By Daniel Monroy
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Hace unas semanas me encontraba en mi casa leyendo, cuando recibí una llamada que traía consigo una noticia devastadora: mi abuelita por el lado materno había fallecido. Era la única abuela que tenía con vida ya que la madre de mi papá falleció cuarenta días después de mi nacimiento. Un cúmulo de lágrimas salieron y sobre todo, mi mente empezó a reproducir todas aquellas imágenes donde pude compartir con ella.

Me hizo reflexionar sobre los eventos fortuitos que nos brinda la vida y cómo estos llegan como ladrón en la noche a quitarnos una parte de nosotros.

Unas semanas atrás, una amiga de mi hermana había fallecido después de una larga lucha contra el cáncer. Mi corazón se inundó de tristeza cuando supe que dejaba en la tierra al amor de su vida, producto de una historia de amor llena de jovialidad y a un pequeño de 5 años. Me puse a pensar por qué la vida la mayoría de las veces la vida es tan injusta y por qué las personas inocentes son las que tienen que partir primero dejando un vacío enorme en nuestro interior.

A la fecha, sigo sin comprender todo esto y aún estoy en busca de una respuesta.

El 8 de marzo, sucedió una de las tragedias más dolorosas para nuestra patria. Más de cuarenta niñas y adolescentes murieron calcinadas en un “hogar seguro” ubicado en San José Pinula. No puedo imaginar el dolor de las familias y de los seres queridos de los ángeles que ahora nos cuidan en el cielo. Un caso sin precedentes en Guatemala, lleno de tristeza y dolor, donde el responsable, definitivamente, fue el Estado guatemalteco.

Dejar a un ser querido es uno de los retos más grandes que nos pone la vida.

Enterrar recuerdos, vivencias, emociones y sentimientos es la parte más difícil. No es simplemente la partida física de alguien, es algo que trasciende, que nos cala hasta los huesos e inunda nuestros corazones de dolor.

Lamentablemente, no tengo la fórmula para sustraer el dolor de nuestros corazones. No tengo la solución infalible para olvidar a aquellas personas que nos han dejado para pasar a una vida mejor. Sin embargo, hay algo de lo que sí estoy seguro: todo en esta vida tiene un propósito y las personas que han partido descansan en paz y ya no tienen que vivir en este mundo lleno de maldad. Ahora nos cuidan desde allá arriba, donde seguramente, están jugando y teniendo largas charlas con el Creador.

Atesoremos en nuestra memoria y en nuestro corazón todos esos bellos momentos que vivimos juntos y vivamos de una manera correcta e íntegra para honrar su memoria.

Hoy, espero apaciblemente el día en el que vuelva a ver a todas aquellas personas que he perdido y que se han llevado una parte de mí.

En honor a todas las personas que ahora viven en el paraíso celestial, gracias por tanto.

Imagen: Frederic Ardley

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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