By Claudia Aj Hernández
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Un día de estos, salí con mi hermana a pecar con postres y cafés. Poniéndonos al día, riéndonos de todo y trayendo recuerdos a la mente, platicamos específicamente de uno. Desde pequeña me ha gustado decir las cosas de frente y honestamente, lo que me gusta lo expreso, lo que no, también y más enfáticamente. Nunca me ha importado el “qué dirán” los demás, los vecinos, los extraños o conocidos. Ni la familia.

Precisamente por eso, cuando no estoy de acuerdo con algo, lo digo. Cuando me molesta algo, lo digo, y no siempre me he caracterizado por ser discreta o hablar en voz baja.  Tenía tal vez 11 años y mi mamá (como tantas otras veces), me dijo: “Shhh cállate mija, dejá de estar alegando”; y fruncí el ceño, crucé los brazos y le dije: “Mami, yo tengo voz para ser escuchada, no para ser ignorada en esta sociedad de oprimidos”. Claro que mi respuesta me valió muchas risas y burlas por varios años.

Probablemente lo dije sin siquiera entender bien el significado de alguna palabra, pero ahora, mucho tiempo después, puedo decir que algo de verdad hay en esa frase que me salió tan fácil de la boca.

Sé decir que no y aceptar que me digan “No”. Sé alzar la voz y no quedarme callada ante las injusticias. Aprendí a perder la vergüenza y a decir lo que pienso, sin etiquetas, sin penas y sin temores y ¡vieran qué bonito se vive! Así, sin guardarte nada, exteriorizando tus pensamientos y mandando a la mierda los prejuicios sociales. Sin permitir que nadie piense y decida por vos, sin permitir que el licenciado de la universidad quiera imponerte ideologías que no compartís, sin tener que aguantarte el coraje por las cagadas que cometen los diputados ni quedarte callado ante las aberrantes decisiones del gobierno, ese que “te quiere callado, sumiso e ignorante”.

La falta de tolerancia ante la diversidad de opinión y expresión pública, es un problema en nuestro país y ante cualquier tema sea de religión, política, deporte o  educación, por lo que es necesario que también aprendamos a aceptar y respetar las ideas de los demás.

Todos tenemos derecho y libertad a expresarnos. Tenemos voz y voto en nuestro país, en nuestro trabajo, en la universidad y en nuestro entorno en general.

Tenemos voz para ser escuchados, para ser tomados en cuenta, para generar cambios, para transformar situaciones, para dar opiniones, para denunciar, para perder el miedo, para salvar vidas, para romper barreras, para alcanzar oportunidades. Tenemos un arma que no nos puede quitar nadie, un arma que debemos aprender a utilizar, que vence obstáculos y gana guerras. Pero más que eso, es un regalo que debemos agradecer y aprovechar, porque en pleno siglo XXI aún existen mujeres, hombres y niños sin libertad de expresión que día a día conviven con la represión y la violencia.

Aunque muchas veces la sinceridad de nuestras palabras cause controversia y la diversidad de ideologías se malinterprete, como contrariedad y nos tachen de conflictivos, es eso, precisamente lo que enriquece  nuestra esencia.

 

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Me gusta escribir líneas de experiencias propias y ajenas, de historias vividas y soñadas, transmitir sentimientos y dejar el alma al descubierto.

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