By Martín Berganza
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Las noticias del día, suelen recordarnos que vivimos en un país del tercer mundo proclive a ser escenario de los performances políticos más grotescos y surrealistas que pueden ingeniarse. Desde una fallida expulsión del Comisionado Iván Velázquez, por vía de un documento que parecía haber sido redactado en una servilleta de papel y después de varios vasos de ron Zacapa Centenario; a los viajes que ha hecho la Canciller Sandra Jovel y algunas delegaciones del sector privado, a la Organización de las Naciones Unidas, para abogar por el mismo fin.

Se ve que no hay ni la menor intención de mantener una fachada de sobriedad y seriedad a este gobierno de cleptócratas corrientes.

Por si las acciones concretas que el gobierno y sus aliados han tomado para protegerse de cualquier acción que combata la corrupción que representan no fueran suficientemente ridículas, éstas son blindadas bajo un discurso nacionalista fúrico, hepático, que es insultante a la inteligencia del ciudadano que tienen dos dedos de frente. Por ejemplo, el viernes pasado, se realizó un acto en la Municipalidad de Guatemala para rendir homenaje a los cadetes de la Escuela Politécnica que, el 14 de septiembre del año pasado, impidieron que el pabellón nacional fuera bajado por los manifestantes frente a la plaza. Por si el acto en sí no fuese lo suficientemente cuestionable (utilizando fondos municipales para rendir pleitesía al Ejército), el discurso en sí tuvo destellos alarmantes.

Aparentemente, el acto de bajar al pabellón nacional a la fuerza es considerado por el alcalde, Álvaro Arzú, como un insulto al país y no como un acto de protesta.

Quizás el alcalde tenga más gusto por actos vacíos y carentes de contenido, como son los actos solemnes de un gobierno que no tiene el menor interés por gobernar. Más preocupante aún es la gimnasia mental que hace el alcalde para vincular este tipo de actos con odio a la patria y con el gastadísimo discurso de financiamiento extranjero de ONGs para subvertir las bases de la gloriosa nación guatemalteca (aquella que tiene el IDH más bajo de la región después de Haití y Honduras). Pareciera que todo aquello que critique al establishment guatemalteco, aún si su fin es despertar la reflexión entre nuestros compatriotas, equivale a una traición al Estado o a un menoscabo al país. Entonces, toca preguntarse, ¿qué país tenemos?

Las palabras del alcalde son bastante fuertes: “lo que no se puede entender, lo que resulta completamente impensable y sobre todo inadmisible es que no se trata de un grupo de extranjeros que odian a Guatemala, sino de un grupo o más bien, una red de guatemaltecos que por alguna razón retorcida y perversa odian a su propia patria”.

¡Oh, vaya! Los que queremos un país mejor, sin corrupción y con mejores condiciones de vida; que estamos dispuestos a apoyar los pasos necesarios para lograrla, de repente somos nosotros quienes odiamos la patria.

¡Qué cosas, viniendo del principal apoyo político de un presidente que recibió sobresueldos del Ministerio de Defensa y hace cada payasada para sostenerse al poder!

Como toda persona acostumbrada a mandar, al señor alcalde no le gusta que su discurso, endeble, ahumado y vetusto, sea penetrado por la crítica observadora. Tampoco gusta de que sea sometido a la lógica y sentido común. Ahora, en pos de sostener al gobierno, envuelve al discurso en pro de este con las mismas falacias burdas de quienes no quieren que el país cambie para bien. Pero bueno, será cuestión de tiempo para que los ciudadanos de a pie se den cuenta de que quizás, quizás ese discurso patriotero no esté en su mejor interés y oculte intenciones perversas, intereses retorcidos que van en contra del bienestar nacional. Y somos los que amamos a la patria quienes nos atrevemos a ponerle un alto y decir que no.

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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