By María Fernanda Sandoval
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“Éramos amigos, y nos hemos vuelto extraños. (…) Somos dos navíos, cada uno de los cuales tiene ruta y rumbo diferente; podemos tal vez cruzarnos y celebrar juntos una fiesta como ya lo hicimos. (…) la fuerza omnipotente de nuestra misión nos separó, empujándonos por mares distintos, bajo otros rayos de sol, y acaso no volveremos a encontrarnos o quizás sí; pero no nos conoceremos, porque nos habrán transformado otros mares y otros soles. (…) nuestros senderos y nuestros destinos están inscritos como cortas etapas (…) queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun en el caso de que fuésemos enemigos en la tierra.” Friedrich Nietzsche: La Gaya Ciencia, 1882.

En el fragmento transcrito, Nietzsche, el gran filósofo alemán, se desahoga en su amistad, posiblemente con Richard Wagner. Algunos dicen que con Lou Salomé… El primero, Wagner, fue un músico y literato, también alemán, tendiente al romanticismo. Nietzsche, como su joven discípulo, encontró unión de intereses desde su oposición al mundo racionalista. Sin embargo, la relación que llegó a ser de lazos muy estrechos, se vio perjudicada ante un Richard Wagner que, doblándole la edad a Nietzsche le pareció acomodado y mezquino.

Así aunque fuera un genio musical, lo que su alumno honestamente admiraba y reconocía, su vanidad y soberbia terminó por separarlos.

La segunda, Lou Salomé, quizá la única mente capaz de comprenderlo según él mismo insinuó. Una notable psicoanalista y valiosa escritora rusa, cercana y consejera, hacia quien además se inclinó amorosamente. Interés que nunca pudo concretar, pues Lou Andreas-Salomé le rechazó, agravando la ofensa, al elegir como pareja a Paul Rée, amigo de ambos.

Así bien, el mismo Friedrich Nietzsche, el más grande expositor del nihilismo, la corriente filosófica que toma como base la negación del sentido valor de la vida; encontró en la amistad el supuesto para alejarse del escepticismo y referir a la “amistad de estrellas” como excusa de la sensibilidad perdida entre su tesis que pretendía destruir la metafísica.

Sin procedencia, escondido entre el libro “Die fröhliche Wissenschaft”, documento que también fue traducido al español como “El alegre saber”, sin el sarcasmo que caracteriza al texto, se asoma, tierno el ponderante significado que para el filósofo tiene la amistad, sutil necesidad en los seres humanos.

Bien pues, ni Nietzsche, ni nadie, se escapa de su enredo.

La Real Academia Española, define la amistad como un “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.” Así, este afecto, punto medio entre el cariño y el amor, salva y acomoda a casi cualquier ser humano. Evidentemente, es un sentimiento que nos obliga a mostrar debilidad, ante la necesidad de aceptación y reconocimiento de los otros. Pero es quizá en esta vulnerabilidad de admitirnos empáticos al ajeno y contemplar en él una parte de nosotros mismos. Tan personal, maravillosa y al mismo tiempo, común y vulgar, como la propia humanidad; que una palabra trillada, pasa a ser vital hasta para el más feroz de los tiranos o el más sabio de los hombres.

Hipótesis sobre la amistad hay varias: amigos que comparten los eventos más importantes de vida. Luego desaparecen, pero permanecen en la memoria, como la valiosa amistad de las estrellas; siete años en una amistad, que por su duración, convierte a la relación en un vínculo para toda la vida; amistades que nacen de niños y por eso, son las más desinteresadas y auténticas; el un amigo es como la sangre que acude a la herida sin que la llamen” de Quevedo; el “dime con quién andas y te diré quién eres” de todo el mundo…

Es difícil determinar con exactitud cuál es la amistad válida y por qué razón decidimos de quién ser amigos. Lo único cierto es que esta magia, afecto o necesidad es esencial para casi cualquier ser humano y más allá de su razón, debemos abrazarla y disfrutarla.

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Estudiante de Derecho. Universidad Rafael Landívar. Interesada en la poesía, el arte y la sociedad.

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