By Brújula
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Un día mi mamá entre lágrimas me pidió perdón por el padre que había elegido para mí. Recuerdo cuando me dijo “quiero que me perdones por el papá que te escogí”. Eran tan sólo una niña y no comprendía la carga emocional que eso implicaba. Pero hoy, a una semana de mi cumpleaños número veinte puedo entender a qué se refería cuando pronunció aquellas palabras.

Primero, quiero aclarar que jamás se me había cruzado por la mente culpar a mi mamá por haber tomado tal vez la decisión más sabia de su vida al haberse divorciado de mi papá. Segundo, debo decir que estoy orgullosa de todos sus logros y esfuerzos, puesto que de no haber sido por ellos yo no estaría acá. Tercero, quiero asegurar que si me dieran la oportunidad de cambiar algo de mi vida, no modificaría ni un segundo de ella porque a pesar de altos y bajos tengo la dicha de ser feliz. Y por último, esto que voy a escribir no es sobre ti, mamá, porque si algún día me atrevo a mostrarte este escrito no quiero que vengan a ti sentimientos de culpa.

Así que, por si no lo habías notado, esto es para vos, papá, si es que mereces ser llamado con tal calificativo.

Hace más de doce años prometiste que vendrías a visitarme cada fin de semana y saldríamos a pasear, conversar, jugar y lo más importante a pasar tiempo juntos. En los primeros meses luego de tu promesa no debo negar tu interés y buena voluntad en cumplirla; pero conforme cada fin de semana se asomaba yo esperaba por tu arribo y tú simplemente comenzaste a dejar de llegar por mí. Al principio creí que por tu trabajo no podías ir a verme, pero con el pasar del tiempo me di cuenta que ya no te presentarías más. Reconocí que tus promesas se volvieron vanas, que los compromisos que adquirías por mi eran burlas y sobre todo que tu presencia en mi vida no era necesaria.

Todo este tiempo no había querido hablar sobre ti, porque sabía que sí lo hacía estaría removiendo muy dentro de mí sentimientos que no quería mostrar. Luego de algunas clases de ciencias naturales aprendí que los humanos son seres capaces de sobrevivir y la selección natural ha sido un claro ejemplo de ello. Déjame decirte que también estudié como la mente humana es tan poderosa que es capaz de aislar algunos de los pensamientos que nos hacen daño para que podamos seguir avanzando. Así que, aunque se oiga algo difícil, te borré de mi mente y vida de la misma forma en la que tú me eliminaste de la tuya.

Bien dicen, que muchas cosas no salen como uno lo planea y eso fue lo que sucedió al volverte a ver esa mañana de agosto, cuando te reencontré en la iglesia después de tantos años. Muchas noches había pensado en cómo actuaría y qué te diría cuando te volviera a ver. Cuando nuestras miradas se cruzaron sentí el miedo más grande de mi vida, me quedé inmóvil, esquivé tu mirada e intenté perderme entre las personas del púlpito. Tu imagen solitaria, con arrugas en el rostro, el cabello casi blanco y con esos tus ojos celestes que reflejaban una mirada abatida y cansada, hicieron que me quedara sin saber qué hacer en el momento. Pero también me dio el valor de hablar sobre ti por primera vez y por eso me atreví a escribir estas líneas.

Podría ahora mencionar todos tus defectos y cuántas palabras hirientes se me crucen por la mente. Pero prefiero decirte esto: te libero. Sí, te libero de toda culpa, de toda omisión de tus promesas incumplidas, de todo resentimiento y rencor porque yo no soy nadie para juzgarte, ni tampoco quiero hacerlo. Te libero porque no quiero seguir reprimiendo mis sentimientos. No sé si pueda decir que te perdono, porque no me hiciste ningún mal. Es más, te agradezco porque me diste las alas para volar alto y saber que nadie es indispensable en la vida, que si se quiere algo se debe luchar por eso y sobre todo que si amas a alguien debes dejarlo ir.

Espero que, así como yo te eximo de culpas tú también puedas perdonarte algún día, si es que llegas a sentir la necesidad de dejar el pasado atrás.

Porque no hay mejor placer en la vida que sentirse liberado de aquello que te domina y no te deja vivir en libertad.

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