By Daniel Monroy
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No pretendo hablar sobre el comisionado, la fiscal, el presidente, la constitución, el derecho internacional y todo aquel tecnicismo jurídico que sea parte del debate. Tampoco pretendo defender a ningún actor político. Mucho se ha hablado de ellos.

Quiero hablar sobre nosotros, las personas que aglutinadas conformamos la sociedad.

Esta oleada de discursos e ideas, deja en manifiesto que la sociedad lentamente se está polarizando -aún más- y que la distancia entre la concertación y la división social se está ensanchando.

Apelamos al dogma y lo nombramos como verdad absoluta y no sometemos a un estudio crítico lo que realmente está pasando. Confiamos ciegamente en los medios de comunicación y nos dejamos llevar por la corriente de la opinión pública.

¿Qué hacer cuando las opiniones son de lo más variopinto y todos quieren tener la razón?

Hay que tomar varios aspectos en cuenta. Hay algo que he aprendido en estos días: la mayoría de personas que forman la opinión pública anteponen la ideología y su interés, soslayando lo que realmente pasa y lo que la ley dicta. Basta con ver tantas opiniones de abogados -que se supone deberían conocer el marco legal y saber cómo es su aplicación- que discrepan entre sí y le dan a la norma la interpretación que les conviene.

Segundo. Las grandes contradicciones en los argumentos para defender a los actores políticos. Se habla de que las instituciones permanecen y lo que urge es el cambio de persona al mando. Eso sí, eso solo aplica para la institución que es liderada por la persona​ que quiero que renuncie. El jefe de la institución que defiendo debe permanecer en el cargo; si se va, el país colapsa. Lo peor de todo no es la idea, es que las personas la crean, la nutran y se convierta en algo irrefutable.

Las crisis sociales deberían  fortalecer y unir a la población, no dividirla. Tampoco se trata de aprovechar las coyunturas para anteponer la agenda política de un grupo. Y ahí está el meollo del asunto. El egoísmo tan mezquino que está impregnado en las personas que luego sale a relucir cuando se trata de acción política.

Sostengo firmemente que este problema no es de izquierdas ni derechas. La ignorancia no es de izquierdas ni derechas. La sed de poder no es de izquierdas ni derechas. La misma corrupción no tiende a ningún espectro político. Lo que sí es un problema tanto de la izquierda como de la derecha, es la nula presencia de objetividad. Y eso, nos está hundiendo. Hay que analizar la realidad social, política y económica con diferentes mentalidades. Hay que ver cuáles son los medios adecuados y que se adaptan más a la realidad para solucionar los grandes problemas del país. A veces hay que sacrificar lo que dice nuestro autor favorito, porque quizá el contexto con el que nos topamos no es el mismo al que el autor se refiere.

Se trata de buscar y establecer el punto de encuentro entre todas las ideas, lo cual puede construir un nuevo modelo de Estado, estableciendo sus atribuciones y límites.

Pero esto está lejos de suceder, si la mentalidad sigue siendo la misma.

A este paso, vamos a seguir dormidos en el péndulo, de un lado a otro, sin establecernos en ningún lado, mientras los altos funcionarios van a cumplir su mandato y luego van a seguir su vida, mientras todos nosotros perdimos el tiempo peleando.

Repudiemos lo que merece ser repudiado y exijamos el cumplimiento de la ley en un marco de objetividad. Aprendamos que nuestros caprichos no son las necesidades de la sociedad. Amemos más al prójimo que a nuestros propios intereses.

¡Amemos Guatemala!

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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