By Diego Secaira
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La década de los 80 fueron los años en donde formalmente transicionamos a la democracia, aquellas fechas significaron el inicio de un nuevo sistema político que debía abrir el camino para que los sectores históricamente excluidos tuvieran incidencia en la toma de decisiones y sentar las bases de nuevo proyecto de nación. Transcurridos ya casi cuarenta años pareciera ser que aquella democracia no logró la inclusión ni la consolidación de un proyecto de nación.

¿En qué momento nos desviamos? ¿Por qué no tenemos una Guatemala incluyente?

Estas preguntas, hacen que los autoritarios propongan que la democracia misma, por sus mecanismos de auditoria y los pesos y contrapesos del poder, sean el obstáculo para la unión nacional, el desarrollo económico y el trabajo eficiente del gobierno. Sin embargo, las respuestas a estas preguntas pasan por una autocrítica como sociedad.

En primera instancia, la pregunta es ¿En qué momento la democracia perdió su camino para perpetuar la marginación de sectores específicos de la sociedad? Mucho tiempo transcurrió, y me costaba encontrar una respuesta que fuera satisfactoria. Lo que encontré fue que estaba realizando la pregunta equivocada. La transición desde el autoritarismo hacia la democracia no se consolidó, logramos una transición formal, con elecciones periódicas y el respeto al mandato, hacia la democracia, pero no se formaron partidos políticos que fueran representativos. Sin este último elemento, la inclusión de los intereses de la ciudadanía y principalmente de los sectores excluidos estaban comprometidos.

La respuesta era entonces, que nunca perdimos el camino, simplemente nunca lo encontramos.

Luego de la transición a la democracia los mismos actores seguían en el poder, bajo ligeramente nuevas condiciones, pero siempre en el poder sin responder a la democracia.  La pregunta correcta era ¿Por qué no logramos una democracia que fuera incluyente? Surge acá la cuestión de los partidos políticos que sean representativos. La autocrítica es que transicionamos a la democracia y gran parte de la ciudadanía seguía siendo políticamente apática, sin participación, únicamente con quejas y exigencias, pero carente de aportes y sacrificios para la construcción de un partido que funcione con los aportes individuales de los ciudadanos y que se construya por el duro trabajo de miles de voluntarios.

La segunda pregunta era ¿Por qué no tenemos un proyecto de nación? Esta pregunta, conociendo la respuesta a la primera, es un tanto más sencilla. No tenemos un proyecto de nación porque los actores en el poder no tienen el interés en construir una, pero más importante aún, es porque los ciudadanos que se mantuvieron apáticos a la política, o que decidieron intentar incidir por medios como movimientos sociales, no tuvieron el valor de hacerle frente a la realidad y entrarle a la política partidaria.

Nuestra vieja esperanza es la democracia, que ha estado esperando a que nos decidamos por ella. Los ciudadanos debemos organizarnos para formar un partido político que nos represente.

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