By María Fernanda Sandoval
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María Fernanda Sandoval/ Opinión/

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de visitar El Hogar Niño/Niña Esperanza una institución en la que por las tardes se ayuda a niñas y niños que habitan los lugares cercanos al relleno sanitario de la zona tres, a hacer su tareas. Además de cuidarlos y proveerles almuerzo.

Al llegar, la religiosa encargada del proyecto me indicó que mi tarea consistía en compartir con niños de segundo y tercero primaria y resolver las dudas que surgieran con sus deberes. -Sus padres son personas que viven de la reutilización de la basura- comentó. –El cederles por las tardes un espacio limpio y donde puedan hacer su tarea y recibir el almuerzo, es nuestra forma de ayudar.

Entro a la clase y uno de los niños llama especialmente mi atención. Parece el más concentrado en sus tareas. Me acerco y leo que en su cuaderno, con caligrafía infantil las instrucciones rezan: dibujar y pintar los planetas del sistema solar.

-Hola ¿qué tal vas con la tarea? –le pregunto.  -¡Ya vas a terminar, qué pilas! ¿te sabés el orden de memoria?

Con una sonrisa pícara, mi nuevo amigo me dice que no y a escondidas de la maestra voltea las páginas del cuaderno para enseñarme la lámina de donde está copiando sus dibujos.

-Ah, ya veo… ¿cuántos años tenés?

– Acabo de cumplir nueve.

-Nueve… cuando yo tenía tu edad Plutón todavía era un planeta.

Él deja de escribir y abre los ojos enorme. Me ve con cara de signo de interrogación. Seguramente nunca ha escuchado el nombre “Plutón”. Cuando termina me invita a quedarme con él, ya solo le faltaban dos tareas.

-También es de Ciencias, seño. Y lo bueno es que son de dibujar, a mí cómo me gusta dibujar.

El segundo ejercicio consiste en  “dibujar y pintar los tres estados de la materia”.

– A ver ¿cuáles son? – le pregunto.

Él busca dentro de su cuaderno. Sin embargo, no ha pegado ninguna lámina que se lo facilite.

–No sé, no me acuerdo.

-Gaseoso, líquido y sólido. –le digo. ¿Se te quedaron?

No se le quedaron. Pasamos la siguiente media hora intentando dejar ese conocimiento claro.  Como es un niño de tercero primaria, se me ocurre explicarle a través de imágenes:

-Sólido es duro… como el hielo. ¿Qué pasa con el hielo en el calor?

–Se derrite.

–Sí, se vuelve agua. ¿Qué estado es ese?

-¡Aguático!

-No,  no se llama así.

-¡Gasesoso!

– (…) Líquido

– Pero las gaseosas son líquidas.

– Sí, pero les decimos así porque tienen gas. Sigamos con la tarea, tenemos el estado líquido como el agua, el gaseoso como… has visto cuando se deja por mucho tiempo calentar el agua para café ¿qué pasa?

–Se pone caliente y quema.

–Sí, pero si lo dejás mucho tiempo, hay menos agua ¿has visto?

-Sí.

-Y uno sabe que está caliente ¿por qué? ¿qué le sale?

-¡humo!

– Sí, humo que es estado gaseoso. Ese es el tercero. Entonces, tenemos… líquido, gaseoso  ¿y… cuál me hace falta?

-¡DURO!

-Cómo le decimos a ése… empieza con “s”. Só…

-Dígame con cuál termina, Seño.

– Termina con la “o”.

-¡SÓLIDO! ¡Sólido, líquido y gaseoso!

Felicidad absoluta. Ahora que ya sabemos los tres estados de la materia, tenemos que dibujarlos y pintarlos para terminar con la tarea. Mientras pinta, me pregunta:

– ¿O sea que no todos son iguales?

-¿Los estados? No, son distintos.

-Sí, porque si gaseoso es el humo es como el aire de los globos y allí cabe un montón, en cambio uno no puede meter al globo un escritorio, no cabe ni uno.

– Sí, eso es cierto –respondo, muy contenta de que en tercero primaria no se mencione el estado plasmático.

Ya solo le queda una tarea, tiene que dibujar y pintar tres máquinas compuestas y tres descompuestas. Revisa sus notas y me muestra dentro de las descompuestas: una  palanca, una polea y unas tijeras; y dentro de las compuestas: una computadora, una bicicleta y una carreta. Luego, sin calcar la figura, dibuja y pinta una bonita bicicleta verde.

