By Martín Berganza
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Soy una persona privilegiada. Tengo la fortuna de vivir en una colonia agradable al oeste de la Ciudad de Guatemala, en una casa de concreto provista con servicios de agua, electricidad, teléfono, recolección de basura, internet y demás comodidades que, en otras partes del mundo, se consideran básicas. Tengo la oportunidad de movilizarme en vehículo particular, y cuando lo hago, generalmente lo hago hacia el este de la ciudad, cerca de donde transcurre mi vida académica, (semi) profesional y social.

Los días que regreso temprano a mi casa, puedo apreciar una vista magnífica de los volcanes de Pacaya, Agua, Fuego y Acatenango, que se erigen imponentes hacia el atardecer. Algunos días hasta tengo la suerte de ver alguna que otra fumarola que sale del Pacaya, o del volcán de Fuego, y mi niño interior que gustaba de las clases de geología, se emociona.

En mi comodidad, a veces se me olvida que los volcanes no son un mero adorno geográfico, uno que fácilmente induce a a algunas personas a escribir elogios sobre Guatemala en sus estados de Facebook.

No, los volcanes son son los accidentes geográficos alrededor de los cuales se construye la vida de millones de personas. El domingo 3 de junio a mediodía, el volcán de Fuego recordó a muchos capitalinos como yo, y a otros miles de guatemaltecos, que éstos, más que un bonito elemento del paisaje, son indicadores de que vivimos en una tierra cambiante, tectónicamente activa, que condicionan nuestra forma de vida: nos adaptamos a ellos, no ellos a nosotros.

Las cifras son terribles: el estallido del volcán de Fuego ha dejado un saldo de 70 muertos, 46 heridos y 3,271 evacuados. Según datos de la Coordinación Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), actualizados hasta las 6:30 horas del 5 de junio. Las víctimas provienen principalmente del municipio de Alotenango en Sacatepéquez, la aldea El Rodeo y San Miguel los Lotes en Escuintla. En esta erupción en particular, una mezcla letal de piedras, ceniza y lava, conocida como flujo piroclástico, descendió del volcán a velocidades letales, impidiendo que los residentes de las comunidades afectadas pudiesen escapar, soterrando sus viviendas y a ellos, sofocándolos, quemando sus pulmones y extinguiendo sus vidas.

El Rodeo ha tenido una suerte similar a la de Pompeya, soterrada bajo un flujo del mismo tipo que descendió del Vesubio, en el año 79 de nuestra era.

Mis redes sociales se han inundado de las muestras de ayuda y los datos de centros de acopio que tanta falta hacen en tragedias como estas. También se han llenado de las sempiternas diatribas entre quienes “hacen” y “no hacen” por Guatemala. Entre aquellos que elogian a las instituciones públicas que ayudan, y quienes critican el (siempre) tardío actuar del gobierno. Entre esto y lo otro, el tiempo se pierde, y la atención y ayuda inmediata que la gente necesita para asegurar sus medios de vida antes de reconstruir, se pierde entre discusiones estériles. Sí, la gente ha sido olvidada por los gobiernos de turno. Sí, la corrupción estructural es mortífera y evita que existan estrategias de prevención bien pensadas y financiadas para evitar estas tragedias. Pero recordar inoportunamente esto, publicarlo en redes sociales para la validación de los amigos y la tribu que piensa igual que uno, no pone alimentos en la boca y ropa en la piel quemada de los afectados que lo necesitan. La reflexión y crítica nos viene bien como sociedad para evitar estas tragedias, pero hay días como el domingo en donde se necesita sudar la camisola y demostrar que el patriotismo no se queda solo en tributar. Vale más hablar menos y hacer más.

Y bueno, cuando ya se haya estabilizado la situación y los afectados hayan salido del peligro inmediato, hay que ponernos a discutir y preguntarnos temas incómodos. Por ejemplo, preguntarnos cómo, si el presidente se anunció como “ni corrupto, ni ladrón”, no existen fondos, como él mismo lo afirmó, para emergencias. Si no hay fondos, ¿por qué, a la bancada mayoritaria (FCN-Nación), no se le ocurrió incluir éstos en el presupuesto para este año? Si ellos no lo hicieron de su iniciativa, ¿por qué esto no estaba entre las preocupaciones de los afiliados al partido? ¿Por qué sucede esto cada vez que hay emergencias? ¿Por qué, sabiendo nuestra ubicación tan privilegiada, pero precaria, entre tres placas tectónicas y dos océanos, no hemos sido más diligentes en construir un servicio de emergencia de primer orden para desastres naturales? ¿O será que los guatemaltecos somos como Sísifo, destinados a hacer esfuerzos sobrehumanos cada vez que hay una tragedia o desastre natural, colocar el asunto en la agenda pública, olvidarnos al mes, esperar que los afectados se recuperen solos y ver que se esfumen los resultados del esfuerzo puesto con la siguiente tragedia? ¿Realmente es este nuestro destino?

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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