By Alexander López
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Estoy agradecido por conocer no solo los sitios turísticos, sino también las zonas rojas o peligrosas de México, porque pude experimentar la adrenalina de vivir como uno más en un país como el nuestro, con gente buena, pero con dificultades en cuanto a desarrollo humano y promoción de la vida.

Desde que cruzamos la frontera Talismán (entre Guatemala y México) mi perspectiva de seguridad y confort cambió. Desde allí, puedes ser ya presa de tantos cobros ilegales, vandalismo, prostitución, estrés y mucho calor, viendo personas cruzando el río con tanto producto inerte y humano, y deseando no saber cuánta persona suele morir en el intento o es recibida por traficantes de personas.

Estando en Tapachula el viaje se nos hizo mucho más fácil, un lugar tan cultural donde convergen personas de toda Centro América, y donde los precios son demasiado baratos. Entre otras muchas cosas de las que podría destacar de este lugar (que es uno de los lugares más importantes de paso para migrantes), es la pena y tristeza que me llevé por un joven de 17 años quien viajaba en el avión (que por cierto es muchísimo más barato tomarlo desde Tapachula) e iba hacia la frontera con Estados Unidos, y ¿por qué me tocó el corazón? Porque él viajaba sólo, con hambre, sin bañarse, sin casi nada de dinero y porque además de venir viajando desde hacía tres meses desde Bangladesh a través de Suramérica y Centroamérica, no sabía hablar español.

La migración existe y es muy difícil de comprender, más cuando no tenemos este tipo de experiencias que te hace pensar también en los otros miles de migrantes que cada día pierden incluso hasta la vida.

Ya en la Ciudad de México, la Virgen de Guadalupe era la más destacada, con todas las peregrinaciones y expresiones de fervor, seguida por la bondad de mis mejores amigas mexicanas quienes me dieron un pedacito de su diario vivir y quienes me mostraron el verdadero México, más allá de lo turístico y pomposo. Porque al igual que Guatemala, México es un país bastante desigual y con mucha necesidad de mejora económica y de seguridad, esto reflejado además por la separación marcada de las zonas populares, por lo difícil que puede ser tener un trabajo donde se gane más del salario mínimo (que vendrían siendo unos 1200 quetzales), la inseguridad en todas las zonas (de la cual casi fuimos víctimas en nuestro viaje), y otras cosas más.

Sin embargo, algo que no compartimos y que se diferencia de nosotros, es que tienen uno de los mejores sistemas de transporte y movilidad en todo el país, un auge económico (que por cierto está en serias dificultades en este momento), un desarrollo social y cultural (en materia de políticas públicas, identidad, y progresismo en cuanto temas como el aborto, aceptación y matrimonio homosexual, etc.), por tener un cambio radical en su clima durante el día, y además por su impactante tráfico.

No solo estos aspectos son relevantes de este maravilloso país, sino también lo son su gente, sus costumbres, su gastronomía, y por sobre todo, su gran hospitalidad. La mayoría de la gente siempre está al tanto de ayudarte, (desde el que te ofrece a llevarte tus maletas de gratis en el metro, la que te ofrece cuidar a tu madre mientras te vas de parranda, las que te dicen vente con tu madre a la fiesta, y hasta la que te ofrece su cama y se queda en cartones sobre el piso) y de darte a conocer su país enérgicamente (desde el que te lleva en taxi, hasta la persona que te vende sus tacos de canasta), todo es impresionante y muy lindo.

Te hace ver que el poder latino (como yo lo llamo) no se compara con ninguna otra cultura en el mundo.

Por último, ya en Guadalajara disfrutamos comiendo los últimos platillos en muy buena compañía y terminamos de hacer las compras. Puedo decir que México tiene mucho por conocer y volvería no solo por sus sitios turísticos, sino también por su gente que te abre los brazos y que además te hace sentir como en casa. Ha sido una gran experiencia y agradezco saber ahora que por más que somos vecinos, también guardamos ciertas diferencias y similitudes.

Gracias por la hospitalidad hacia mi mamá y mi persona, a ustedes Dulce y Karinita (y queridas familias), Ilse, Jessica y Charlie, y por aquellos que me hubiese gustado volver a ver, Iván, Annie, Ana y Mimi.

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