By Ana Raquel Aquino Smith
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Ana Raquel Aquino/ Opinión/

No hace mucho que escuché: “el ordenamiento social y político es una ficción y ésta persiste únicamente si cada individuo se cree su rol y lo cumple”. El problema con las ficciones es que lo son. Estarán vivas en cuanto las mentes que las crean las mantengan encendidas, las alimenten y hagan funcionar sus falaces estructuras. Dicha ficción también puede desvanecerse (o ir desvaneciéndose), de cada una de las mentes que la conforman. Entonces, cada una de las personas aceptará cada vez menos el rol que en esa ficción debe jugar; la ficción se fragmenta, cambia y se transforma hacia otra que los mismos individuos ahora aceptan con otras normas de convivencia y engranajes sociales con otra función pero siempre dentro de una ficción.

Pero ¿qué es lo que provoca la mutación de la ficción?

Un punto de inflexión quizás, de inconformidad, de hartazgo e indignación o simplemente de cambio de ya no querer lo mismo, porque la perspectiva social –que afecta la individual-, se ha renovado. Parece apropiado traerlo a discusión en la actualidad donde cada vez se hace imposible entender cuál será el próximo acontecimiento en un mundo donde colapsa el orden internacional y las leyes vigentes, en muchos casos, parecen amarradas a un sinfín de movidas políticas y se limitan entonces a ser lemas de campaña o grabación en disco rayado. Las leyes ya no cumplen uno de sus objetivos finales: ser normas prácticas de aplicación societaria para el bienestar común. Las ficciones de este siglo están llenas de incertidumbres y de sorpresas (aunque no debiesen serlo para los que aceptamos jugar dentro de esta ficción) que moldean nuestras conciencias.

Puede ser que este nuevo orden social, con una visión diferente de la política sea la oportunidad perfecta para repensarnos como humanidad, donde la mayoría tendrá dudas porque lo desconocido e incalculable siempre coquetea con el miedo.

La frase que escuché, me recordó cuánto me gusta la relación que existe entre la ciencia ficción y el pensamiento social porque amplia la concepción que se puede tener sobre la realidad, nos hace moldear las circunstancias actuales, estirarlas, exagerarlas, traer al presente lo que la mente dicte y dibuje sin límites; nos permite soñar despiertos. Se pueden cambiar ciertas variables e ir viendo las consecuencias sin que todo deba ser lineal o establecerse en algún tiempo o espacio.  En gran parte, también la cotidianidad es tan ficticia –y apegada a la imaginación- como uno quiere que sea. No habría nada que indicara que el futuro no podría serlo y la mejor manera de salir del presente es utilizando la creatividad.

En el caso particular de Guatemala, la ficción está a la orden del día. Esta historia llena de personajes fantásticos y cómicos, jueces corruptos que se disfrazan con pelucas que utilizan la ley para cuando les toca defenderse y no para cuando tocó defenderla, Superman y Superwomen, que vienen a salvarnos desde el extranjero sumado a la violencia cotidiana que acecha a cada ciudadano después de cada taza de café. Fácil podríamos sacar un par de cientos novelas o videojuegos.

La ficción es importante porque es real en el presente. Si las mentes se cansan de ella, se puede volver a escribir. Al final lo cotidiano son muchas historias pequeñitas, mini-ficciones, interpretaciones del mundo -ninguna con más o menos razón-, solo son perspectivas de un mismo hecho. Las ficciones, detallan nuestra manera de concebir el futuro con las condiciones del presente con lo que conocemos ahora. Es por esto que si de escribir la próxima ficción, en la que aceptemos vivir se trata, deberíamos estar todos de acuerdo en utilizar al máximo nuestra imaginación. Se puede inventar un futuro prometedor.

La ficción no es más que el recuerdo del futuro que ideamos hoy.

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Defensora de la rebeldía justificada en principios éticos universales.
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