By Axel Ovalle
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Los he visto andar, equipados y equipadas con un bolsón, una botella de agua con jabón y un limpia parabrisas. Circulan por las diferentes calles y avenidas, sacándole partido a los semáforos en rojo y al tráfico vehicular. “Unas monedas” es lo que piden porque reluzca el brillo del sol en el vidrio frontal de los carros. El mismo sol que recae en sus rostros mientras realizan su “trabajo”. Y, pese que muchos se ocultan bajo árboles o bajo monumentos como la Torre del Reformador para no ser pillados por él, se ve que su tez ya ha pasado la factura y ha sido marcada por el mismo, así como por agresiones físicas, por las condiciones precarias de salud, y por su sudor.

El pasado 16 de abril se conmemoró por parte de distintas ONG y Organismos Internacionales, el Día Mundial Contra la Esclavitud Infantil. En este día se rememora el asesinato del niño Iqbal Masih, activista que alzó la voz para denunciar los tratos que, así como él, muchos niños y niñas alrededor del mundo viven. Igbal fue vendido por su padre a la edad de 4 años, lo que supuso que pasara su infancia realizando trabajos forzosos en contra de su voluntad.

Reconocer este día, ha sido una acción que refleja el esfuerzo de varios países por adoptar medidas para luchar contra la esclavitud infantil ofreciendo mecanismos precisos y justos para el fortalecimiento de la legislación interna.

Sin embargo, la esclavitud no ha desaparecido. Aún se encubre en varios rincones, no solo de nuestra sociedad sino en el resto del mundo.

Según el Informe Rompamos las cadenas de la esclavitud infantil realizado por la asociación Save The Children, hay un aproximado de 218 millones de niños y niñas trabajadores en el mundo, con edades comprendidas entre los 5 y los 17 años. El mismo informe revela que existen ocho formas más frecuentes de esclavitud infantil, siendo estás:

  • Trata Infantil

  • Explotación sexual con fines comerciales

  • Trabajo infantil forzoso por endeudamientoT

  • Trabajo forzoso en la mina

  • Trabajo forzoso en la agricultura

  • Niños soldados

  • Matrimonio infantil forzoso

  • Esclavitud domestica

En Guatemala, se han registrado trabajos forzosos, o bien, trabajo infantil en el área de la agricultura, según el Informe Nacional sobre trabajo infantil (ENCOVI, 2011) “en el área rural, en las regiones Suroccidente y Noroccidente (con alta concentración de población indígena y dedicadas principalmente a la agricultura) y en actividades de índole agrícola. La mayoría de los niños ocupados no asisten a la educación formal o tienen rezago —en muchos casos, derivará en deserción escolar antes de los 18 años—, trabajan en jornadas de casi las treinta  horas semanales y están en situación de pobreza o pobreza extrema.”

El término trabajo infantil no elude a los jóvenes que trabajan algunas horas por semana para sufragar sus gastos o ayudar a su familia, siempre y cuando no interfiera con su educación salud y su desarrollo. El trabajo infantil recae en el sector de la infancia y adolescencia que se encuentran realizando largas horas de trabajo para asegurar la subsistencia de su familia y la propia, sin importar las condiciones del mismo, muchas pueden ser nocivas. Por lo que es una explotación que afecta su crecimiento físico, su desarrollo moral y psicológico y veda su derecho a la recreación.

Por lo tanto, el trabajo infantil es una forma silenciosa de esclavitud y, lastimosamente, nuestra sociedad se encuentra implicada.

Pese a que en Guatemala se ratificó en 1990 la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas y se comprometió a adoptar todas aquellas medidas legislativas, administrativas, sociales y educacionales para garantizar la aplicación del artículo 32 que establece el derecho a la protección contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso, entorpecer la educación o ser nocivo para la salud, el desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social. No se ha cumplido a cabalidad con el mismo, puesto que no se ha  fijado un control que obligue a establecer una edad o edades mínimas para trabajar, una reglamentación de horarios y condiciones de trabajo y penalidades adecuadas para asegurar la aplicación del referido derecho.

Vemos en nuestro día a día, que niños, niñas y adolescentes realizan la ardua labor de limpiar vidrios, lustrar zapatos, vender chicles o recargas móviles, sometidos a largas jornadas de trabajo que les consta de condiciones que incluyen amenazas físicas, violencia y explotación a cambio de muy poco o nada. Trabajadores infantiles o esclavos de los parabrisas, de la caja de lustre, hasta de las barras show, debido a las marginalidades y recursos escasos que enfrentan por vivir en el sector “pobre” de nuestro país.

Es cierto, la educación es un poderoso motor para elevar las oportunidades de desarrollo, el mejorar la cobertura y la calidad de la educación ha sido uno de los principales desafíos que enfrenta el país como mecanismo de combate a la pobreza, la desigualdad y el trabajo infantil. Por lo que es necesario que el Estado ponga como punto de atención a la demanda de niños esclavos y en los productos que éstos producen, así como brindar y luchar por que se les de la correcta atención y educación a los niños y niñas en áreas de conflicto y pobreza crónica. Así como sociedad debemos denunciar el maltrato y la violencia que vive la niñez y juventud guatemalteca. Exigir el cumplimiento a cabalidad de los Derechos Humanos y dejar de normalizar este tipo de situaciones.

Exigiendo un trato digno y justo, evitamos que la niñez y juventud guatemalteca se siga consumando por el fuego y cobre más vidas por esta esclavitud silenciosa.

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Querido alguien: No sé cómo te llamas ni dónde paseas tus tristeza, pero sé que algún día me encontrarás.

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rafael Landívar. Escritor Incauto, poeta, prisionero y fiel.

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