By Auxiliares de Investigación
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Jorge Sagastume/ 

Cuando fui a la Resistencia Pacífica: La Puya, me di cuenta que no hay mucha diferencia con el clima de Zacapa: tierra amarilla, calor y sequedad; y la temporada de lluvia, no es tan frecuente.

 

El agua no es algo que se encuentra en abundancia en los municipios de San José del Golfo y San Pedro Ayampuc.

— Y quien me lee dirá: ¿Y..? —

No es un secreto que La Puya está en conflicto con una minera de extracción de oro y el Estado. En un resumen simple, esto se debe al agua. Las minas de oro, necesitan grandes cantidades para extraer dicho metal; además de que utilizan químicos que resultan dañinos para el medio ambiente.

Pero el problema va más allá. La mina no comunicó con precisión lo que iba hacer a las comunidades, el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) dejó más dudas que respuestas y, hubo violencia hacia los líderes y lideresas de parte de la seguridad privada de la empresa y del Estado. Todos estos son temas que no se hablan. “Raro”, porque cuando hablé con las personas de la resistencia sí me lo decían. Es importante para ellos y ellas.

Y digo “raro”, porque con la resolución que dictó la Corte Suprema de Justicia (CSJ) la semana pasada se habla (en los medios masivos), de certeza jurídica, consultas de buena fe y desarrollo.

Lo segundo, lo comprendo; lo del desarrollo y la certeza jurídica, no.  Porque cuando leí, un poco, en investigaciones sobre las mineras y hablé con las personas que están en esta disputa, estos no son los temas a discutir.

Resumiendo, en la capital nos importa el pisto que pueden dejar las minas, pero no las violaciones hacia los derechos humanos, más allá de las consultas.

Probablemente, esto suceda porque hay un límite de lo que se puede expresar en la opinión pública. Lo turbio, lo denso y lo que deja en mal a las grandes industrias y al Estado, pero de eso no se habla.

Tampoco existe información sobre el hecho que le han disparado a los líderes y lideresas de los movimientos sociales que se oponen a las minas. Tampoco de la criminalización hacia estas personas, ni de cómo se utiliza un Estado de Excepción, para violentar los derechos de las personas. Menos se habla del racismo y lo peor, es que esto sigue sucediendo.

Y no es que diga que todas las mineras son malas o que no dan trabajo, porque existen proyectos mineros con buenos resultados en ambas vías (comunidad y minera), se debe reconocer. Pero algunos de estos pesos pesados de las industrias mineras, invierten mucho esfuerzo para decirnos lo buenas que son, que generan riqueza, que no son malas y que son necesarias para el progreso y esas son falacias del tamaño de King Kong.

Se piensa que el progreso, se deriva de un desarrollo industrial, pero si algo evidencia la investigación, es que algunas comunidades ven en la naturaleza el bienestar y no en una mina. Las comunidades, tienen todo el derecho para oponerse y deliberar al respecto porque existe una idea cultural muy fuerte en relación con el medio ambiente.

Incluso, es una falacia si aceptamos esa lógica de que a más mineras, más desarrollo. De acuerdo al Instituto de Estudios Fiscales Centroamericanos (ICEFI), en el 2014, de 100 quetzales que produjo Guatemala, el sector de las minas y canteras aportaron Q 0.85.

Pero se pone mejor, de esos Q 0.85, en el 2014, las mineras dejaron al Estado a razón de  impuestos y regalías, el 5.3% de lo que produjeron. Esto significa que no aportan tanto al “desarrollo”, como suponen las industrias.

No obstante, en la capital hacemos oídos sordos. Hablamos de “certeza jurídica” y “progreso”—y está bien hablar sobre esos temas,— pero no son lo único ni lo más importante porque seguimos encubriendo al otro, no lo escuchamos; pensamos que nuestro conocimiento capitalino es “más certero” y por ende, no es prioritario hablar sobre la contaminación al medio ambiente o la violencia ejercida.

Da la sensación que el proyecto guatemalteco hacia el progreso, pasa por las grandes mineras pero no por las comunidades, la naturaleza o un Estado pacífico y eso no es progreso.

Eso me enseñó La Puya. Tenemos que pensar y reconocer al otro. No hace falta ser un experto para hablarlo. Podemos reflexionar y decir “a lo mejor está mal dispararle a la gente para que acepte las mineras”.

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