By Antonio Flores
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Recién regreso de la plaza, mi cabeza se mueve a mil ideas y sentimientos por minuto. Así que quiero dejarles algunos puntos claros antes de comenzar: entiendo la separación entre iglesia y Estado, no busco imponer la ética de máximos del magisterio o el catecismo de mi Iglesia, soy un joven católico dominico y ciudadano guatemalteco. Conforme lea el texto comprenderá porque las aclaraciones

Antes les conté sobre mi fe y el camino recorrido para llegar a donde estoy en materia espiritual. Quienes me conocen saben perfectamente que me siento feliz de ser católico, que mi espiritualidad tiene muchos matices budistas y algunas premisas del Islam. Para los fundamentalistas soy un pinche hereje, para mi gusto soy alguien que se goza de las enseñanzas espirituales de cada maestro de fe en el mundo. Ahora bien, quiero aclarar que la espiritualidad (más que la religión) juega un papel crucial para mí, sobre todo desde que escuché la frase de Juan Pablo II “No más divorcio entre fe y vida…”  o dicho de otra forma, “no debemos divorciar la vida espiritual de la vida mundana y terrenal”.

Para empezar a vivir (o intentar vivir) consciente y coherentemente, primero tuve que romper mi burbuja y ser testigo mudo del acontecer cotidiano de lo que sucedía en mi país, esas realidades oscuras que se esconden a plena luz del día. Así estuve, hasta que llegó el momento donde me encontré en medio de un mundo necesitado de amor, justicia, verdad, respeto, honestidad, ideas nuevas, risas, nuevos miedos y autenticidad. Un momento en el que tenés que tomar la decisión si vas a ser verbo o sustantivo.

 A partir de allí se trata de denunciar así como anunciás, entendiendo que las denuncias demandan acciones, que las acciones demandan compromiso y que el compromiso exige despertar.

Despertar es nada más y nada menos, que hacerte consciente del presente, pero cuesta mucho y a veces cansa demasiado; porque después de 11 años en la iglesia, puedo decir que no he dejado de aprender algo nuevo cada día. Sobre todo siendo miembro de la Orden de Predicadores, lo que me ha permitido caminar entre religiones, expandir los horizontes de la fe, cuestionar lo incuestionable y apropiarme de cada premisa espiritual que guía hoy mi caminar. Esto me fue llevando también a un despertar ciudadano, entonces, para entender mi papel como guatemalteco, conocí al más malcriado, amoroso y rebelde maestro: Cristo. Luego tuve el placer de conocer a Siddartha Gautama, me hablaron de Mahoma y la media luna, Rumi empezó a compartir sus poemas conmigo y la ciencia me entregó las herramientas para no vivir una vida sin sentido.

Por ende, ya se imaginarán en la clase de líos y discusiones que me he metido ante mi negativa por absolutizar la verdad, de no proclamar dogmas o verdades absolutas, de ser poco doctrinal y nada concreto. Pero nada se compara al rechazo que genera llevar la coyuntura, la política y las dudas razonables sobre el papel del ciudadano católico a la Iglesia. Estas son cosas que muchos insisten no debería estar mezclando con mi fe, recalcándome una y otra vez las diferencias entre Estado, Iglesia, vida y espiritualidad.

Pero no pueden estar más equivocados, menos en un año tan crucial y cambiante como el que estamos viviendo, momentos de cambios y oportunidades, de concretar ideas y emprender nuevos proyectos, donde los sectores (y la Iglesia incluída) escogen si están del lado de la verdad o de la impunidad y corrupción.

Hace un año, me vi forzado a dejar algo que amaba en la Iglesia y abandoné el pórtico de mi parroquia tras 7 años de servicio. Finalmente, abandoné mi última zona de confort y la burbuja terminó de explotar. Como todo aquello que se vuelve costumbre, fue difícil dejarlo ir, pero para avanzar es necesario abandonar los apegos y para que la fe se renueve, hay que abrir espacios a nuevas ideas y nuevas personas. Solo entonces me di cuenta que muchos jóvenes católicos, no estamos dispuestos a ver mas allá de 4 paredes de un templo o las páginas de un texto sagrado. Nos encerramos en dogmas, tradiciones e imágenes, mientras la fe se vuelve estéril y la predicación inefectiva. La comodidad nos empuja a dejar de cuestionar, ya no desafiamos las normas o las formas, mientras la voluntad para inculturizar o actualizar la fe se va esfumando entre los muros.

Nada de malo tienen nuestras parroquias y el catolicismo cuando sabemos ser coherentes con el evangelio. Esto quiere decir que nuestras parroquias deberían ser un campo de entrenamiento para la juventud, centros de acopio para los necesitados, oasis de paz en desiertos de desesperanza, lugares de encuentro y silencio. Sin embargo muchas se conforman con ser centros de religiosidad, veneración y cobro de limosnas.

De nuevo tengo la oportunidad de unirme a la ciudadanía en las jornadas de protestas, pero esta vez lo hago con la oportunidad y responsabilidad de ver mas allá de una parroquia o un consejo pastoral. Mi único compromiso ahora es con la búsqueda de la verdad. He perdido el miedo a expresarme, a decirles que en mi condición de joven católico y dominico lucho por un país mejor, por un mundo coherente al amor, justicia, respeto y equidad de cada maestro de fe. A decirle a los jóvenes que no basta ser buen cristiano, Guatemala necesita que seamos buenos ciudadanos, y que no divorciemos la vida de la fe. Nuestra realidad demanda jóvenes involucrados, alegres, dispuestos a hacer lío e inculturizar el amor de Dios en su cotidianidad, a través del buen vivir y el cuestionar de las realidades desiguales e injustas.

Las necesidades de nuestros pueblos y la coyuntura actual de nuestro país, necesitan el trabajo conjunto de todos los sectores de la sociedad, y nosotros como católicos somos un sector con alcance, influencia y recursos. Qué mejor entonces, que seamos una juventud de brazos abiertos, manos sucias y corazones indignados con lo injusto, lo incoherente, lo infame y la falta de paz. Vamos abandonando la comodidad de nuestras pastorales y movimientos juveniles, atreviéndonos a caminar fuera de los pórticos de nuestras parroquias y aventurarnos a lo incierto, con la creciente posibilidad de equivocarnos y desaprender todo lo que nos fue enseñado para no cuestionar.

Eso o vamos a seguir viendo como todo se va al carajo.

Despertemos, soñemos, trabajemos, cuestionemos y abracemos la verdad; porque nuestro deber como jóvenes, en estos momentos tan cruciales, es retar a la impunidad y la corrupción. Porque de nada sirve predicar sobre nuestro correspondiente texto sagrado, si antes no velamos por la dignidad de las personas, respetando la pluralidad y laicidad de nuestro Estado.

“Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana… ” – Beato Monseñor Romero

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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