By Luis Ernesto Morales
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Ciudad de Guatemala, 4:00 pm en un día normal entre semana. Me encuentro sentado en mi carro en medio de una cola que se expande por el horizonte en dirección a mi casa. El clima golpea a estas horas y el calor de los motores hace que la pesadez en el aire solamente empeore. El típico clima que hace más agobiante la pérdida innecesaria de tiempo, el que hace el agua del parabrisas hervir y la sangre en el tráfico, también. Me encuentro detenido por completo, por lo que empiezo a ver a mis vecinos que comparten la misma dicha de la espera en cola.

A mi derecha veo una camioneta negra blindada y lo primero que me viene a la mente es quién irá allí y cuántos guaruras habrán adentro de esa camioneta que solo de estar esperando a la par mía, ya habrá gastado un galón de gasolina. Adelante, va un pick-up blanco medio destartalado y con varios abollones en todos lados. Veo que dice se hacen fletes y pienso si pagaría por que lleve mis muebles alguien que se nota que no controla mucho el estar frente al volante. Más adelante, tengo un carro con un estilo popular que no destacaría si no fuera por la música a máximo volumen que resuena en toda la cuadra.

Para distraerme pongo la radio. Aparte de oír la misma música que se oye en todas las estaciones, los éxitos ochenteros de siempre. Escucho que hay un partido de la liga nacional, me costó distinguir quién jugaba entre tanta publicidad pero cuando al fin relatan el partido, suena a que se juega el partido del siglo en algún lugar del país. De repente la cola avanza y pierdo la atención de quién atacaba o defendía algo que entre tanto anuncio, tampoco es muy claro.

Veo que una camioneta se empieza a meter a la fuerza en el carril de la izquierda hasta el de la derecha, para poder recoger más personas en un lugar que, por supuesto, no es parada de camioneta. Se oyen las bocinas y pienso en cuántas maldiciones le caen al brocha y al chofer que entre tantas penas que viven, es lo que menos les importa. Entre tanto, la camioneta blindada ve el espacio libre que dejó la camioneta colectiva y se tira encima para poder adelantar en la cola; pasa tan cerca incluso al punto de casi atropellar a una de las personas que trataban de tomar la camioneta. El salvajismo no distingue modelos de carro pero ambos lograron lo que querían, recoger pasajeros y adelantarse en la cola.

Ya son las 5:15 y estoy cerca de llegar a mi casa. La cola sigue y se sigue viendo un océano de carros alrededor.

Los motoristas pasan creyéndose inmortales entre los carros, no sin crear paranoia a quienes ya se encuentran listos para entregar su celular si les tocan la ventana. Al parecer, la odisea se acaba a pocos metros adelante; pero eso quiere decir que se viene el momento más lento de la cola, el momento en que todos “pescuesean” para ver qué pasó, cuál fue el accidente, quién está bloqueando ahora o qué idea tuvo la Muni esta vez. Llega mi turno de pasar y encuentro lo que muchísimas veces más he visto, nada. Una cola ocasionada simplemente por ser mucha gente manejando como se le diera la gana.

Esta cola, es la situación diaria de Guatemala. Un lugar que personas de diferentes clases, profesiones y orígenes comparten como quienes compartimos el tiempo en la cola. Todos estamos estancados en la misma situación por no poder llegar a coordinarnos entre nosotros mismos, por ocuparnos solamente en nuestro propio interés de pasar encima de otros y llegar antes que todos de la forma que sea. No siempre la culpa es de las autoridades, muchas veces somos nosotros mismos quienes causamos nuestro propio retraso.

Si no vemos por los demás seguiremos estancados y así los días seguirán pasando y la cola solamente irá creciendo.

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