By Axel Ovalle
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No sé cómo se sentirán ustedes hoy, pero para mí es uno de esos días en los que me gana el abatimiento. En que mi humor está de cabeza y mis ánimos por el suelo. Son tantos los pensamientos llenos de negatividad y pesimismo que emergen de mí, que ya me veo cubierto hasta los tobillos por un aura negra como el hollín (mis compañeros de trabajo pueden dar testimonio de ello); sin embargo, mi intención no es embarrarlos con miseria sino que sanemos juntos este ahogo. O en sintonía con mi egoísmo, que yo sane.

Hace unos días leí un artículo en VICE acerca del uso de drogas como escape a la depresión y lograr así un estado de tranquilidad emocional. La escritora relata su experiencia sanadora después de probar hongos alucinógenos y cómo estos la transportaron de la tierra al cielo y la volvieron una con la naturaleza. Narraba cómo se encontró a sí misma,  se empezó a valorar, a amar y a disfrutar. La forma en que describió su experiencia hizo que mi corazón tremolara y que mi ansiedad incrementara.

¿Serán las drogas un buen escape contra la depresión?

En realidad, está en lo correcto. No estoy diciendo que me encuentre de acuerdo con todo lo que dice el artículo, soy de la opinión que todos pueden tener sus propios métodos para sobrellevar la situación. En mi caso, no podría utilizar sustancias químicas o medicamentos como una alternativa, ya que me imagino ingiriendo/consumiendo/aplicándome todo tipo de drogas y  pasar la mayor parte del tiempo sedado/inconsciente/sonámbulo con tal de no enfrentarme de cara con mis pesares. Así que el camino para mí no va por allí.

Sin embargo, he encontrado una droga, una natural, no es química y no puedo decir si la misma tiene efectos secundarios a largo plazo, pero me hace sentir vivo. Con esta droga se disipan mis miedos y pesares, mis inseguridades y mi dolor. Es una droga que siempre había estado frente a mí, esperándome. Y, a pesar que muchas personas me riñen porque paso mi tiempo sumido entre tantas hojas y letras, no encuentro mejor placer con otra droga que esta. Hablo de los libros y del placer por la lectura. ¡Por Dios, qué buena droga! Las novelas y sus frases maravillosamente diabólicas que atrapan y no lo dejan a uno tranquilo.

A decir verdad, visitar las bibliotecas se convirtió en mi deleite, de forma absoluta.

No soy un joven que se la pase parrandeando y robando corazones el fin de semana, más bien soy alguien reservado. Prefiero utilizar y atiborrar mi tiempo hurgando entre los libros, descubriendo historias, enamorándome de las frases. Y aunque no he desarrollado una vida muy social, sí he tenido amigos, han sido muy pocos y la mayoría son de papel y tinta. Donde mis compañeros suelen ver nubes de tinta en páginas incomprensibles, yo veo luz, calles y gentes. Las palabras y el misterio de su ciencia oculta me fascinan y me han parecido por siempre una llave con la que puedo abrir un mundo infinito y a salvo.

Mi lugar favorito en toda la ciudad es una biblioteca -un maravilloso lugar que huele a papel viejo y a polvo, mi santuario y refugio-. Cuando es hora de irme de una, lo hago arrastrando los pies y el alma porque si de mí dependiese, me quedaría a vivir en ella. Por eso digo que la mejor droga que he probado ha sido la lectura. Sin ella no tendría razón mi existencia y es probable que mi vida ya se hubiese consumido, como la llama de un cerillo, a causa de la depresión.

La escritora del artículo eligió los hongos, yo opté por la lectura. ¿Y vos? ¿Eligirías una droga para hacerle frente a la depresión?

About the Author

Querido alguien: No sé cómo te llamas ni dónde paseas tus tristeza, pero sé que algún día me encontrarás.

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rafael Landívar. Escritor Incauto, poeta, prisionero y fiel.

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