By María Fernanda Sandoval
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María Fernanda Sandoval/Opinión/

Primer crash:

Presentación del talk show “Cuando sea grande” en el año 2000.  Una niña que esperanzada le comenta a su madre que de grande quiere ser abogada; una mamá que orgullosa la disfraza de profesional. Al día de hoy la casi abogada recuerda que ese día llegó muy linda vestida de saco y corbata y con veinte años se pregunta por qué no podía ser una abogada de falda; porque para ser profesional del derecho, antes debía ser hombre.

Segundo crash:

Un par de buenos amigos, ambos con reciente mala suerte en las relaciones amorosas.  Ella “que es decente”  le propone a él un par de abrazos, besos y tragos para olvidar, él que es consciente, moderno y tolerante, acepta gustoso. Después de todo “ahora todas son feministas y ya que se andan con estas teorías, disfrutan y son abiertas con su sexualidad”. –No todas las feministas –interrumpe ella- “ser feminista no es sinónimo de ser perra.” Pero vos no estás siendo perra -la corrige él- además “a mí no me molesta que me uses para divertirte, a los hombres de verdad nos gusta.”  Continúa la velada desmintiendo prejuicios con otros, que como sus titulares son modernos, distan de la realidad.

Tercer crash:

Un muchacho que ejemplifica: “yo no saludo a mi papá de beso, eso es de maricas”. Sin embargo, recuerda con tristeza que de niño su papá le regañó por besar la pierna de su hermano que se había hecho un raspón “yo quería curarlo como hacía mi mamá”. Hoy entiende que su papá fue severo al cohibir a un niño de seis años de dar cariño.

Cuarto crash:  

Una persona que aprenda a sabiendas lo que es un miedo sin sentido, no puede responderle a su compañero que se tardó en llegar a la cita porque tuvo que pasar previo a una tienda -¿comprando qué?- “algo que necesitaba”. Como si fuera una vergüenza la menstruación y por consiguiente una ofensa las toallas sanitarias. Cuando lo más común del mundo es decir “pasé por una aspirina, me dolía la cabeza” o “compré papel higiénico, en el baño no hay”.

Situaciones que contraponen lo que somos y pensamos.  Bien sabidos de la desigualdad de género y los estereotipos castrantes, todos los días nos desarrollamos en un contexto engañoso. La conservadora Guatemala que nos acoge, nos obliga a ser la generación de quiebre y rompimiento. Queremos adecuarnos al contexto a través de la no repetición de errores que cometieron nuestros padres. Sin embargo, debemos crear los puentes que conecten una historia con otra.

Los millennials que no perdemos tiempo en los trabajos fijos, que no deseamos tener hijos, cuya única motivación es viajar (…) debemos también aprender a caminar con pasos firmes. Ser capaces de armarnos y apoyarnos en nuestra propia escala de valores, aferrarnos a ella cuando sea necesaria y defender la tolerancia e igualdad. Debemos analizar si  hemos sido criados en ambientes diferenciales y preguntarnos constantemente si actuamos en base a formas de comportamiento “femeninas” o “masculinas”, sin que esto se vuelva una moda o una etapa, sin que la bandera del feminismo o la igualdad de género  sea  tan pasajera como la depresión emo, el ateísmo no pensado o el vegetarianismo sin pasión.

La propuesta es que con pequeñas acciones los puentes queden construidos, se erradiquen entre nosotros las diferenciaciones hombre/mujer y así con el tiempo el “esto es de niñas” y “aquello es de niños” de las futuras generaciones. Tal vez estas pequeñas acciones sean tan simples como recordar el que te disfrazaron de hombre y no de abogada, entender el error y no repetirlo ni desde las acciones ni desde el lenguaje sexista. Enseñando que también hay maestros, secretarios, enfermeros, bomberas, médicas, juezas, aviadoras… Así mismo esforzarse por actuar en las relaciones no desde los “papeles de hombre o mujer”, ni analizando al otro desde los mismos; sino comprendiéndonos como seres humanos con errores y falencias, que buscan aceptación y apoyo en los demás.  Analizar si nuestros padres y abuelos, desde sus contextos impusieron lo que debía o no hacerse desde nuestros sexos; y entender el mundo de diferencias marcadas en el que nos desarrollamos en donde ellas y ellos no son iguales, sienten diferente, piensan diferente, anhelan diferente y por lo tanto deben tratarse distinto;  y partir de ello decidir no repetirlos más entre nosotros. En los pequeños momentos de quiebre, ante los crash de cómo acostumbramos ser y lo que pensamos es correcto, optar por la empatía e igualdad real, que permita ver al otro como yo mismo, un ser humano, más allá de hombre o mujer.

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Estudiante de Derecho. Universidad Rafael Landívar. Interesada en la poesía, el arte y la sociedad.

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