By Auxiliares de Investigación
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Ha pasado un poco menos de medio año desde que me integré al equipo del Instituto de Investigación y Proyección sobre Diversidad Sociocultural e Interculturalidad –ILI-, cinco meses para ser exactos, y a pesar del poco tiempo, puedo asegurar que ha marcado un cambio en mí. Mi papel como auxiliar de investigación no solo me ha permitido madurar académica e intelectualmente, sino también me ha dado la oportunidad de conocer más de mí misma, de reconocer mis debilidades y trabajar para mejorarlas.

Admitámoslo, balancear este trabajo, porque al final del día termina siéndolo, con una jornada completa de clase y a esto agreguémosle el tratar de mantener una vida social estable, porque los estudiantes de Letras y Filosofía también la tenemos aunque no lo parezca, no es algo sencillo.

Sin embargo, puedo decir que no me arrepiento de haber tomado esta decisión. Si bien pareciera tedioso y casi sin sentido el trabajar “sin paga alguna”, comentario que he recibido varias veces, al final del día, ese “pago” se da. Quizás no monetariamente, como muchos quisieran, pero sí se da en la satisfacción de saber que por lo mínimo que parezca, cada acción realizada en los diversos institutos de investigación que conforman la Vicerrectoría de Investigación y Proyección de la Universidad Rafael Landívar es un grano de arena, un aporte importante para mejorar la realidad guatemalteca.

En estos cinco meses he caído en cuenta de cómo aquello que nos parece tan familiar y cotidiano, mundano y vulgar a veces, guarda en sí un encanto que solo la curiosidad logra traer a la luz.

De igual manera, esta curiosidad, este impulso de querer sentirte en casa en el mundo, te golpea muchas veces con una realidad menos encantadora. Es entonces que el trabajo del investigador comienza. Desde el querer entender cómo tu identidad como individuo pude verse forjada a través de algo como la religión, o de qué manera podemos, como comunidad, prevenir y enfrentarnos a la violencia que se encuentra oculta en acciones cotidianas, o traer a la luz la riqueza de una visión que ha sido dejada de lado debido a encontrarse fuera de esta episteme occidental que nos domina.

Sí, muchas veces ante estas realidades existe el sentimiento de impotencia, de miedo, de duda. Te preguntás si lo que estás haciendo es suficiente, si realmente el trabajo que estás realizando, o por lo menos ese es mi caso, sirve para algo. Muchas veces me he preguntado si al final del día vale la pena pasar esas horas trabajando. No por el hecho de que sea absurdo, más bien, porque ante estas problemáticas, ante estos contextos, como individuo te sientes pequeño.

Pero es entonces que volteo hacia atrás y veo todo lo que he logrado aprender.

Los investigadores del ILI no solo han sido mentores intelectuales, sino han contribuido con su dedicación y pasión, a despertar en mí esa chispa, a encender ese fuego que me motiva a comprender mi realidad para luego poder mejorarla. Luego de cinco meses puedo decir que no soy la misma que entró al edificio “O” sin saber qué le esperaba tras esas puertas de cristal.

Hoy sé que se ha plantado en mí una semilla, una semilla de creatividad; pensamiento crítico y conciencia acerca de mi entorno. Hoy sé que el cambio que quiero para mi Guatemala yace en la imagen que se refleja en el espejo. Quizás el trabajo que he realizado pueda no verse como algo importante, quizás ni siquiera pueda ser reconocido ante los ojos de muchos. Pero si después de cinco meses esa semilla, plantada por la curiosidad y el querer dejar de lado la idea que los filósofos no se manchan las manos, ha crecido tanto, entonces tengo la certeza que por pequeño que sea mi aporte, algo estoy haciendo para que mi realidad, tan rota, absurda y mundana como pueda ser, no sea la misma que el día de ayer.

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