By Antonio Flores
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No lo hablamos, no lo discutimos, tampoco nos duele o indigna; la muerte es parte de la cotidianidad de nosotros los guatemaltecos, sobre todo los citadinos. A lo mejor, es nuestro mecanismo de defensa con tanto dolor y duelo alrededor. Ignorarlo, pareciera ser el camino más fácil para no caer en la desesperación. En este momento puedo pensar en muchas formas de ver la muerte y hay una que en particular me gustó mucho y quiero compartírselas:

  • ¿Sabés que los antiguos egipcios tenían una bonita concepción de la muerte? Cuando sus almas llegaban a la puerta del cielo, los dioses les hacían dos preguntas y de sus respuestas dependía que pudieran entrar o no al cielo.
  • Estoy intrigado ¿Cuáles eran?
  • ¿Has encontrado la felicidad en tu vida?
  • Yo… sí, respondo a la pregunta de si he encontrado felicidad en mi vida… Sí.
  • ¿En tu vida has proporcionado felicidad a otros?
  • ¡Oh menuda pregunta! No lo sé. No pienso como la gente… Pregúntale a ellos,
  • Te estoy preguntando a ti.

Es un diálogo entre Edward Cole y Carter Chambers; y creo que, si tratáramos de identificarnos con alguno de ellos, seríamos igual de arrogantes y esquivos como Edward al ser cuestionado sobre algo tan personal como la muerte y la felicidad. Porque todos en nuestro rutinario caminar, ser felices y contemplar el final de nuestra existencia, son dos cosas que escogemos pasar por alto a cambio de una rutina estable, un sueldo fijo y pocas preocupaciones. The Bucket list, fue una oportunidad para que las personas se cuestionaran, o nos cuestionáramos, la trivialidad de nuestros problemas y lo preocupante rutinarias que se han vuelto nuestras vidas.

Ahondando una temática más oscura (y rozando muchos tabúes) pero igual de cuestionable, se nos presenta la serie 13 Reasons Why; la cual, con una brillante fotografía y narrativa que atrapa, ha tocado las puertas de un tema que casi nadie quiere discutir.  Puede que estemos acostumbrados a la muerte en este país, pero aún hay una muerte que despierta en nosotros sentimientos de pena, asco, miedo, disgusto y hasta molestia: las muertes de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y ancianos que han optado por acabar con su vida.

Pueden pensar lo que quieran del suicidio y de los suicidas, pero ambos son realidades tangibles y muy presentes en los últimos años.

Así que viéndolo fríamente, lo que logra Netflix con la adaptación de este libro es mostrarnos realidades duras y maquiavélicas; por no decir un acercamiento extremadamente gráfico a una escena de suicidio. En la vida real las cosas son aún más escalofriantes. No quiero darles razones románticas, apologéticas, religiosas o despectivas sobre una serie que mueve los sentimientos y el inconsciente de las personas con 13 cintas; simplemente me gustaría que habláramos del tema y que dejemos de pretender, de engañarnos y pensar que esas cosas no suceden en nuestro país o que no podrían sucederle alguien cercano a nosotros.

Si vamos hablar del suicidio, hablémoslo como es: un acto por el que un sujeto se quita la vida de modo voluntario o intencionado; generalmente, su etiología se describe por el curso de una enfermedad mental o una forma de huida neurótica a una situación.

Claro, en la frialdad que abarca un concepto de mis libros, no podemos hablar de todo lo que se encuentra detrás de las decisiones que toman las personas aún si conociéramos los motivos, de las personas que los dejan, no hay una explicación única de porque se comente un suicidio. Muchos son cometidos impulsivamente y otros son el resultado de un trastorno mental; para llevarlos a esto, deberán interactuar muchos factores sociales, psicológicos, culturales y religiosos, pero entre todos, hay uno que resulta muy alarmante: la estigmatización de las enfermedades mentales y del suicidio son la principal limitante para que una persona pida ayuda. Administrativamente, los gobiernos y en especial el nuestro, destinan fondos escasos para la salud mental y el suicidio en cuestión, tiene escasa prioridad para las personas que toman esa decisión.

