By Andrea Godínez
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Después de vivir indocumentado en Estados Unidos durante 13 años, Erlen Mendoza, un guatemalteco petenero de 32 años, regresa a su hogar en las mismas condiciones como se fue:  triste, preocupado, con incertidumbre y sin un peso en la bolsa.

De enero a septiembre de 2017, los datos oficiales de guatemaltecos deportados de Estados Unidos fueron de 22,241 personas, de acuerdo a la Organización Internacional para las Migraciones OIM. Dentro de esta estadística se encuentra Erlen Mendoza. En comparación a 2016 y contrario a la creencia que la política migratoria de Donald Trump ha impactado en la cantidad de deportaciones, estas en realidad han disminuido.

De enero a septiembre de 2016 66,799 guatemaltecos fueron deportados, un aproximado de tres veces más que la cifra de este año.

Mientras que otros, son detenidos en la frontera entre México y Estados Unidos. Y aquellos que corren menos suerte, terminan su viaje en la frontera al vecino país mexicano, en lo que muchos han denominado el corrimiento de la frontera sur. Hasta septiembre del presente año, de México se deportaron 23,551 guatemaltecos. Sumando entre ambos países 45,792 retornos forzados. 

23 de agosto. Es un miércoles regular en la Fuerza Aérea Guatemalteca. En el segundo avión que aterriza en la pista del Aeropuerto Internacional La Aurora, Erlen Mendoza es uno de los 150 guatemaltecos deportados en ese vuelo. Diariamente, la Dirección General de Migración DGM, recibe una notificación del gobierno de Estados Unidos, sobre la cantidad de vueltos y personas que llegarán al país luego de ser detenidas por las autoridades estadounidenses. Por lo regular, de 300 a 500 diariamente divididos en tres aviones.

De acuerdo a María José Girón, directora de la asociación Te Conecta, muchos de estos guatemaltecos han vivido y trabajado en Estados Unidos de 10 hasta 45 años. Te Conecta, es una asociación que recibe y ayuda a reubicar guatemaltecos que retornan con pocas oportunidades al país. 

De acuerdo a Lizbeth Gramajo, investigadora de la Universidad Rafael Landívar especialista en temas de migración y movimiento, indica que al momento en que los migrantes retornados bajan del avión, en ese momento son competencia del Estado guatemalteco; sin embargo, la institucionalidad para recibirlos y reinsertarlos es muy deficiente. “Lo único que la DGM hace es documentar al retornado, es decir, chequear y sacar”, afirma. Asimismo, agrega que no hay, hasta el momento, institución de Estado que esté interesado en ayudar a recibir a los migrantes.

En esto coincide María José Girón, quien sostiene que a su regreso, las personas retornadas no tienen quien los apoye y nadie tiene o conoce información de lo que sucede con ellos. “Las autoridades son una basura y no quieren que nadie sepa que nadie atiende a los migrantes. En muchas ocasiones, la gente no tiene para hacer una puta llamada y nadie da información de nada” expresa evidenciando su molestia con respecto al tema de la institucionalidad hacia el retornado. 

Ese miércoles, 23 de agosto, me encontraba en la búsqueda de una historia de un migrante retornado. Una tarea difícil de lograr, especialmente porque la mayoría de ellos lo único que quieren es regresar a sus lugares de origen. Después de varios intentos de acercarme a alguno de ellos y preguntarle sobre su historia, seguía sin conseguirlo.

Erlen, fue el único que sin buscarlo se acercó a mi. Me preguntó por aplicaciones para su iphone que facilitaran la búsqueda de direcciones. Y así empezó una conversación de cómo llegó a Guatemala.

Mientras me cuenta sobre su vida, en la FAG varias personas entran y salen de la sala de recepción. La mayoría no traen más que una bolsa con algunas pertenencias y números de teléfono apuntados en algún papel arrugado o aprendidos de memoria que les permitirá comunicarse con sus familiares.

En el pasillo, tres asociaciones no gubernamentales esperan la salida de los guatemaltecos: Te Conecta, la Casa del Migrante y la Asociación de Retornados Guatemaltecos ARG.

La recepción del migrante guatemalteco, es una mezcla entre una institución pública y asociaciones privadas. En el pasillo, dos mesas con dos teléfonos colocados por ARG esperan a los que regresan. Uno funciona para realizar llamadas locales y el segundo, para comunicarse a los Estados Unidos.

Una representante del Ministerio de Relaciones Exteriores MINEX, se pasea de un lado al otro con lista en mano llamando a quienes se apuntaron previamente. Todos la siguen incansablemente esperando a que les informe que pueden irse. El MINEX, presta servicio de transporte gratuito a quienes se dirijan en ruta a occidente. Quienes tengan como destino comunidades en Chimaltenango, Tecpán, Sololá, Quetzaltenango, San Marcos, Huehuetenango, Totonicapán o Quiché, aparentemente, tienen más fácil su retorno.

