By Gabriela Sosa
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Gabriela Sosa / Opinión /

Confusión. Sorpresa y confusión. Pesar y confusión. En inglés “numbness”.

Antes del viernes tenía una vaga idea sobre escribir acerca de las lecciones del 2015. Y luego pasó el viernes, pasó París, sí, pero también Beirut, y pensé en toda la gente que vive en esos países en guerra… Y por toda la gente que vive aquí mismo en Guatemala, por toda la gente que sufre. Porque eventos como estos inevitablemente hacen que mi mente salte a todos esos casos, extremos, pero muy, muy reales; a todos esos horrores que rondan nuestro planeta, a todo ese dolor y desolación.

Nunca he estado segura si es porque mi cerebro no funciona bien que siempre se va a estos extremos, pensamientos e ideas sobre la oscuridad de la humanidad, que me tumban hacia atrás y no me dan ganas de salir de mi cama, porque me he convencido que solamente seguimos causándonos más dolor entre nosotros mismos… y al planeta, a otras especies.

Nunca he podido explicarme a mí misma, ni he encontrado entre mis lecturas y estudios una razón por la cual existe tanto dolor.

Habrá quienes dirán que nos hace más fuertes, que eventos trágicos como los de este fin de semana, realidades que al menos en países como el Líbano son demasiado frecuentes y nadie les pone atención, pero al tratarse de Francia todos cambian su foto de perfil; realidades que sirven para enseñarnos algo, como una lección de historia. ¿Lección de historia? Por siglos, la humanidad ha destruido todo a su paso, imponiéndose en aquello que desconoce, incluso entre otros seres humanos, por el simple hecho de verse distintos, por la necesidad –necedad- de imponer las creencias propias como únicas y verdaderas. No hablo solamente de religión, peleamos por todo, hasta por moda y estándares de belleza. Y lo seguimos haciendo. Continuamos dentro del laberinto de sufrimiento al que aludía García Márquez en El general en su laberinto. Una y otra vez. La historia se continúa repitiendo. A pesar de estudiarla, a pesar de los testimonios del dolor causado. Continúa, inexplicablemente continúa.

Y la vez, pareciera que estamos tan acostumbrados a todos estos tipos de violencia, que ya ni volteamos a ver; tan acostumbrados al laberinto. Consumimos las noticias a través de las redes sociales, incluso algunos aún de forma escrita, y solo le damos vuelta a la página, continuamos bajando con el dedo el timeline, ¿nos hemos vuelto zombies como menciona Ana Raquel? ¿Estamos tan desensibilizados a eventos como estos, que ya no nos sorprenden? Claramente en algunos lugares, como nuestras propias calles, la respuesta para la mayoría es afirmativa. Basta darse una vuelta por lugares como las sedes del IGSS o los juzgados de menores, orfanatos, los hospitales nacionales, por el basurero de la zona 3, o las calles del Centro, de las zonas denominadas “rojas” para ver incontables casos que ignoramos. Casos de niños que trabajan en lugar de estudiar, niñas claramente abusadas, niños desnutridos, descalzos, personas enfermas sin acceso a centros de salud que los ayuden, personas que limpian la ciudad por un mínimo sueldo, que se ven forzadas a hacer trabajos que muchos de quienes tienen acceso a esta misma página podrán considerar denigrantes, personas sin opciones,…personas olvidadas.

Sin embargo, el objetivo de este comentario no es de carácter fatalista, como algunos me han tachado de ser, mas bien para dar lugar a las preguntas: ¿por qué? ¿Por qué continuamos así? ¿Por qué de verdad no logramos cambiar? ¿Cómo pretendemos explorar las estrellas y otros planetas cuando ni siquiera logramos mantener la paz aquí? Y la pregunta más importante de todas: ¿qué podemos hacer como individuos en un pequeño país que a nivel internacional muchos ni saben existe? ¿Qué podemos hacer ante tanto dolor en el mundo?

No hay respuestas correctas.

Excepto, quizás, obviamente, no continuar de la misma manera. Aunque sea en nuestro pequeño entorno tratar de dar el espacio para otras formas de pensar y vivir, tratar de no hacerle daño a alguien más, y si se hace de forma inconsciente, disculparse y aprender, para no volverlo a hacer; perdonar, seguir adelante; respetar. Definitivamente no continuar con la guerra.

Hay gente en el mundo que hace cosas extraordinarias por los demás, pero no siempre es necesario ni posible algo de escala tan grande, un simple acto de empatía, aceptación al prójimo; muchas veces son suficientes. Y nos debemos a nosotros mismos como humanidad hacerlo, porque de lo contrario, llegará el día que ya no habrá con quién pelear. No necesitamos Los juegos del hambre para imaginar una realidad distópica de muerte y guerra. Ya la vivimos a diario y lo mínimo que podemos hacer, es tratar de no aportar más odio al mundo.

Bueno, resulta que al final este comentario sí fue una reflexión del año.

 

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We had to forgive to survive in the laberynth. [Teníamos que perdonar para sobrevivir en el laberinto.]”

– John Green

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About the Author

Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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