By Silvia García
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Esta es la historia de Mónica: una muy buena amiga, estudiante de psicología, amante del rock nacional y entusiasta bebedora de cerveza. A los pocos días de empezar en mi nuevo trabajo, varios compañeros me aconsejaron que mantuviera mi distancia; la describieron como una mujer fría, aislada y egoísta.

Por azares de la vida, colocaron mi escritorio entre la pared de la oficina y el lugar que Mónica tenía asignado. En mi afán de evitar la soledad, empecé a hablarle. Le comentaba acerca de cualquier trivialidad, lo que había comido el día anterior, algún chiste que me había causado gracia o le platicaba acerca de lo feliz que era, o creía ser, con el que era mi novio.

Conforme nuestra amistad fue creciendo, pude entender aquello que muchos juzgaban y tachaban de mi buena amiga. Mónica es una mujer valiente con carácter de acero. No se detenía mucho a pensar en los efectos que pudiesen tener sus palabras en los demás o en las vulnerables susceptibilidades que podría llegar a afectar.

En los almuerzos de la oficina surgían, tarde o temprano, los típicos temas controversiales, esos que te dicen debes evitar tratar en la sobremesa. En fin, los temas salían a luz y empezaba así el eterno y habitual debate acerca del aborto, la religión y el feminismo.

Mónica expresaba su postura respecto a la iglesia, la política y el fútbol guatemalteco con total sinceridad y determinación. Su ideología estaba claramente definida y estaba dispuesta a debatir y escuchar argumentos que revocaran su forma de pensar. Ella era, y es, una mujer que conocía los cimientos de su forma de pensar y vivir, y era coherente con ello. Parte de esa coherencia y sinceridad era la que alteraba a quienes la rodeaban.

Así sucede con gran parte de la información que manejamos día con día. Conversaciones con amigos, compañeros de trabajo y potenciales parejas. Las charlas, en ocasiones, se transforman en una eterna letanía de palabras que sobran, ocultando así crueles verdades.

¿Crueles verdades? o ¿solo verdades? Existe cierto temor a las palabras directas. A esas palabras que vienen con fuerza a anunciar lo que pocos se atreven a pronunciar. Esos discursos críticos y retadores que desequilibran la paz del silencio. Esas voces que no se conforman con lo que se comunica en los medios, sino que cuestionan y persiguen.

Y es que estamos tan acostumbrados a las palabras diluidas. Nos acomodamos a escuchar el término “colaborador” en lugar de “asalariado”, el “yo te aviso” en lugar del “no quiero, gracias” y así, un sin fin de excusas y una larga lista de justificaciones que se utilizan solo para suavizar la verdad clara y directa.

Nos acomodados a “la casaca” y a la nula asertividad…

Nos conformamos con el silencio generalizado y aceptamos la verdad a medias

Una verdad tratada y minimizada para no sentirnos ofendidos. Claro, hablo de verdades construidas con argumentos claros y que edifican un camino sólido al avance social.

¿Nos estamos limitando? ¿Estamos evadiendo la verdad solo para evitar confrontar a los que se ofenden?

Siendo esta la era de la información, existe una gran vulnerabilidad a las verdades…

Quizás es momento de temerle más al silencio y sus consecuencias que a la verdad concentrada…

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