By Antonio Flores
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Nada y ni mierda” es la expresión que resuena en mi cabeza mientras me muevo entre bocinas, conductores neuróticos, peatones distraídos y hermanos ciclistas… “Nada y ni mierda” me repito de nuevo, como tratando de entender a qué hace referencia tal expresión, esa forma tan natural de dirigirse a alguien y decirle que su voz no tiene peso, que sus palabras no hacen eco, que su pensamiento es erróneo, que el imaginario de donde toma inspiración no es valido, que las ideas no pasarán del papel y que su contribución a la transformación de lo cotidiano es eso: nada y ni mierda.

O quizá, sea igual el argumento usado por quienes, ante su incapacidad de retarse y ver la realidad, la fe, las tradiciones, los espacios y roles a través de ojos críticos, fácilmente dicen “No es lo mismo el pensamiento critico, que andar de criticón” como queriendo callar una voz que les resulta molesta, silenciar líneas que no entran dentro del canon establecido de opiniones. Sí, las opiniones que también deben estar en un estrecho margen de normas a cumplir o te ganarás un simple “No entiendo que ganas diciendo esas cosas”

Una bocina me devuelve a la realidad, esa realidad de mil sonidos, ruidosos espacios, voces inaudibles y sin numero de murmullos… la realidad tan ruidosa, tan ajena al silencio, tan extraña a las palabras disruptivas. “Nada y ni mierda” resuenan otra vez, lo que hace pensar que probablemente tal expresión, pueda tener algo de sentido; quizá lo que escribimos, decimos o gritamos no es para nadie mas que nosotros mismos, a lo mejor tienen razón al decirnos que nada cambia con nuestras palabras. Tal vez estamos escribiendo cosas que no le importan a nadie y puede que de lo mismo si por un instante nos quedamos callados, si aceptamos las cosas como son, si entendemos que el mundo tiene un orden que no debe cuestionarse.

¿Por qué o para qué alzar la voz? ¿Qué sentido tiene la crítica de la realidad? ¿Porque no mejor nos quedamos callados, como todos, ante lo que sucede? A fin de cuentas, poco o nada cambia después de pronunciarnos… la gente sigue indiferente, los problemas siguen ahí, la gente sigue muriendo de frío, hambre, sed o violencia. Nada ha cambiado desde que empecé mis columnas, en aquel lejano y bello 2015 ¿No?

Las palabras por si solas, quizá no hagan mucho, pero cuando tenemos la capacidad de hilvanarlas en oraciones, oraciones en textos y estos textos llegan a las personas correctas, se puede empezar a considerar que tal vez, las palabras, el lenguaje, nuestra voz tienen poder. Las palabras y/o el lenguaje moldean nuestra realidad y la percepción que tenemos de las situaciones, es a través de ellas que podemos discriminar o incluir a una persona, el diálogo entre partes permite conocer todo el espectro de un asunto y así tomar mejores decisiones; expresarnos, hacer palabra lo que sentimos, lo que vivimos y observamos, nos permite iniciar la compresión del yo y los cómo, cuándo, porqué, para qué, dónde y quién que nos surgen.

Aquellos que nos piden callar, que nos dicen qué o cómo escribir, incapaces de soportar la crítica de los privilegios, costumbres y roles “establecidos” que ellos sin rechistar están cumpliendo o viviendo, son quizá las personas menos indicadas para tomar en cuenta, respecto a lo que sentimos y necesitamos expresar. Quienes hacemos uso de las palabras, tenemos esa capacidad de modificar positivamente la actitud que asumimos frente las circunstancias difíciles de la vida, simplemente ampliando el alcance de nuestro lenguaje; nuestras oportunidades de crecimiento personal, profesional y espiritual aumentan cuando enriquecemos el lenguaje que dominamos… y la capacidad de hacernos sensibles al otro, la construcción de la empatía y el afecto crecen cuando las palabras saben sanar a las personas.

Somos los nietos de octubre, pero también los hijos y herederos de la generación que vio a sus contemporaneos desaparecer, morir y nunca volver porque se atrevían a pensar distinto; el silencio se volvió norma, la indiferencia era la mejor arma para enfrentarse a una realidad que dolía. Pero nosotros, la muchachada de a pie, los ciclistas, escritores, bloggers, tuiteros y estudiantes, sabemos que el silencio no es la mejor opción para defender al oprimido, sanar al enfermo, denunciar lo injusto, atacar los problemas o transformar la realidad; sabemos que resistir colectivamente es de por sí una pequeña victoria en un país tan roto como el nuestro, donde la indiferencia y la apatía, son (desde hace mucho) el pan de cada día.

Habrán siempre, quienes pidan silencio, que te digan que te calles, que se mofen de tu capacidad para expresar lo que está mal, que insistan una y otra vez que la crítica se detenga y que la realidad se acepte tal cual, quienes constantemente puede que te digan “Nada y ni mierda”… pero eso no tiene porque hacernos callar o detener nuestras letras; ni sus nombres, ni sus dramas, problemas, posiciones o prejuicios tiene porque eclipsar lo que tenemos por decir y hemos encontrado el valor para expresarlo.

TU VOZ, sea donde sea que se escuche o lea: protesta, marcha, foro, salón de clase, sobremesa familiar, aula, twitter, facebook… donde sea que estés, es la necesaria.

 

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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