By Brújula
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Khristian Méndez/ 

“Podés tener lo que querrás en esta vida, si sacrificás todo lo demás por eso.”

–J.M. Barrie, autor de Peter Pan (traducción propia)

Mis amigos que viven en la capital, siempre me preguntan qué se siente irse de Guatemala. Lo que pongo en redes sociales son las fotos de los monumentos, paisajes distintos, nuevas comidas y fotos con mis amigos sonriendo. Pero como todos sabemos, las redes sociales dicen una historia muy controlada, muy editada. Hay cosas muy difíciles de vivir afuera, cosas que uno realmente no tiene en cuenta antes de irse.

Cuando originalmente me fui de Guatemala, lo que me llevó fue la ilusión de irme a conocer el otro lado del mundo. Pero ni me imaginaba lo difícil que iba a ser. Sí, fijo, a mí me toca la parte más bonita de la situación –mi familia y mis amigos se quedan atrás y yo soy el que puede tener otras experiencias.– Lo que no tengo claro todavía, es para quién es más difícil la situación: para ellos o para mí.

El valerse por uno mismo

Me criaron consciente de que en nuestra ciudad, mucha gente no tenía su comida garantizada: tenía compañeros que a veces iban sin lonchera al colegio, y mi mamá nos llevaba a darles pan con frijol y café a los indigentes en la zona 1. Pero aún así de agradecido que fui siempre con mi comida, nunca me había hecho tanta falta la comida de mi casa como las veces que me toca cocinar la cena, a veces sin hallar qué preparar para no comer lo mismo otra vez.

Hacer la tarea del colegio o la universidad a tiempo es una cosa, pero hacer la tarea cuando uno también tiene que lavar la ropa, limpiar la cocina, hacerse el almuerzo para el otro día, la cena de esa noche, regar las plantas y lavarse los dientes, no tiene precio.

El no tener sistema de apoyo

Una de las cosas más aterradoras de vivir afuera, es la idea de que nos puede pasar algo estando tan lejos. Hasta un imprevisto chiquito como perderse en el bus se siente horrible cuando uno no tiene a quién llamar. Lo digo por experiencia propia. No se diga andar en un país lejos y enfermarse, perderse o tener un accidente. Muchas veces al encaminarme a algún sitio, hasta a una montaña cercana para acampar, me he preguntado exactamente qué pasaría si me pasa algo estando fuera. No se diga que si a uno no le alcanza para ese mes, rara vez tiene a quién pedirle. Por lo menos al principio.

El desgaste de mantener el contacto

Para serles sincero, solo se puede estar en un lugar a la vez. Y cuando la mente o el corazón  no están donde uno está, uno se desgasta mucho. A la fecha, soy malísimo para llamar a mi familia, no se diga a mis amigos. Desgraciadamente, también, poco a poco los amigos que hace uno aquí también se van y uno va dejando regados los pedacitos de su vida con otra gente. Es lindo, pero llega un momento en el que uno ya no tiene más para dar.

No les miento, estoy contento. Todos estos son sacrificios que decidí hacer en favor de mi educación y mi preparación. Dicho sea eso, hay cosas en la vida, como la gente que queremos, que valen más que la educación más prestigiosa. Entonces, en esas estoy yo. En proceso de prepararme para regresar.

Nota: claramente escribo desde la perspectiva privilegiada de alguien que eligió irse, y tuvo la oportunidad de hacerlo. Hay demasiados chapines (y de otros países), que emigran con condiciones mucho más precarias y con menos derechos de lo que yo he podido. Así que esto lo escribo desde una situación muy distinta a la de ellos.

Imagen: Unsplash

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