Esta no es una atribución que debería de realizar el MINEX explica Lizbeth Gramajo, ya que a pesar de ser de las pocas instituciones estatales presentes, la labor del ministerio debería ser proteger al migrante fuera de las fronteras guatemaltecas.

Quienes vivan al sur, oriente o norte del país, tienen que resolver por cuenta propia cómo regresar a sus hogares. Entre estos se encuentra Erlen, quien no tiene nada más que un iphone en las manos y muchas ganas de ver a su familia en Petén. Ya se comunicó con ellos y les indicó que no tiene idea de cómo llegar a su casa y que no tiene ni Q1 en la bolsa. El personal de Casa del Migrante en zona 1, se acercó a él y le ofrecieron que por esta noche se puede quedar en sus instalaciones. Erlen está cansado, desesperado y ansioso de ver a su familia. No acepta, al menos hasta no tener otra opción.

Se enteró que Pedro, su compañero de vuelo, va para Melchor de Mencos en Petén y que lo recogerá su hermano. Le ha ofrecido darle jalón hasta Poptún y que luego él se movilice solo. Erlen está seguro. Entre la salida de los retornados del tercer vuelo, aparentemente, el hermano de Pedro ya llegó y en la emoción, este se olvida de Erlen y lo deja abandonado en la fuerza aérea.

Está muy decepcionado y preocupado, lo noto en su rostro. Los buses del MINEX no llegan a Petén y luego de nuestra conversación, se me ocurre ofrecerle llevarlo a la estación de Fuentes del Norte a cambio de su historia de vida. Con desconfianza me mira a los ojos pero está desesperado, así que rápidamente acepta. En ese momento mi compañero que se encontraba fuera de la fuerza aérea, nos esperaba en su carro.

Llamamos a la estación de buses y nos informan que el siguiente bus está programado para salir a las 17:30 horas. Nos dirigimos rápidamente a la terminal en zona 1 y ya son alrededor de las 17:25, pero Erlen todavía no puede subir al bus. Blanca, su madre, está en la estación de Fuentes del Norte en Poptún tratando de realizar el pago de Q180 del boleto que traerá a su hijo de vuelta.

Son las 17:30 y por el altavoz llaman a que los pasajeros aborden el bus. Erlen está nervioso, le tiemblan las piernas y le sudan las manos. Está a punto de no lograrlo y el siguiente bus sale hasta las diecinueve horas. El viaje a Petén tarda entre 8 y 10 horas; de lograrlo, estaría llegando a Poptún a las 2 de la mañana.

Son las 17:40 PM y la vendedora en la taquilla finalmente recibe la notificación de la compra del asiento que transportará a Erlen a la calurosa jungla del Petén; su madre ha logrado comprar el boleto. Una larga sonrisa brota en el rostro de Erlen y sube emocionado al bus sin antes agradecernos por traerlo. Quedamos en vernos pronto.

….

El caserío Santa Cruz, en el municipio de San Luis, Petén, se encuentra más cercano a Belice que al resto de Guatemala. El límite del territorio que separa a ambos países, finaliza al cruzar de un lado al otro el pequeño puente hecho con ramas de árbol. El ambiente caribeño brota por todos los rincones del lugar.

Son los primeros días de octubre y a pesar que es temporada de lluvias en el resto del país, aquí ha estado seco los últimos días. El calor comienza a resultar insoportable. El reporte climático apunta 33°, aunque estamos seguros que la sensación es como de unos 40°. Aún no es medio día y a pesar de sentirse algunas oleadas de la brisa caribeña, la humedad, convertida en gotas de sudor, comienza a hacer efecto en nuestros cuerpos.

Tres semanas después de nuestro encuentro en la FAG, visitamos a Erlen en su casa.

Vivir entre Guatemala y Belice es una actividad o pasatiempo muy común y fácil para los santacruceños y los beliceños de Jalacté, el distrito colindante con Guatemala del otro lado del puente. Los guatemaltecos van a Belice para trabajar en Punta Gorda y los beliceños visitan Guatemala para actividades comerciales o diversión en Santa Cruz. De vez en cuando, las actividades comerciales se cambian por cerveza barata en las cantinas o enamorar a las jóvenes de la comunidad.

“No me acostumbro al clima de aquí, es muy caliente y casi nunca llueve”, repite en varias ocasiones Erli, como le gusta que le llamen sus familiares y amigos. No es fácil acostumbrarse y menos 13 años después de estar viviendo en otras condiciones, simplemente no es fácil.

A los 19 años y con el deseo de buscar mejores oportunidades de empleo y estudios, en 2004 Erli decidió dejar Santa Cruz y viajar como muchos guatemaltecos más, en búsqueda del sueño norteamericano.

