By Alexander López
Posted: Updated:
0 Comments

Habíamos comprado tickets de bus para visitar algunos sitios turísticos y espirituales hindús; la idea era llegar a uno de los templos más altos sobre los Himalayas, entre India y el Tíbet. Ese día mi amigo Divahar -de Sri Lanka-, mi otro amigo Cruz -de Venezuela- y yo nos escapamos de clases.

Muchas de las personas que conocemos en India -incluso algunos funcionarios- nos advirtieron que el viaje sería riesgoso, ya que hacía algunos años habían muerto muchas personas en una avalancha que destruyó toda una villa de uno de los lugares a los que íbamos.

Lo mejor que pudimos hacer fue arriesgarnos.

El viaje cubría alimentación y hospedaje en algunos hoteles, que básicamente eran habitaciones reducidas, un poco sucias, con una sola cama para cuatro o cinco personas. Además, contaban con cubetas de agua para bañarse y sanitarios que eran únicamente hoyos en el suelo.

A pesar de los 50 grados que hacían en Nueva Delhi y en Jaipur, la ruta se iba haciendo más fría y angosta, haciéndola más peligrosa e interesante. Luego que el bus se quedó atascado por unas horas, logramos llegar a Gaurikund.  En la madrugada siguiente tomamos el jeep que nos llevaría a un campamento en el cual comenzaríamos el ascenso.

El recorrido que hacíamos tenía un tinte espiritual para los hindús y fue espectacular observar que al inicio había una gran concentración de personas de todo tipo: de la tercera edad, jóvenes, niños, enfermos en camillas y unos pocos extranjeros. Fue interesante además, observar a personas ancianas que iniciaban descalzos su recorrido, y a otros individuos que trabajaban cargando a las personas en cestas para llevarlas hasta la cima, algo fuera de este mundo.

Comencé el ascenso con unos amigos indios y mi amigo Cruz, a quién perdimos de vista durante el camino. Los otros integrantes del tour habían tomado helicóptero para llegar a la cima y mi amigo Divahar había alquilado un burro para subir porque sabía que el ascenso sería demasiado cansado y riesgoso para su corazón.  Ahora pienso que hubiera considerado esa medida para mí.

Eran alrededor de 12 kilómetros para llegar al Templo de Kedarnath; durante los tres primeros kilómetros me sentí con mucha energía observando los picos nevados a la lejanía. Mientras íbamos subiendo, noté que mis amigos indios estaban comenzándose a cansar y observaba a lo lejos que me quedaba mucho por recorrer, así que decidí dejarlos e irme por mi propia cuenta hasta el punto de encuentro en la cima. Yo solo seguía a toda la gente y no era difícil perderse porque había un único camino.

Sin embargo, a medida que subía, comencé a fatigarme. Fue a partir casi del noveno kilómetro que comencé a sentir mareos y naúseas.

Avanzamos un poco más, comencé a quedarme sin respiración y me quité los abrigos que llevaba, tratando de tranquilizarme porque nunca me había sucedido tal cosa. Continué caminando y comencé a ver grandes espacios llenos de nieve y escarcha. No los vi tan especiales porque estaba demasiado enfadado y me estaba quejando por haber tomado ese viaje. Además, estaba solo en el recorrido hacia arriba y sentía miedo por el hecho de no llegar a la cima a tiempo y tener que volver a salvo hasta el campamento por mi propia cuenta.

Había caminado nueve horas.

Unos indios que iban de regreso al campamento me dijeron que faltaba poco. Me sentí enojado porque además de que me sentía muy mal, los picos nevados estaban cubiertos por nubes y no se veía ningún paisaje “hermoso” del todo, solo un pueblo común y corriente y algunas tiendas armadas. Así que para desahogarme, saqué mi celular y grabé videos en los cuales grité groserías en español (que nadie entendía) y comencé a caminar furioso hacia el templo.

