By Luis Ernesto Morales
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Camino al Atlántico, al Pacífico, al Oriente, al Occidente, a tierras altas o bajas, Guatemala no escasea en destinos tanto para extranjeros como nacionales. Opciones tan variadas para elegir pero que en el fondo denotan similitudes muy estrechas entre sí. El destino vale la pena, sin embargo , el viaje hace que muchos dudemos en conocer más de lo que se esconde en nuestro país.

Viajar en las carreteras del país pone en juego la fuerza de nuestro estómago. Resistiendo lo que hayamos comido antes. ¿Quién necesita montañas rusas con las curvas entre barrancos y cuestas empinadas que cruzan nuestro país? Rebasar tráilers y evitar baches vuelve una carretera, en toda una atracción llena de adrenalina digna de cualquier parque de diversiones. Los proyectos de carreteras a medias que llevan a que muchos recorridos se detengan y los desfiles de vendedores aparezcan entre los carros.

Al menos, la creatividad de sacarle provecho a las situaciones es algo inalterable a lo largo del territorio

La carretera se vuelve pueblo o el pueblo se vuelve carretera, es difícil saber qué fue primero si el huevo o la gallina. Al no tener ningún tipo de señal que describa en qué lugar se está. Repentinamente, aparecen enjambres de motos, esporádicos animales domésticos que retan su mortalidad al correr entre los vehículos, tuk tuks que manejan bajo leyes propias los interminables túmulos y el plástico que inicia a formar parte con la vegetación.

Pueblos que debaten su identidad entre marcas de cerveza, de gaseosa y entre una telefonía u otra. Paredes, piedras, árboles, postes decorados de candidatos presidenciales de hace 3 elecciones pasadas. Bebés criados con el humo de camionetas, niños que saludan desde el costado de la carretera, jóvenes que venden fruta a los traileros, adultos sentados en sillas de plástico o en hamacas apasionados por el segundo deporte nacional tras el futbol. El deporte de ver carros pasar. Un cuadro de costumbres visto sobre ruedas.

Jehová, Eben Ezer, La Bendición, Jezibel, Jireh, La Fe; no sé en dónde empieza un pueblo y donde termina el Evangelio.

Por suerte aparecen Yoselin, Kevin, La Surtidora y la Barata para recordarme la diferencia entre abarrotería y un nombre bíblico. Una Asamblea de Dios, una iglesia católica, otra Asamblea de Dios, un taller, un comedor, un Príncipe de Paz, un Río de Agua Viva, un Eben-Ezer, tiempo ¿Esta es iglesia o tienda, o las dos? Es interesante que en el horizonte no han aparecido escuelas, ni sanatorios, ni hospitales. 

Al parecer en el interior del país solo se padece del espíritu.

Suena insensible, suena cruel, pero se ve peor. Es lo que se descubre a simple vista, en una posición cómoda y de narrador observador no omnisciente. Desde una ventana se ve el qué, mas no el porqué. Se ve lo pintoresco entrelazado con lo grotesco, se ve mucho observando tan poco. Es lo que es, no lo que se cree ni lo que se quisiera. Es la Guatemala que parece estancada en el tiempo. Una Guatemala de mil caras tan parecidas; tan moderna y tan de antaño. La Guatemala que se ve estando en camino.

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