By Claudia Aj Hernández
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Últimamente, he tenido una fascinación increíble con el ciclo de la vida humana y creo que merece la pena reflexionar, cada uno desde su postura, sobre lo que estamos haciendo o no con ella. A pesar de mi corta edad, cumplir años me aturde significativamente, quizá porque siento que el tiempo pasa demasiado rápido y me consume el miedo de no lograr todo lo que deseo en la vida.

Ella, con 98 años de experiencia en la tierra, convierte ofensiva mi preocupación por la edad y los miedos parecieran reírse de mi dramatismo.

Desde muy joven, tuvo que adentrarse en los cafetales y cultivar la tierra. Como es costumbre en el área rural de nuestro país, aprendió el oficio y a valorar el sacrificio. Crió 7 hijos y conoció el dolor de perder a uno. Fue madre de tiempo completo, esposa, ama de casa y lo que la vida le pidiera. Después de tantos años, puedo percibir el amor y la entrega con la que sacó adelante a su familia. Poco a poco se fueron de casa, de 7 quedaron 4, luego 2, luego ninguno. Tiene nietos, bisnietos y hasta tataranietos. Tantos que hasta sacando la cuenta en papel la lista es interminable. Tantos pero solo unos cuantos se acuerdan de ella. Sola no estuvo nunca, su esposo la acompañó hasta donde pudo.

Enfermó, comenzó a olvidar cosas, a desconocer rostros, comenzó a envejecer. Después de haber dado de comer a sus hijos en la boca, ahora son ellos quienes deben acercar la cuchara de sopa a la de ella. Después de haber enseñado a sus hijos a ir al baño, son ellos los que deben sostenerle el brazo para que pueda sentarse al inodoro. Después de haber enseñado a sus hijos que el monstruo del closet no existía, son ellos quienes deben dejar la luz encendida por las noches. Después de haber criado niños, se ha convertido en uno.

A pesar de su avanzada senectud, tiene cortos momentos de lucidez. Retoma charlas de hace 20 años como si no hubiera pasado el tiempo; cuenta historias, suelta carcajadas más fuertes que las mías. Su alegría es tal, que llora de tristeza y felicidad al mismo tiempo. Por momentos, recuerda a los que la vida le ha arrebatado y es cuando, asumo yo, ha de agradecer que el Alzheimer le borre el dolor que ha acarreado por 98 años. La verdad es que no recuerda su edad. Se enoja fácilmente, le frustra que todos estemos un paso atrás porque ella se las puede todas, sin ayuda.

La mayor parte del tiempo, no sabe quiénes estamos a su alrededor, pero yo sé que nos quiere. El amor le brota por los poros y los ojos, es lo único que el tiempo y la enfermedad no han sabido borrar.

El ciclo de la vida es un constante Déjà vu. Al final de esta, se invierten los papeles. El niño interior que vivió con nosotros, se exterioriza y se adueña de nuestra vida, nos volvemos dependientes, indefensos, necesitados de tiempo y afecto. Regularmente, es hasta cuando nos hacemos mayores que nos damos cuenta del verdadero significado de la vida. Nunca es tarde para replantearnos situaciones, para volver a intentar por décima vez algo que deseamos, para discernir entre lo que vale la pena nuestro tiempo y lo que no.

Aprendí a reconocer que el miedo que me consume, no es por no poder lograr todo lo que quiero en la vida, sino lo que me da miedo es no poder recordarlo.

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Me gusta escribir líneas de experiencias propias y ajenas, de historias vividas y soñadas, transmitir sentimientos y dejar el alma al descubierto.

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