Al entrar a esa pequeña población, eran casi las tres de la tarde y tuve la grandísima suerte y de verdad, bendición de Dios, de encontrar a mi amigo Divahar quien comía y se preparaba para el descenso. Le pedí comida y agua, y le dije que no me dejara solo, que en el descenso pagaría un burro y regresaría con él porque llovía y no quería perderme. Fui al templo hindú por unos quince minutos para tomarme unas fotos, observar a las hindús hacer sus rituales, y también una fila que alcanzaba un poco más de los 500 metros para poder ingresar al templo.

Al regreso hacia la entrada del pueblo donde me reuniría para el descenso con mi amigo Divahar, encontré de repente a mi amigo venezolano quien hacía fila para entrar al templo y le dije que regresara con nosotros. Comenzó a llover granizo y me puse un nylon que me habían regalado. Estaba casi muerto, mi amigo me hablaba y solo me sentía confundido, mojado y con mucho frío. Así que nos montamos sobre el burro y comenzamos a bajar los acantilados.

Realmente estaba decepcionado del viaje y muy triste cuando comenzamos a bajar. Sentía que era un fracaso y que casi moría por nada. Pero al dejar de llover, comenzaron a salir unos rayos de sol sobre el valle que estaba frente a los picos, y al virar hacia mi espalda, observé la cosa más espectacular e impresionante de mi vida: los picos llenos de nieve aparecieron brillantes y tan blancos, como lo pintaban en la televisión. Tuve la sensación de estar agradecido por la vida y comencé a llorar y a orar. Pensé rápidamente en mi familia, mi vida, mi carrera, mi ser tan pequeño y sobre todo en la grandeza de Dios.

Realmente no puedo explicar lo que me sucedió en ese momento, pero podría llamarlo plenitud.

Me fui alejando de esa vista y ya no estaba molesto. Lo que comencé a sentir a continuación, fue de nuevo el miedo porque íbamos sobre los burros por senderos angostos y acantilados. Recuerdo que durante la primera hora me fui rezando y pidiendo sobrevivir porque los burros brincaban y caminaban muy pegados a la orilla de los acantilados enlodados y con granizo.

Oscureció pronto y solo seguíamos el camino que los burros iban viendo con la linterna de los guías. La vista era surreal, veíamos la selva y la neblina a través de la luna, así como a unas cuantas personas que aún subían hacia el templo, a varios kilómetros de distancia. Por fin llegamos al campamento inicial y estaban allí miles de personas irritadas haciendo tumulto y fila a lo largo de unos cuatrocientos metros, únicamente para poder tomar un jeep e ir al pueblo donde estaban los hoteles.

Perdimos de nuevo a nuestro amigo de Venezuela y confiamos en que llegaría con bien al pueblo. Llegamos al puesto de policías donde estaban los jeeps y mi amigo Divahar dijo ser funcionario de la Embajada en Sri Lanka (lo cual era cierto) pero no nos dejaron pasar porque habíamos evadido la fila. Repentinamente todos los que esperaban cerca, quitaron las barreras de la policía y corrieron hacia los jeeps a empujones y golpes.

Nosotros pudimos ocupar unos espacios reducidos en los carros y logramos llegar al pueblo preocupados al inicio, por nuestro amigo venezolano, pero luego contentos, por haberlo encontrado en la puerta del hotel. Al siguiente día, continuamos con nuestra ruta hacia otro templo hindú en otra región cerca del Tíbet.

Dos días después nos enteramos que por el camino en Kedarnath, el lugar al que habíamos ido, un deslave sucedió sin dejar muertos, pero sí incomunicados a varias poblaciones. Definitivamente la suerte estuvo de nuestro lado en nuestro viaje.

Related Posts

Gabriela Sosa/ Observaba como la llama bailaba en sus dedos, cuando sentía que las punzadas...

Han pasado dos años y medio desde la primera manifestación del 2015. Pero luego de esa experiencia...

Es fin de año y a la época siempre le acompañan las tradiciones, ideas y costumbres de siempre;...

Leave a Reply