–Dibujás muy bien –le digo. -¿Qué querés ser cuando seas grande?

Por primera vez no me responde. Intento nuevamente:

-¿Así que te gusta dibujar?

-Sí, mucho.

-Por eso ¿de qué queres trabajar cuando seas grande?

Solo mueve la cabeza en negativa.

-Podés ser arquitecto –lo animo, mientras dibuja un teléfono celular. -Ellos hacen los planos, dibujan  las casas y lo edificios. O  podés ser diseñador.

Sigue pintando y sonríe.

-¿Puedo dibujar un avión? – me pregunta.

-¿En máquinas compuestas? Sí, claro.

Dibuja el avión aunque este no esté dentro de los ejemplos. La verdad, al comprarlo con otros niños de su edad, es un dibujante excelente.

La tarde termina y tengo la oportunidad de acompañar a los niños a sus casas. Salimos de la escuela y a dos cuadras hacia el basurero nos encontramos en el asentamiento donde viven. Un espacio de tres por tres metros, protegido por láminas es su hogar y el de sus vecinos. Viviendas pegadas a otras y separadas de las de enfrente, por caminitos en los que apenas cabemos al caminar. Costales, latas, botellas y botes vacíos apilados son la ornamentación. Niños descalzos entre la tierra y a la entrada del lugar una vitrina con pan dulce y franceses, asechada por las moscas.  Antes de llegar, pasamos cerca de un callejón más amplio, allí un grupo de siete muchachos entre once y diecisiete años se insulta y habla con malas palabras. El olor a marihuana y cigarro se nos impregna en la ropa. La religiosa y el niño, que conocen bien el lugar, solo bajan la cabeza y caminan más rápido.

Dejamos en su casa a mi nuevo amigo. La religiosa, que conoce bien a las familias de los niños, pregunta a sus papás sobre su hermanito,  que es un bebé de ocho meses. Lleva un mes en el hospital. Ya había estado allí por desnutrición.  –Es muy bonito ver a los niños tan limpios- dice la hermana, cuando regresamos al hogar y compartimos la experiencia. -En realidad es una tarea muy difícil que sus mamás los mantengan así, en estas condiciones.-

Ahora desde mi realidad, me pregunto cada vez que tiro la basura, si esta va a llegar a alguna de las casas de aquellos niños. 

Pienso además en los derrumbes que ocurren constantemente en el relleno sanitario, que dejan soterrados a guajeros y son noticias insignificantes para todos los demás; en las viviendas de tres por tres metros y la gente que vive en ellas, familias completas que subsisten de la recolección; en la falta e inaplicabilidad de políticas públicas; en el desinterés  en la promulgación de una ley de desechos tóxicos; y en  qué tanto van a haber cambiado las circunstancias para cuando el niño dibujante tenga mi edad.

–Existen personas y organizaciones  que se dedican a su cuidado- pienso para calmarme. Además, hay guatemaltecos capaces de solidarizarnos con otros, aptos para llegar a cargos de poder y tomar decisiones desde los cuales se puedan dar soluciones a los problemas de fondo de la ciudad. Hay personas cansadas de evadir nuestros derechos democráticos, con las suficientes agallas para creernos capaces de exigir soluciones concretas a las autoridades encargadas: programas de reciclaje y leyes idóneas que se encarguen de la problemática. Capaces además, de organizarnos desde el sector privado, en pro de los niños y las niñas que viven en sectores de vulnerabilidad. Hay individuos conscientes que se preguntan a dónde va a parar todo aquello que desechamos, empresarios empáticos que se ponen en los zapatos de otros y promueven y entienden la validez de una verdadera responsabilidad social, que se ocupe del ambiente en que se desarrollan. Hay una posibilidad de cambio, que está en nuestras manos. Tal vez el niño que acaba de cumplir los nueve años y ya es un excelente dibujante, pueda llegar  a ser arquitecto, médico, abogado o lo que él quiera. Y tal pueda algún día subirse a un avión.

-La esperanza debe estar en estado gaseoso –pienso. Es como el aire de los globos, y aquí cabe un montón.

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Estudiante de Derecho. Universidad Rafael Landívar. Interesada en la poesía, el arte y la sociedad.

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