By Luis Ernesto Morales
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El domingo 7 de octubre se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en Brasil, el país más grande y más poblado de Sudamérica. Con una población de 200 millones de habitantes y una de las economías con mayor crecimiento en el mundo. Brasil se ha posicionado como un gigante a nivel global formando así a los BRICS o países emergentes. Sin embargo, la tumultuosa situación política en Brasil ha llevado a unas de las elecciones más importantes de su historia y a las cuales el resto de Latinoamérica y el mundo observan con cuidado.

Como describí hace un tiempo en otra columna de opinión, las nuevas tendencias están ganando cada vez más terreno a nivel social y político. Y no se trata de un fenómeno que haya podido ver en una bola de cristal, es algo claro y explícito en la actualidad. Al hablar de las nuevas tendencias me refiero a la elección de outsiders como dirigentes políticos ante el desgaste de la política tradicional, el surgimiento de movimientos nacionalistas conservadores en rechazo a temas como la globalización, el matrimonio igualitario, el cambio climático e incluso hasta el secularismo. Los casos de Estados Unidos, Italia, Alemania y claro Guatemala muestran candidatos con las mismas características e ideologías similares. En otras partes como Francia, países Bajos y Costa Rica, no han logrado establecerse en el poder, a pesar de fuertes campañas electorales.

Existe una relación ante la avalancha de movimientos nacionalistas en diferentes partes del mundo. El mundo globalizado ha representado que la clase trabajadora de estos países y muchos otros más haya sido dejada en segundo plano por parte de los políticos. La falta de cambios reales en la política ha llevado a que las propuestas de candidatos con cero experiencias como estadistas suenen como la solución. El discurso que separa entre nosotros y los enemigos internos, especialmente los extranjeros, es algo que no se ha inventado en el siglo XXI, sino que tuvo su peor expresión a mitad del siglo pasado. Los brasileños no se han librado de todo esto, siendo Jair Bolsonaro quién personifica todas las características de la ultraderecha que acecha en el mundo.

Los últimos años en Brasil han sido una montaña rusa de momentos gloriosos y conflictos latentes. La salida de Dilma Rousseff del poder, los casos multimillonarios de Odebrecht y Petrobras, el encarcelamiento de Lula, etc. Del lado glorioso han aparecido (siempre con su respectiva polémica) los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo como mecanismos por los cuales Brasil, como otros miembros de los BRICS, se ha mostrado al mundo como potencias actuales y a futuro.  Cada vez su posición como una potencia global es más un hecho que una meta. Brasil mezcla nuevas características pero no logra vencer los viejos demonios que lo acosan.

Los índices de pobreza han aumentado, la violencia sigue creciendo y los asesinatos políticos han conmocionado a la población como en el caso de Marielle Franco. La llegada de un candidato misógino y militarista como Bolsonaro solo ensucia más la memoria de Marielle y su asesinato aún impune. A pesar de participar en política desde los 90´s Bolsonaro representa nuevas características entre los políticos brasileños siendo su falta de acusaciones de corrupción su principal cualidad (¿algo como ni corrupto, ni ladrón o no?) Un candidato que añora la dictadura militar, prefiere la muerte sobre la homosexualidad y que acepta que no violaría a mujeres feas. Brasil necesita una profunda renovación en sus políticos, pero sinceramente: Ele não!

La imagen del niño que desde la favela ve el Maracaná resplandeciendo es una representación exacta de Brasil, tan sencilla como compleja. Brasil, el país del futuro no debe tener una juventud cuyos sueños romantizados dependan sólo de un balón. Brasil tiene mucho que hacer para lograr sus metas como país, ahora mismo es un momento clave para que el orden y el progreso fijen su rumbo. Y como dijo Stefan Zweig al vivir en Brasil y librarse paradójicamente del nacionalismo agresivo, la lucha de clases y el racismo: “Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!”

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