By Martín Berganza
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Martín Berganza/ Opinión/

Como muchos lectores de este medio, nací y crecí en la ciudad de Guatemala.  Una urbe grande, acomodada en un valle relativamente angosto, aunque extenso para nuestra geografía. Con una vista hacia cuatro centinelas ígneos y con un clima agradable. Crecí en una colonia del oeste de la ciudad y sigo viviendo allí; al borde de un barranco boscoso en dónde podés ver zorros grises por la noche y pájaros carpinteros en los cipreses por la mañana. En general, los accidentes geográficos de la ciudad, la hacen agradable y también desagradable (pensemos en la cantidad de barrancos que no permiten que las calles se extiendan en todas las direcciones reduciendo la movilidad). Pero la ciudad, claro, es una construcción humana.

Y la Nueva Guatemala de la Asunción es un lugar que deja mucho que desear, tanto en lo relativo a la calidad de vida de sus habitantes, así como la mentalidad del citadino.

La ruta de mi casa a mi trabajo, es bastante ilustrativa. En vez de tomar la ruta que me llevaría directamente allí, tomo varios desvíos para evitar el tráfico. Subo al Periférico desde la Roosevelt pasando por los trabajos de ampliación que la Municipalidad lleva a cabo para “mejorar la capacidad vial” del puente. Me dirijo hacia el norte y cruzo para Kaminaljuyú. Bordeo el parque y pienso en que todas las colonias que rodean al sitio, se construyeron sobre el mayor sitio arqueológico del preclásico del altiplano guatemalteco. Me entristezco y le subo el volumen a la radio. Sigo. Paso por la colonia Landívar, una colección heterogénea de casas de mediados de siglo y construcciones de block. Sigo por el basurero. Cruzo hacia la terminal, esa mancha gris con olor a fruta podrida en el centro geográfico de la ciudad, la línea divisoria entre este y oeste. Sigo mi camino y cruzo hacia la zona 9, paso por los juzgados de niñez y adolescencia ubicados a la par de una juguetería.  Continúo hacia zona 9. En el camino, en cada semáforo hay mendigos, hay niños pidiendo dinero, vendiendo chicles, limpiando vidrios. 

Hay un libro de un publicista australiano, Peter Moore, que detalla su viaje por Centroamérica con su novia justo en el año ’98 tras lo más fuerte del Huracán Mitch. Poco dice de la Ciudad de Guatemala, en dónde la describe como una ciudad fea en un estado prematuro de decaimiento. 18 años después, y salvo el rescate de la Sexta Avenida y la jardinización de varias colonias, poco ha cambiado como para mejorar esta impresión. De los logros de la municipalidad de Álvaro Arzú, el Transmetro es quizás el más visible. Pero el crecimiento desordenado de la ciudad, la falta de coordinación con las municipalidades aledañas, los problemas de abastecimiento de agua (que repercuten en las cuencas hidrológicas vecinas) y el manejo de desechos deja mucho que desear y son problemas que hacen peligrar la supervivencia de la ciudad a largo plazo. Poco parecen importarles estos problemas a Arzú.

La ciudad tiene ejemplos de problemas estructurales, a simple vista de todo ciudadano, que deben resolverse.

Por ejemplo, ¿el hecho de haberse abierto tres agujeros en las zonas 2 y 6 no fue suficiente indicador de que debía invertirse en la reparación? o cuanto menos, ¿ordenarse una investigación acerca del sistema de tuberías de la ciudad? ¿No les parece altamente inconveniente poco sanitario y costoso, mantener un basurero en el centro geográfico de la ciudad situándose en un eje junto con la terminal de autobuses con su respectivo mercado? Es preocupante que no se cuestione por parte del ciudadano común la “normalidad” de este tipo de situaciones, más si se ha podido viajar al exterior del país, habiendo presenciado diferentes formas de administrar las ciudades.

Es irónico que la ciudad se considere el voto inteligente, tras haber elegido cuatro veces a la misma propuesta edil. Claro, son pocas alternativas las que se vislumbran como viables para la alcaldía en el año 2019. Neto Bran fue una amenaza neutralizada por el alcalde; ya lo subió al barco unionista. Difícilmente, pueda ser una alternativa viable; y a mi parecer, poco deseable para la alcaldía capitalina. Entre otros políticos, son pocos los que podrían y querrían la jefatura edil; y es poco probable, que le jalasen la silla al alcalde. Quizás tengamos a Álvaro Arzú como alcalde hasta que sus fuerzas se apaguen.

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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