By Luis Ernesto Morales
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Un desierto de ceniza, una nueva superficie ardiente en ruinas y silencio. Las imágenes dantescas del infierno que afectó a las comunidades cercanas al Volcán de Fuego, el cual ya era un viejo conocido de Guatemala, pero que olvidamos cuidarnos de él. Una vez más, el Estado ha sido rebasado por las necesidades causadas por una situación de emergencia. Una vez más, hemos visto como los menos afortunados son los que más sufren. Una vez más, hemos visto cómo hubo personas tratando de aprovecharse de los más de 100 muertos por la erupción. Una vez más, esperamos que no vuelva a pasar.

El quetzal también puede (y debe) resurgir de las cenizas.

¿Qué más se puede decir que no se haya dicho ya sobre esta tragedia? Lo que pueda poner yo en palabras, no es nada comparado con lo que muchos han vivido. Los llantos, reclamos, preguntas, gritos y demás, ya han sido escuchados. El momento de reflexionar es el que viene. Toca darnos cuenta qué era inevitable y a qué pudimos adelantarnos. Hay veces que la catástrofe natural y la humana, van de la mano y es difícil acreditarle o no la responsabilidad a una u otra. Ahora tenemos que encontrar a las culpables de la misma forma que buscamos por supervivientes, porque el volcán no es el único que enterró a estas comunidades.

El nivel de incompetencia de nuestro gobierno llegó a nuevos niveles. Son incompetentes no solo como funcionarios, sino también como seres humanos. Sin profundizar en cuántos centavos tiene o no el gobierno para enfrentar esta catástrofe, el desconocimiento de este gobierno a cómo gobernar es cada vez mayor. Lo que este gobierno hace y deja de hacer, también representa una amenaza tan grande como una erupción, y hasta cierto punto más duradera.

Guatemala es pequeña y el cisma que nos separa en clases, no parece importarle a la naturaleza. Tanto un resort, como cientos de casas con techo de lámina y suelo de tierra fueron arrasadas por el Volcán de Fuego. El ser humano desafía la naturaleza sin importar su nivel social. Los ricos pierden inversiones, los pobres lo pierden todo. Somos un país en el que todos estamos pegados hombro a hombro con el resto pero en el que unos codean y no dejan que el resto se abrace.

Mientras el mundo entero miraba asombrado el poder que el volcán escondía bajo su cráter, la ayuda internacional y el apoyo se alistó por tierra, mar y aire a atender a los afectados. Médicos, sacerdotes y voluntarios vieron cómo un país en necesidad les cerraba las puertas bajo excusas de procesos burocráticos.

Este gobierno nos está transformando en un Estado ermitaño, el cual parece solo permitir bajo el estándar de calidad de la estrella de David.

Aunque ante la tragedia nos solidarizamos y actuamos sin quedarnos en cadenas de oración y “thoughts and prayers”, debemos comprender que la solidaridad no es algo exclusivo para tiempos de crisis. La solidaridad debe estar 365 días del año para que no hayan guatemaltecos viviendo en zonas marginales, en zonas de peligro, aislados y sobreviviendo al día a día. Incluso la ayuda que la mayoría de guatemaltecos ha dado desinteresadamente, está empezando a desaparecer y ser entregada por el “buen gobierno” que tenemos.

La esperanza no se pierde, en los peores momentos el ciudadano común ha mostrado su mejor cara. Ver a un niño que vende dulces en la calle dar todo lo que había ganado en un día para donar a los damnificados, es solo un ejemplo de los muchos sacrificios que los guatemaltecos han hecho por ayudar a sus hermanos. El patriotismo que tanto nos falta, es el que aparece en momentos como estos; se refuerza y obtiene su propia identidad.

No es hora de victimizarse, sino de tomar orgullo en la solidaridad y en la supervivencia que hemos tenido que demostrar en estos días oscuros. Convencernos que vamos a salir adelante y que lograremos que esto no vuelva a pasar como primer paso. Así como la vegetación renacerá gracias al material volcánico, así el quetzal resurgirá de sus cenizas.

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