By Antonio Flores
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Haga lo que haga, pareciera que el guatemalteco busca siempre estar a la vanguardia de las extrañas formas de comportamiento e interpretación de lo cotidiano. Entre nosotros, existe un anhelo fuerte y desbordado por ser aceptado, sentirse parte y estar en paz a través del reconocimiento por las cosas que se hacen, ideas que se expresen o las cosas que se tienen, ya que estas cosas (de alguna forma) nos darán el sentimiento de pertenencia y aceptación que anhelamos. Sin embargo, cuando se alcanzan tales anhelos, toma parte del imaginario la necesidad de sobresalir entre los demás, despuntar entre todos aquellos aceptados y queridos por lo mismo. De allí que todo lo que hacemos, forzosamente se vea compartido en las redes sociales, para el deleite de todos y tener la certeza de que nadie más hace las cosas como nosotros lo hacemos y que por ende somos mejores, de una clase distinta, que somos parte de un grupo de élite y no se puede comparar nuestro actuar con el de los demás.

 

Pero esa necesidad de ser reconocido como lo “mejor de lo mejor” es tan recurrente y obsesiva,  que para una sociedad mentalmente enferma como la guatemalteca, este comportamiento es propio de una disociación de la realidad, del deseo subconsciente por estar encima de todos. ¿Cómo lo manifestamos? Simple, no a través de lo que somos, porque esa construcción de imaginarios e identidad en los guatemaltecos es casi nula, sino de lo que tenemos y los recursos a nuestra disposición para lograr cualquier cosa. Y por ello buscamos una determinada marca de carro, cierto género de música, donde compramos, a que cine asistimos, el precio de la blusa que vistes, la universidad/carrera donde estudias, lo estrafalario de tu apellido, los megapíxeles de tu cámara, los contactos de tus padres, la marca de tu teléfono, el tamaño/color de la cruz en tu pecho, cuanto gastas en alcohol cada fin de semana, donde comes, el título universitario, la iglesia a la que asistes, tu destino de vacaciones, las procesiones que cargas, las notas de exámenes o el promedio.

Una lista interminable de posesiones que distorsionan el valor de las personas.

Todo ese comportamiento, tan vacío, apático, patológico y dañino conduce a una disociación de la realidad tan grande, que los estados mentales empiezan a cambiar, perdiendo todo estado de lucidez y contacto con la realidad. Los ideales, sueños y anhelos se transforman en delirios, esas ideas que se hacen propias y se sostienen a pesar de no tener fundamentos lógicos. No importa lo irreal y absurda que parezca la idea, siempre habrá quienes mantienen su postura elitista, a pesar también de la experiencia o las pruebas lógicas que indican su desajuste con la realidad.

Pero lo más preocupante de estos delirios, es lo inadecuados que resultan para una sociedad tan lastimada y desigual.  Las oportunidades dispares, caprichosas y volubles que genera para cada uno de nosotros, sientan la pauta para el desarrollo de diferentes mecanismos de defensa e imaginarios que pueden protegernos del caos y el odio. Dan como resultado esa incapacidad para entender que el extraño y convulso contexto en el que vivimos es lo que forja las condiciones de odio, miedo, clasismo, irrespeto, relativismo, infidelidad y fanatismo que perpetuamos, a pesar del daño que nos hacen.

Este delirio, que genera actitudes con las que se mira con desprecio sobre el hombro a todos aquellos que no se encuentran en igualdad de condiciones, engloba el dolor y vacío al que nos enfrentamos en el cotidiano vivir, tan lleno de fracasos, miedos, incertidumbre y retos que nos interpelan. Por lo tanto, este moldea también las conductas personales y colectivas, marca una brecha entre la religiosidad, la fe y la espiritualidad. Crea entre nosotros preceptos sobre justicia, equidad, amor y miedo, rige las normas sociales de conducta, determina la importancia de la educación y hasta delimita las condiciones de nuestro sistema de salud.

No hay nada bonito, especial o grandioso en considerarte parte de un grupo minoritario y selecto de personas, que sobresale de los demás por sus posesiones, religión o privilegios; menos en una sociedad como la nuestra que necesita más trabajo en equipo, respeto a la diversidad, amor y entrega a los necesitados.

“Lo único que veo es a alguien que intenta compensar una vida personal de mierda intentando trepar en la sociedad.” – Rosie Dunne

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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