By Martín Berganza
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Every time I thought I’d got it made
It seemed the taste was not so sweet
So I turned myself to face me

David Bowie

Ha transcurrido algún tiempo desde que escribí por última vez. La desidia me invadió durante varios meses desde que cerré pensum. Pasé un año y medio entre terminar prácticas, la tesis y solo dedicándome a perseguir las veleidades de mi voluntad. Fue una época agradable, pero no es sostenible. Se postergan las actividades desagradables, pero importantes, que son necesarias para el crecimiento académico, profesional y personal. Por eso, decidí que este año terminaría de una vez por todas. Hace unos momentos, pagué mi examen de evaluación comprensiva. Tengo previsto terminar en mayo, diosito mediante.

Hago la aclaración anterior porque quiero hablar del crecimiento. Me refiero al crecimiento personal, esa curiosa mezcla de acondicionamiento físico, estímulo intelectual, responsabilidad adulta y planificación y ejecución de metas personales. No lo quisiera definir precisamente; cada quién tendrá su concepción de qué significa crecer. A veces, crecer es ordenarse: armar un horario, una rutina y una serie de hábitos que permita maximizar el uso del tiempo. A veces, crecer pasa por recibir una serie de retrocesos que hace que se replantee el camino. En otras ocasiones, puede ser dejar de llamar a tu ex a media borrachera. Ese crecimiento es aquel que impide los errores del pasado y permiten que la vida sea llevada con cierta rectitud.

De ganar la evaluación comprensiva, formaré parte del gremio profesional más grande de Guatemala: el de los abogados y notarios. Un gremio tradicionalmente conocido por su estricta formalidad y altisonancia iletrada. Es hasta divertido: me voy a unir a un gremio que conozco principalmente por ser facilitador de jugadas turbias para poderosos, arquitectos de un Estado disfuncional y corporativista, y también por ser una banda de pavo reales humanos sin tanto color en el plumaje. Lo bueno es que no son todos. Lo bueno es que hay amigos que si viven por la máxima de Ulpiano de iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere (Los preceptos del derecho son: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo que es suyo). El sendero de la rectitud es empinado, pero uno se motiva a caminarlo al estar acompañado.

Cambiar de identidad cuesta. Pasar de ser un slacker divagador a un abogado funcional es un reto que creo que será de por vida. Me aterra el encierro que me espera. Pero no hay de otra. Ya lo dijo bien Borges: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. En unos meses, sabré quién realmente soy; si trabajé lo suficiente, si valió la pena todo, si tiré al trasto todo lo malo, si lo brutal del cambio de identidad no me vence. Creo que no lo hará. Pero lo sabré más tarde.

Por último, me despido de este espacio que me acogió tan generosamente desde 2015, en aquel año maravilloso en que varios amigos coincidimos en Landivarianos y en la Coordinadora Estudiantil Universitaria de Guatemala (CEUG). Espero haber aportado algo a las ideas de los lectores de este medio.

 

About the Author

Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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