscuridad, sin acceso a todo el mundo (literalmente) que cabe dentro de las pantallitas de nuestros teléfonos o, sin ir muy lejos, dentro de las páginas de los libros.

Como hacía la reflexión Hábitat para la humanidad en su columna de hace unos días, este año vale la pena extender una mano a estas personas. Porque si algo aprendí del 2016, es que por mal que parezcan ir las cosas, siempre hay alguien que está peor y merece nuestra ayuda. Siempre tenemos algo que dar; no necesariamente dinero. Puede ser nuestro tiempo a alguien que necesite un amigo, libros o cuadernos viejos que ya no utilizamos, una rodaja de jamón extra para la gata que vive abandonada en la cuadra; un oído amistoso o un ojo experto en faltas de ortografía.

Sin duda estamos más conectados en línea, pero desconectados en la vida real. Nos falta empatía y nos falta ver más allá de nuestras pantallas, percibir estos hechos como reales, estos entes en sufrimiento como seres humanos.

Hay muchas, tantas, tantas, infinitas cosas, “nudos”, sobre los cuales no tenemos control. Tantas cosas que no podemos cambiar de nuestro libro. Pero sí podemos afectar algunas cuantas. Especialmente, como dijo alguna vez Tolkien: “lo que se hace con el tiempo que se nos ha dado (sin importar la deidad, o la falta de, en la que se crea).”

Termino el año con este fragmento del cuento “Aguinaldo” de Vania Vargas:

No me gustan los centros comerciales, no me gusta comprar. Me molesta cuando me preguntan qué busco. Ese es un tema existencial. Me produce angustia. “Solo quiero ver”, respondo, y me apresuro.

La vida es más que un centro comercial. Diciembre es más que un centro comercial y comprar, comprar, comprar. Podemos quedarnos a “solo ver” la vida, ver cómo se suceden las cosas en nuestra historia. O podemos tratar de salir al aire fresco, lejos de las luces y bulla del centro comercial, que trata de obligarnos a comprar algo que en realidad no necesitamos; para ver qué podemos hacer por aquellos afuera. Atrevernos a caminar o manejar por calles distintas y tratar de escribir un volumen diferente a los demás.
La serie aún no termina, simplemente se retoma en enero y aún quedan muchos más. Solamente falta aferrarse al valor para seguirlos escribiendo.

Feliz año.

Imagen: Unsplash

About the Author

Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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