Cuando tenía 16, su padre viajó a los Estados Unidos buscando mejores oportunidades de vida para la familia completa. Erlen es el mayor de 9 hijos y el hecho que su padre se fuera, la responsabilidad de su hogar recayó sobre él y su madre Blanca, una mujer de pocas palabras, pero que en su mirada refleja todo el amor y esfuerzo por proteger a su familia.

Así es como a los 19, decide acompañar a su padre al país del sueño americano, el de los sueños, de las maravillas. Decidió hacer el viaje solo y hacer lo que fuera necesario para llegar a Nueva York donde ya lo esperaban. Tres años atrás, su papá había conocido a un coyote para que lo ayudara a cruzar la frontera, así que nuevamente se puso en contacto con él y le pagó alrededor de Q16,000 para que esta vez ayudara a cruzar a su hijo.

– Crucé el río nadando.

– ¿Y tuviste miedo?

– Tú sabes, cuando tú llevas algo en mente dices: lo tengo que hacer porque lo tengo que hacer, cueste lo que cueste.

Dos veces tuvo que cruzar la frontera, ya que la primera vez al llegar a Houston, lo detuvo la policía y lo regresó a Guatemala. “A los dos días me fui de regreso y pasé otra vez” comenta entre risas. Desde que conocí a Erlen, recuerdo verlo siempre sonriendo. No sé si es por nerviosismo o porque siempre le ha puesto buena cara a todas las adversidades.

Los primeros años que vivió en Nueva York, se dedicó a estudiar los fines de semana o días libres y a trabajar el resto para ayudar a su familia en Guatemala. Estudió en la preparatoria Walter G. O’Connell Copiague High School y posteriormente en el New York Language Center. Se graduó cuando tenía 22. En realidad ese dato no me queda claro y vuelvo a realizar la pregunta ¿Te graduaste del high school? “No. Traté de sacar mi diploma estudiando las noches pero se me hizo difícil.”

11 años vivió en Nueva York. Durante ese tiempo trabajó en varios restaurantes de comida internacional. Sin embargo, fue la cocina italiana y griega las que más le gustaron y de las que aprendió mucho. En 2015, decidió mudarse a Massachusetts, luego que un primo le animó a tomar esa decisión. Ahí también trabajó como cocinero. 

-¿Por qué te fuiste a Massachusetts?

Repito con la esperanza romántica de que había conocido a alguna mujer que le llevara a dejar 11 años atrás.

Suspira.

-Mira tú que eso me pregunto yo también.

Suelta una carcajada que inmediatamente se le borra.

-La verdad no me fue tan bien. Por mi parte yo nunca quisiera volver a regresar a ese estado.

Mi esperanza era falsa. No fue un romance lo que lo llevó a trasladarse de estado.

Massachusetts representa el estado de su detención y el lugar donde el sueño americano termina. El 18 de febrero de 2017, luego de un día de diversión mientras iba manejando en una autopista, la policía lo detuvo porque tenía una luz quemada. “Yo no sabía que tenía una luz quemada, no me había dado cuenta.” Al momento de que el agente pasa sus dedos por el lector de huellas dactilares, la luz del sensor se pone en rojo y allí la historia de Erlen en Estados Unidos termina.

En ese momento inició un proceso legal que lo llevó a estar preso, como él lo llama, desde el 29 de abril hasta el día 23 de agosto cuando lo conocimos en la FAG. Pasó casi cuatro meses en un centro de detención.

Al salir de Estados Unidos, Erlen dejó mucho más que solo el trabajo para apoyar a su familia. Dejó la vida y un par de cosas más. Ahora será más difícil poder ver a su novia Melissa, a sus hermanos y otros familiares; pero lo que más tristeza le causa, es perder la posibilidad de ver a su hija Darielys de año y medio. 

-¿Dónde está tu hija?

Y entonces un silencio incómodo. Erlen se presiona los labios, disiente con la cabeza y los ojos se le llenan de tristeza inmediata. Darielys, su hija, vive en Puerto Rico desde hace algunos meses con su madre y el huracán Irma seguido por el huracán María, destruyeron la isla y dejaron a los puertorriqueños incomunicados. Desde entonces, Erlen no sabe nada de su hija, “me preocupa, me preocupa mucho”.

Dos meses han transcurrido desde el regreso de Erlen al país y sigue desempleado. Desde el primer día que llegó, inició el trámite de su DPI. Sin embargo, sigue sin recibirlo. El no tenerlo lo detiene de realizar muchas cosas. Desde abrir una cuenta bancaria a su nombre, hasta iniciar solicitudes de empleo aquí o en Belice.

Dentro de sus planes, está trasladarse a Punta Gorda en Belice o a Izabal para trabajar en algún restaurante, pero de no conseguir alguna oportunidad laboral pronto, regresar a Estados Unidos de mojado, vuelve a ser una opción. La incertidumbre brota.

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Me cansé de definirme entre líneas porque nunca he estado dentro de ellas. Veo lo que comparto, comparto lo que veo.

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