By Martín Berganza
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Martín Berganza/ Opinión/

Hace cuatro meses, cerré pensum en la licenciatura de ciencias jurídicas y sociales. Los seis años de carrera, tuvieron sus altibajos. Algunos fueron decentes, otros no tanto, y otros fueron francamente horribles debido a circunstancias extracurriculares. No importa, el punto es que logré terminar la infame carrera. Llevaba mucho tiempo sintiéndome dentro de una prisión conmigo de carcelero: tenía que forzarme a estar, a terminar y a graduarme. Sigo en ese último proceso y los últimos meses han sido encaminados a ello. No obstante, en estos cuatro meses desde que cerré he experimentado el mayor período de lo que conocemos como “chingadera” en mi vida.

Cerrar pensum, como muchas otras transiciones en mi vida, son eventos que ocurren abruptamente.

En mi caso, fue  ponerle punto final a la última respuesta de derecho ambiental. Clase que prácticamente tenía ganada. Luego salí, me junté con los demás en el peladero del edificio M, y esperamos a que vinieran los demás. Se festejó, llegaron los mariachis, y se celebró. Fui de los pocos que no llevaba suéter de la promoción de derecho. Veo las fotos y lo recuerdo gratamente pero no dejé de sentir la misma sensación que cuando terminé el colegio, que cuando cumplo años, que cuando pasan fechas significativas: no hay una transformación mágica que ocurra dentro de uno.

El evento, en este caso el cierre, solo pasó. Fue una parte más de la vida académica en una universidad, parte de la normalidad para las personas que trabajan y atienden la universidad, y algo esperado por parte del alumno. Aclaro: no quiere decir que estos eventos no tengan una significación enorme.

El problema es que en el momento, no tienen ese sabor tan dulce como te imaginás. Uno idealiza estas situaciones pero no percibe sus beneficios, sus fallas, o le da cualquier significación, sino hasta mucho después. En el momento, solo pasa y sentís cómo las gotitas de ansiedad poco a poco van destruyendo a la represa que habías construido con los años de rutina, comenzando con la pregunta “¿y ahora qué?”. En mi caso, el “ahora qué” tuvo que ser contestado con la tesis, pero como dije antes… han sido cuatro meses de desidia y socialización intensa.

Lo bueno es que ayer logré entregar la tesis para la revisión de fondo, pero claro, pude haberla entregado mucho antes. El punto es que igual, esa ansiedad se traduce en síntomas  específicos. Como evadir los asuntos pendientes ante no saber qué hacer después, aunque tengás que terminar las prácticas – infernales, en el caso de derecho – u otros requisitos para graduarte.

Esos cambios de vida tan abruptos no son nada sino formas de marcar la transición hacia nuevas normalidades.

Nunca lo había pensado así, hasta hace poco. La ansiedad hacia el futuro es poco razonable cuando cada día lo estás construyendo y que queda en vos, con tu diario vivir, dirigir hacia dónde vas a estar. Total, el futuro solo existe cuando comenzás a reparar en el pasado y te medís desde ese punto que ya no existe.

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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