By Brújula
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Sofía Guzmán/ Colaboración/

¡Toc-toc! La pistola se estrella en el vidrio del carro… ¡déme su teléfono! ¡déme su teléfono le digo! ¡Bam! Disparo. El hecho armado sale en los medios de comunicación. Pero no es sorpresa que otra persona más muera en Guatemala, ya estamos acostumbrados a esta violencia, día tras día. Según el Inacif, las heridas producidas por arma de fuego son la principal causa de muerte en el país.

Estos acontecimientos se vuelven algo cotidiano en nuestra vida, simplemente pasan y vuelven a pasar todos los días.  Y al final, somos indiferentes porque no nos pasa a nosotros. Me es molesto pensar que algún día podré morir porque no le entregué el celular u alguna otra pertenencia al sicario. También, se me hace injusto no poder estar tranquila al estar esperando que cambie el  semáforo con el miedo a que alguien me asalte.

Otra forma de mantenernos temerosos son las extorsiones, este crimen se ha convertido en una fuente de terror y de duelo para algunas familias guatemaltecas. La desconfianza y el temor que viven las víctimas hacen que estos actos no se denuncien y vivan con la idea que morirán por no pagar el monto estipulado. Aparte de los daños físicos que esta acción puede causar, están los daños psicológicos. Hace un par de días leía sobre un caso de extorsión. “Regresaba de recoger a mi hijo en la escuela, cuando de repente me avisan que mi esposo ha muerto por no pagar la extorsión”.

Vemos a diario lo injusto que es vivir en Guatemala, lo campantes que podemos parecer mientras nuestro vecino sufre.

Vemos una desigualdad social y económica que afecta a cada sector de la región guatemalteca, por la cual si la persona es pobre, tiene menos oportunidades de sobresalir en el área laboral. Es evidente que una gran parte de los jóvenes guatemaltecos son las principales víctimas de la exclusión, pobreza y violencia, lastimosamente sus oportunidades de progreso en el ámbito laboral son limitadas.

La raíz de la violencia es la falta de educación y oportunidades que se tiene en el país.  Los individuos buscan la manera más fácil de hacer dinero y subsistir, la cual para ellos es el crimen organizado. De igual forma, es imposible confiar en las autoridades ya que forman parte de los mismos actos de violencia.

De tal manera me pregunto, ¿en qué sociedad estamos viviendo? ¿El Estado responde ante su función? Se entiende que el Estado de Guatemala es democrático e independiente, con el fin de “proteger” a las personas. Pero en uno de los países mas violentos de Latinoamérica, donde matan a más de 10 personas al día,  donde no se cumplen los Derechos Humanos básicos y con un sistema donde la élite siempre sale beneficiada, ¿cómo se protege la vida, la paz y la justicia?

En el 2010 el Ministerio Público registró 9.448 casos de extorsión, y la PNC menos de 6.000. La Fuerza de Tarea contra Extorsiones (FTE) estima que un 80 por ciento de las extorsiones operan desde las cárceles. El sistema penitenciario del país dice que sólo es un 5 por ciento. Este es solo un ejemplo de que los números no cuadran: El MP, la PNC, el sistema penitenciario y la FTE reportan números diferentes. Eso significa que no sabemos lo que está pasando en realidad.

El Estado de Guatemala no tiene datos reales de nada y un Estado sin estadísticas e historia escrita no existe, no puede actuar.

Al paso que vamos, creo que la violencia en nuestro país es algo eterno porque no hay planes concretos que combatan la ola de violencia que se vive día tras días. La violencia no se soluciona en 4 años según el mandato, sino que es un trabajo continuo. No se puede analizar desde solo un panorama, porque los factores que dan inicio a esto se dan en diferentes situaciones tanto objetivas como subjetivas y psicológicas. Para entender este tema a mayor profundidad, se necesita una confluencia de análisis real sobre la situación social y familiar de los individuos con dimensiones sociales, económicas y culturales.

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