By Rincón Literario
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Juanfer Pellecer/

Atravesó el cuarto intentando, con sus últimos esfuerzos, poder ver.

Cuando él nació, nació vestido y con los ojos bien, pero bien abiertos, para absorber al mundo enterito. Sus padres escogieron un nombre sonoro: i, ese, ese, a, a, ce; aunque más tarde, ellos mismos admitirían que él escogió su nombre.

—Vuelvo al rato —dijo su mujer, con la manzana aún en su boca roja— prometo que no tardaré. Alístate, que traeré a mis papás, y no querrás que tus suegros vean este desastre navideño cuando vengan.

Sin dejarlo hablar más, le dio un beso en la mejilla y atravesó la puerta. Él, siendo el hombre matemático que era, lo preparó todo: los cuatro platos, los cuatro vasos, los dieciséis cubiertos, pulidos cada uno exactamente siete segundos y en sentido de las agujas del reloj (de otra manera no quedarían bien).

Faltaba algo: la comida.

Revisó cada plato, todo estaba en orden, justo como le gustaba. Por último, sacó ese bendito cordero del horno y lo colocó firmemente en la mesa blanca, junto al cuchillo de cocina.

Se volteó para traer más servilletas (nunca le eran suficientes), cuando sintió algo. Era la sal. Sentía que le brotaba del estómago, como queriéndole consumir desde su interior.

—Isaac, desvístete.

Volteó a ver. Sentía la sal, le brotaba desde el estómago: era el cordero.

—Isaac, desvístete —le dijo, con una mirada ciega—. Isaac, toma mi costilla y cómela. Te aliviará la sal. Isaac: desvístete, que así viniste al mundo.

Se quedó inmóvil, observante, curioso, en silencio. La sal en su estómago empeoraba. Pero había algo sonoro en la voz del cordero, su cuerpo quería obedecerle, pero él, siendo el hombre matemático que era, sabía que había nacido vestido.

—¡Cállate, maldito animal, tú no sabes nada de mí! —la sal empeoraba, se le subía a los pulmones—. ¡No sabes que yo vine a este mundo vestido!

—Isaac, toma mi costilla y cómela. Te aliviará la sal. Isaac: desvístete, que así viniste al mundo.

La sal le llegaba hasta los ojos. Atravesó el cuarto intentando, con sus últimos esfuerzos, poder ver. Tomó el cuchillo de la mesa blanca y, con sus ojos ya casi nocturnos, apuntó a la costilla.

Su mujer fue la primera en entrar a la casa. Su grito lo escucharon los cuatro platos, los cuatro vasos, los dieciséis cubiertos, pulidos cada uno exactamente siete segundos y en sentido de las agujas del reloj (de otra manera no quedarían bien); y un cordero horneado, con una manzana roja en la boca.

Pero su grito no lo escuchó el hombre que, echado en el piso, desnudo, con los ojos cerrados, tenía unas letras talladas en su cuerpo. Decían “Isaac”, y estaban talladas en un lugar recóndito en su cuerpo: en su costilla derecha.

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