Al estigmatizar a las personas y sus problemas, no permitimos que busquen ayuda y esto es alarmante porque por cada suicidio cometido, hay muchos más intentos. Anualmente, perdemos 800,000 personas que optan por acabar con su vida; el 74% de estas muertes, tienen lugar en países del segundo o tercer mundo; los jóvenes de entre 15 y 29 años, son la población en riesgo y en cuestiones de género, la probabilidad aumenta más si se es hombre. Aunque nos guste ignorarlo —Sí, nos gusta pretender que esto no pasa en Guatemala—, los intentos de suicidio entre los adolescentes y jóvenes van en aumento. Personalmente, puedo contarles que durante un turno en la emergencia del Hospital Roosevelt, se presentaron 3 casos de jovencitas con intoxicación por medicamentos y se les dice intoxicación porque fueron intentos fallidos de suicidio.

Quienes cometen suicidio, no suelen tener 13 razones y tampoco dejan cintas (grabaciones) para explicar por qué tomaron esa decisión. En el mejor de los casos, dejan una carta o un estado en Facebook porque en le vida real, solo basta una razón para tener el valor de hacerlo. Y ante esto, la mayoría de nosotros somos lo suficientemente ciegos para no ver las señales que la otra persona nos da. Como buenos “millenials,” basamos nuestra interacción en la premisa de que “aquello que no esté en la red, no existe”. La tecnología podrá haber acortado distancias y claro que se convirtió en una herramienta indispensable, pero está destruyendo nuestra formar de interactuar con las personas y sobre todo distorsionan la realidad porque en internet todo es posible.

Por ello, da miedo saber cuántos jóvenes en las universidades sufren en silencio porque no son “lo suficientemente… delgadas, bonitas, inteligentes, aplicadas, bien parecidas, populares o fáciles”. Les aterraría saber el alto número de trastornos alimenticios presentes entre la población estudiantil (anorexia o bulimia). Debajo de toda esa ropa bonita, toneladas de maquillaje, smartphones nuevos y fiestas interminables, se esconde un gran número de personas con el corazón roto, cansadas de estar guardando apariencias, de no tener los recursos a su alcance o que se sienten inútiles. Igual de alarmante es el gran número de ancianos abandonados a su suerte en asilos u hospitales que pasan su día rogándole a Dios que se acuerde de ellos y se los lleve por las noches mientras duermen. Además, no podemos pasar por alto a los niños del área rural que al enfrentarse a tantas carencias, vejámenes y escasas oportunidades, buscan acabar con el sufrimiento. Todos buscamos ser felices pero tan tergiversado esta nuestro concepto de felicidad, que estúpidamente todos buscamos lo mismo, lo que termina por frustrarnos y herirnos de forma profunda.

Para cambiar esto, debemos transformar muchas realidades, darle valor o significado a la nuestra y la de los demás, pero por sobre todo, cambiar la percepción que tenemos sobre las enfermedades mentales que son una realidad mal atendida y estigmatizada en nuestro país. Una serie de televisión nos está dando el punto de partida para romper tabúes y hablar sanamente de lo que está sucediendo entre los adolescentes y jóvenes, que nos va durar hasta que estrenen otra serie igual de polémica o una película con gran marketing.

Hasta ese entonces, tendremos la opción de seguir ignorando la realidad o afrontarla.

Si necesitas ayuda o conoces a alguien que pueda necesitarla, no dudes en buscarla; iglesias, universidades y hospitales ofrecen ayuda gratuita. ¡No estas solo!

 

 

** ¿Cómo reconocer a alguien en problemas? Los signos precoces de la depresión crónica y del intento de suicido son: duelo prolongado, sentimientos de culpa, tensión y agitación, insomnio, pérdida de peso y apetito, abandono del aspecto personal y amenazas directas o indirectas de cometer suicidio.

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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