By Daniel Monroy
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La famosa frase ha agarrado fuerza en los últimos años y está de más el explicar por qué. La vemos en todos lados y es utilizada por todas las personas en todos los ámbitos de la vida social. Sin embargo, cuando se habla de la lucha contra la corrupción, se hace alusión a la misma como si fuera un tema exclusivamente a cuestiones de gobierno o de Estado.

¡Tremendo error!

Hay cuestiones de suma importancia que debemos entender. Primero, hay que dejar a referirnos al Estado como un ente cuasi divino, que existe por una fuerza que no podemos ver. Todas las instancias que lo componen son manejadas por personas como nosotros, que han estudiado en los mismos colegios que nosotros, que se han sentado en los mismos escritorios de nuestras universidades y que incluso, algunos han sido catedráticos de nuestros establecimientos. Al final del día, son personas de carne y hueso y no una especie de seres con cualidades superiores a las nuestras. Existe un debate donde se habla de empoderar al Estado dandole más atribuciones y quitarle poder a los políticos. Lo cual es totalmente contradictorio e erróneo.

Las decisiones más importantes las toman los políticos y no un ente imaginario, esto quiere decir, que si nos referimos a luchar contra la corrupción, debemos ver qué estamos haciendo mal, porque la corrupción que tanto atacamos está impregnada en personas que han saltado a la palestra política y que pertenecen a la misma sociedad a la que pertenecemos.

El segundo aspecto que considero importante es que debemos hacer un análisis introspectivo sobre qué estamos haciendo para no caer en lo mismo que criticamos. No esperemos que la corrupción sea extirpada en el Congreso o en el Palacio Nacional. Hay muchas formas de comprobar que en el país los ciudadanos exigen funcionarios probos pero en su vida diaria se les olvida que ellos son parte del elemento “población” y que así como exigen derechos también deben cumplir obligaciones. Y ahí está el verdadero problema, porque pensamos que la corrupción nos va a tocar la puerta solo cuando tengamos un puesto significativo en el sector público (porque por cierto, también se nos olvida que en el sector privado también se cometen ilícitos).

Siempre he pensado que la mejor manera de comprobar que como guatemaltecos caemos en esa trampa es examinando cómo manejamos y cómo nos desenvolvemos en el tráfico. He visto personas que se van en contra de la vía y lo cuentan como que han realizado una gran hazaña, digna de vítores y felicitaciones. A otros les da igual el semáforo y son otros los que tienen que pagar las consecuencias de su acto irresponsable. Los motoristas zigzaguean sin importar el peligro que representan. Y si vamos a otros ámbitos, vemos que la evasión fiscal es alta, que hay líderes religiosos que mercadean con la fe, mecánicos que estafan a sus clientes y un sinfín de ejemplos que involucran a todas las profesiones y personas.

Pero claro, los corruptos, los que no respetan las leyes y los que carecen de valores, son los políticos.

Empecemos por compartir y enseñar valores fundamentales en nuestros círculos sociales y familiares para que en la vida real nuestras acciones concuerden con lo que tanto predicamos. Dejemos de exigir cosas que ni siquiera nosotros somos capaces de cumplir. Si no respetamos ni siquiera la ley de tránsito no tenemos la solvencia moral para sentirnos ofendidos por el actuar de los políticos, cuando en otras esferas de la vida, somos iguales a ellos.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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