By Ana Raquel Aquino Smith
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Este es el relato de la historia de doña Jacinta y don Sergio*. Me asignaron el caso cuando era estudiante del cuarto año de Derecho. Doña Jacinta es de Jalapa, don Sergio de la capital. Se conocieron y decidieron casarse, unirse un Día del Cariño el año después que yo nací. Esta no es una historia dramática; más bien, la normal, la permitida socialmente, la de siempre.

Las cuentas así: veinte años de casados, dos hijos, una casa, un negocio, problemas de comunicación, alcoholismo por parte de don Sergio, derroche de dinero y machismo. Doña Jacinta, inició un proceso para solicitar medidas de seguridad en contra de su esposo, ¿La razón? Él se fue a vivir con otra. Ahora, la vecina es “su mujer” para rematar con el cliché de telenovela. Don Sergio tiene dos hijos más producto de esta nueva relación. Curioso, contaba doña Jacinta, que por las noches a don Sergio le daba una especie de nostalgia (arrepentimiento, creía ella) y quería regresar a “su casa”, como él dice. Así que a ella no le quedó más que bloquearle la entrada por las madrugadas. A él le daba por ir a dormir a la par de ella, sin previo aviso. Bajo estas circunstancias, el Juzgado decidió otorgarle las medidas de seguridad solicitadas.

Desde ese entonces, don Sergio no puede estar cerca de ella o de la casa que ambos construyeron aquel Día del Cariño.

El objetivo de doña Jacinta era pedirle a don Sergio que le ayudara con Q800 al mes para su subsistencia. En las primeras reuniones que tuve con ella, tenía un sentimiento de ira y lo sentía en el estómago; admiraba su lucha, me daba cólera el sistema. Ella no llegó a sexto primaria y entiendo su mirada vacía. Ella lo quería, él la traicionó.

Doña Jacinta cuida a un bebé por las mañanas. Gana el salario mínimo dividido entre tres (ella y sus dos hijos). A sus cincuenta y cuatro años, debe ser difícil estar cuidando a un bebé de meses, pero no dejaba de soñar con una vida mejor. La última vez que la vi, me contó que había pedido un préstamo y utilizó el espacio del garaje para abrir una tiendita y así poder ayudar a sus hijos a pagar un mejor colegio. La felicité por ser una supermamá. Conozco a varias y soy hija de una.

Conté la historia a varias personas entre ellos algunos abogados, de aquellos que abundan, los de sangre fría. “Eso es lo usual”, me decían mientras yo no entendía a qué hora me había transportado a la dimensión de la falta de empatía, a este país sin salidaAseveraban conformistas, como si no existiese alguna posibilidad de cambiar la realidad. Aquí es un alivio saber que siempre puede ser peor.

Contar historias las redime. Las historias automáticamente nos humanizan.

Y de un punto de vista jurídico, creo que analizando el caso concreto se puede saber si garantizamos los derechos mínimos que la norma general otorga; que los derechos fundamentales son normas relativas, nunca absolutas, susceptibles al cambio, a la adaptación. Algo es seguro, habremos fallado como sociedad el día que estos casos sean lo habitual; el día que aceptemos estas problemáticas no como excepción sino como regla.

Admitámoslo, yo no tendría caso si don Sergio supiera de su obligación de brindar alimentos a doña Jacinta, su esposa. No tendría caso si don Sergio no gastara todo su dinero en bebidas alcohólicas. Yo no tendría caso si la economía fuera lo suficientemente buena como para que doña Jacinta pudiese vivir de su negocio, trabajo, jubilaciones o si a ambos les hubieran dado una educación, no solo de calidad sino de superación.

La empatía nos hace humanos, ningún caso es solo un caso más.

Ningún caso debiese pasar desapercibido. El sistema somos todos, cada historia nos pertenece como sociedad. Ella y él también somos usted y yo.

 

*Utilicé nombres ficticios para este relato. 

 

*En esta columna quiero hacer un especial agradecimiento a la revista Brújula (en especial a su Directora Liza Noriega), por haberme dado la oportunidad de iniciarme como columnista. Aquí aprendí que disfruto escribir; por dejarme compartir, por más de 4 años, mis ideas, mis inquietudes existenciales y mi obsesión por el Universo. A todos los que alguna vez leyeron mis opiniones por este medio, muchas gracias. Que esta columna haya sido publicada el Día de Acción de Gracias, es solo una agradable casualidad gregoriana.

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Defensora de la rebeldía justificada en principios éticos universales.
@ana_cosmica

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