By Antonio Flores
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Andar por la ciudad es apreciar una postal que se repite una y otra vez mientras el elefante blanco se detiene en el semáforo, una cuadrilla de niños sale al encuentro de los desesperados conductores a ofrecer limpieza, dulces, papalinas o el gadget del momento. Los que tienen suerte se llevan un simple “no” como respuesta, otros se ganan insultos, burlas y hasta golpes. Las calles son una vitrina tan certera y honesta de lo que como sociedad guatemalteca hacemos con las poblaciones vulnerables (ancianos, enfermos, jóvenes y niños). Pero las acciones que emprendemos, ya sean en contra o a favor de los necesitados, son en parte un reflejo de los patrones aprendidos desde nuestra niñez y que repetimos en lo cotidiano.

Dependiendo de a que situaciones, circunstancias o sentimientos nos veamos enfrentados, así será nuestra respuesta para futuras circunstancias. Si un niño crece entre reproches y miedo, está aprendiendo a ser aprensivo y a condenar. Si se desenvuelve en un ambiente hostil, aprende a ser agresivo y mientras más se le ridiculiza, más reservado se vuelve. Esto pone en evidencia la frase de Paulo Freire: “cuando la educación no es liberadora, el oprimido sueña con ser opresor”. Y aquí debemos tener mucho cuidado, porque cualquiera puede pensar que me estoy refiriendo única y exclusivamente a los jóvenes en las pandillas, en situación de calle o en drogas.

En realidad, estas circunstancias y problemas son parte del gran colectivo guatemalteco, sin distinción de etnia o estrato social. En todos los niveles se viven situaciones hostiles, situaciones que marginan, oprimen, ridiculizan o denigran a las personas. Para darse cuenta de esto, basta que entren a cualquiera de las redes sociales (Facebook, Twitter o Instagram) y vean los comentarios y/o reacciones de las personas ante la coyuntura. Todos son jueces, todos somos buenas personas, todos saben que se debería hacer y nadie es empático o respetuoso

Todos tenemos algo que decir y generalmente es algo malo o denigrante al respecto.

¿Se imaginan cuantos niños rotos, andan por la vida pretendiendo ser adultos, tratando de ignorar lo que sienten o piensan, porque alguien les dijo que sentir, llorar, pedir o respetar estaba mal? Creo que son o somos demasiados, y la situación está excediendo los limites de lo sano. Si elaboramos un corredor epidemiológico sobre la salud mental y sus trastornos, me atrevería a decir que ya pasamos la zona de alarma. Esto quiere decir que entre nosotros, hay demasiadas personas que han crecido con miedo, hostilidad, odio y reproches que no les permiten sanar las heridas emocionales; las cuales contribuyen a la paranoia, racismo, exclusión y sed de sangre con la que vive la sociedad guatemalteca.

No encuentro mejor ejemplo, que lo sucedido esta semana con los jóvenes de las gaviotas que se amotinaron; cuanto odio y sed de venganza entre los guatemaltecos. Al ver como reaccionaba la gente, solo pude recordar estas palabras: “Si este país entendiera, que los jóvenes optan por las pandillas porque son las únicas que no les fallaron, se darían cuenta de lo hipócritas y falsos que somos como sociedad; porque cualquiera de ellos antes confió en su familia, en la iglesia, en la escuela y el estado, pero ninguno se preocupó realmente por él, solo se dedicaron a juzgarlo y etiquetarlo”

Tan rotos estamos, que denigrar al otro por su religión, orientación sexual, situación económica o ideología será siempre más fácil que entender que somos un país plural y diverso.

De allí que los religiosos pidan la aplicación de sus dogmas en el Estado, que los ateos despotriquen contra los creyentes, que la izquierda y la derecha vivan en eterna guerra, que los ricos culpen a los pobres y viceversa. Poco nos preocupan los contextos, la historia, las estructuras o las circunstancias que rodean a las personas y condicionan sus decisiones. Peor aún, poco nos importa enfrentarnos a nuestra propia historia, miedos, problemas y circunstancias, preferimos señalar y reírnos del otro.

Habrá que enfrentar a los demonios propios y enmendar la propia plana antes de querer arreglar las cosas a otros niveles. Entonces ser empáticos no será difícil, pues la empatía es el reflejo de una sana inteligencia emocional.  No quiere decir claro, que vayamos por la vida sufriendo con todos los que sufren o llorando con todos los que lloran; pero si hacer lo posible por comprender los contextos o circunstancias de las cosas que están sucediendo. Y así, eventualmente, nos costará menos trabajar por la Guatemala que queremos.

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, la verdad, la justicia y la amistad; estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Trabajando por la paz y bien de la eterna primavera.

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