By Auxiliares de Investigación
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Vivian Díaz/

¿Qué es lo que hay que hacer para ser un investigador? Comenzás el día. Te bañás, agua y jabón. Desayunás. Te transportás. Refaccionás. Almorzás y regresás a tu casa. Volvés a comer y a dormir. En algún momento de tu rutina, tomás cierta distancia, observás y te preguntás. Te preguntás ¿Por qué…? ¿Para qué…? ¿De dónde…? ¿Para dónde…? ¿Quiénes…? ¿Cuándo…? ¿Cuántos…?, y así.

Esa distancia que se logra cuando pasás por alguna incomodidad o sufre algún cambio tu perfecta rutina. Como cuando tu papá no te puede llevar en el carro a la U y tenés que esperar el bus unos 30 minutos, tomarlo (lleno, muy lleno o colgado) y aguantar al brocha, el que te dice canche, colocho para luego entrar al “safe place” que es la U. Entrás y un día te preguntás que por qué solo atravesando la puerta del O de repente ya no te sentís inseguro, ya podés sonreír, relajar tus músculos faciales, decir buenos días y sacar tu celular.

Como si fueran dos realidades distintas, aunque lo que pasaste fue sólo una puerta con un policía y no un portal mágico a Narnia.

Cuando parás y cuestionás las cosas es cuando despierta la curiosidad. Y para mí, eso es lo que mantiene vivas muchas cosas, y a algunos humanos: la curiosidad. A los investigadores, por lo que pude observar durante mi estadía en el Instituto de Investigación y Proyección sobre Economía y Sociedad Plural (IDIES), los mantiene vivos no solo esa curiosidad sino el inexplicable deber social de aportar algo desde su experiencia para que ese sentimiento de pertenecer a una realidad u otra se disuelva. Y nada más sintamos que todos somos parte de una única realidad donde coexisten varias sociedades que dependen unas de las otras.

Como estudiante, tener la oportunidad de trabajar junto a investigadores del área socioeconómica (porque vengo del área de ambiente y ciencias naturales) me puso aún más incómoda. Incómoda al tener que dejar de pensar en arbolitos, animalitos y paisajes lindos que en teoría nadie debería tocar. Empezar a pensar en las dinámicas del mercado, neoliberal y no tan liberal, en la explotación laboral y esos trabajos invisibilizados (y el montón de temas económicos con los que tuve mi primer acercamiento) que de una manera u otra afectan el ambiente que tanto deseo conservar.

Así de incómoda me comencé a sentir cuando realizamos el trabajo de campo para una investigación del instituto. Ver que cuando vas en el camino de Chisec a Sayaxché pasás unos 20 minutos en la carretera solo viendo palma aceitera, de ambos lados, interrumpido por algunas tiendas y unas casas, y luego otros 20 minutos iguales.

Te intriga saber por qué la gente no puede detener la siembra, la contaminación de sus ríos y la deforestación de sus bosques.

Si solo hacés suposiciones desde el carro pensás: “Es porque esta gente es ignorante, porque no tienen educación, porque son pobres, etc., etc., etc.”. Es cuando te bajás y pasás las encuestas cuando la gente te empieza a contar que son los de la palma los que los amenazan, o les ofrecen grandes cantidades de dinero, que les cierran el paso y que trabajar en las plantaciones es la única opción para obtener dinero. Cuando te das cuenta que no podes solo pensar desde la perspectiva ambiental que llevás.  Tenés que tomar esa distancia para que comencés a enmarcar otros aspectos que nunca podés dejar de lado.

Pienso que es necesaria la investigación, hacerla o enterarse de ella, para eliminar las barreras que las mismas sociedades han construido históricamente y que nos unan para lograr objetivos más grandes en lugar de distanciarnos. Afortunadamente, tuve la oportunidad de estar del lado de quienes hacen la investigación.

Fotografía: Vivian Díaz

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