By José Andrés Franco
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Efectivamente, en Guatemala, la discusión sobre los Derechos Humanos y su cumplimiento, está llena de mitos. Es como si su concepción estuviera rodeada de grandes misterios y enigmas, de intenciones poco claras y además, llena “millones de dólares”. Pareciera que es hablar de este monstruo debajo de la cama o de este lindo y romántico discurso, que más allá de algo concreto, parece un sueño.

Es un tema que muchos lograron que se volviera molesto y poco agradable para ser discutido en un almuerzo si no quieres que un familiar se exalte y termine diciendo poemas y fantasías sobre Ríos Montt y Ubico.

“Un discurso a favor de los delincuentes” y “Excusas para hacerse millonarios de la cooperación” son algunas de las creencias que se escucharan a diario, cuando estos derechos, fundamentales y universales, son un marco concreto de garantias que deben de ser respetadas por el Estado.

Por lo tanto, el conocimiento nulo al respecto de los Derechos Humanos junto con estas creencias cada vez más ridículas, hacen que lo sucedido en el Hogar Seguro la semana pasada sea interpretado de formas tan radicales como totalmente ridículas.

Ricardo Méndez Ruiz termina escribiendo en una columna sus típicas teorías de conspiración, en donde los progresistas están buscando formas para “mutar” y se convertirse en comunistas de nuevo, utilizando lo sucedido el 8 de marzo. Es como si, la discusión sobre esta tragedia, tendría que realizarse de la misma forma que se habla de la existencia de Pie Grande o si los Iluminati son de otro planeta.

La constante lucha por muchos sectores de desestimar el papel fundamental que juegan los Derechos Humanos hoy en día, se justifica en que el reclamo de estos es, de cierto modo, una fascinación “progre”, y que en una época de post conflicto y democrática su discusión es de poco valor.

Entonces pasamos a tener un Estado que es declarado en desacato por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por la falta de compromiso y cumplimiento de 11 de sus sentencias, aparentemente no es un situación para preocuparse.

Claro, si los Derechos Humanos son un mito, tampoco se entiende su importancia en la institucionalidad.

Por lo tanto se tiene un gobierno incapaz de responsabilizarse de lo sucedido el 8 de marzo, en donde sus próximos pasos a seguir serán cubrirse las espaldas al destituir funcionarios, pedir una investigación por parte de una agencia internacional y además aprovechar la oportunidad para deslegitimar el trabajo del Ministerio Público.

Este es el caso de Anahy Keller Zabala. Una personas que estaba a cargo de la Secretaria de Protección y Acogimiento a la Niñez y Adolescencia, pero que en su experiencia profesional, fue productora de “Aló qué tal América”, “La Madrina Carolina”, “La Feria de la Alegría” y “Nuestro Mundo por la Mañana”. Es decir, esta persona no tenía la menor idea de los alcances de su puesto, pero acepta el puesto porque es el fruto de un favor realizado en campaña al presidente.

La protección y las garantías de las 40 víctimas del hogar no son establecidas por la virgen, el santo o uno de los diferentes nombres que se le adjudican a Jesús, con el que es bautizado el hogar seguro.

Como todo ser humano en el mundo, los Derechos Humanos brindan un marco fundamental de garantías que no son un discurso romántico o un sueño. Su reconocimiento se encuentra dentro de la Constitución, y no son solamente un discurso burdo e ideológico.

Porque las personas que las abusaban no preguntaban si eran progresistas o conservadores, porque el fuego tampoco les consulto su posición sobre el Conflicto Armado Interno, porque la vida de un ser humano va más allá de una ideología.

Este año cambió totalmente la forma como se podría entender el 8 de marzo o el “día de la mujer” en el país. En lugar de regalar rosas, dulces o dedicarles lindos estados de Facebook, tenemos que luchar para que nunca más se repita un día tan trágico y doloroso.

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Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad Rafael Landivar, me considero inesperadamente diferente y no me gustan las limitaciones que evitan expresarnos. Me gusta vivir para aprender y aprender para vivir.

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