By Claudia Aj Hernández
Posted: Updated:
0 Comments

Después de una larga introspección, siempre surgen más dudas que respuestas que generalmente llegan después de cerrar ciclos importantes en la vida, o al menos, ese fue mi caso. Hace poco mi vida tuvo un giro de 360 grados. Mi rutina cambió, mis obligaciones cambiaron, mi forma de ver la vida también y llegué a la conclusión de que las personas y circunstancias a las que nos enfrentamos a lo largo del camino participan significativamente en construir nuestro carácter y personalidad.

De niña siempre le tuve miedo a la soledad. Ahora prefiero estar sola que mal acompañada. Es una las cosas que más disfruto.

De niña le tuve miedo al fracaso; ahora sé que tropezar es el camino correcto al éxito. Le tuve miedo a la desintegración familiar; ahora sé que es una solución. No conocía la desconfianza, la inseguridad ni la indiferencia; ahora puedo decir con certeza que las vivencias personales nos llevan a experimentar nuevos sentimientos y moldean nuestro comportamiento.

Gran parte de mi vida viví dentro de un círculo negativo de agresión verbal e inestabilidad emocional, donde reinaba la desvalorización, el menosprecio y un sinfín de descalificaciones. Y quizá en algún momento, me creí todo ese palabrerío de mierda y me convertí en eso mismo que me hacían creer; pero también fue lo que me dio el valor necesario para salir de ahí para no dejarme; alzar la voz y no agachar la cabeza nunca más. Las intimidaciones, humillaciones y vejaciones se volvieron pan de cada día, la vergüenza e impotencia, también. Mi mecanismo de defensa se convirtió en contrarrestar los insultos con más insultos y claramente mi atmósfera se volvió tóxica, pero siempre llega la gota que derrama el vaso y junto a ella la osadía de poner un alto.

Me valió madre el madrazo que me podía dar después, porque estaba segura que no podría ser peor a lo que estaba viviendo, me valió madre el “deber ser” y lo que pensaran los demás, porque era mi autoestima la que estaban pisoteando y me valió madre “partirle el corazón” a alguien que “sin querer queriendo” me lo destrozó a mi primero.

Tres meses después, las dificultades no han sido tantas como lo imaginé, he logrado experimentar un estado de equilibrio y serenidad que no cambiaría por nada en el mundo y lo más importante, me he sentido feliz, completa e inquebrantable.

He tratado de buscarle explicaciones o justificaciones a muchas cosas y aunque aún ninguna me satisface, trato de comprender que el ser humano así no nace, lo hacen. Sorprendentemente, una ofensa verbal puede llegar a ser tan dañina como una física, aunque no es visible, el efecto de las palabras y la forma de decirlas causan cicatrices de por vida.

Sin embargo, ver hacia atrás y aprender de las experiencias negativas que han marcado nuestro camino, aceptar nuestros errores y valorar las enseñanzas que nos han dejado, es parte del proceso de reconciliación con nosotros mismos.

A todo esto, la mula no era arisca, era dócil y apacible, era confiada y entregada.

La mula era yo.

La mula es Pedro, María, Andrea y José. La mula sos vos, porque estoy segura que a lo largo de tu vida te has enfrentado a situaciones difíciles que te han hecho cambiar pero también crecer. “La mula no era arisca… la hicieron”, a mí, a vos y a todo el mundo. Y qué mejor, que aprovechemos el inicio de año para proponernos a no juzgar a los demás sin conocer las adversidades que les ha tocado afrontar ni las experiencias que los han hecho cambiar.

About the Author

Me gusta escribir líneas de experiencias propias y ajenas, de historias vividas y soñadas, transmitir sentimientos y dejar el alma al descubierto.

Related Posts

A diferencia de otros espacios, que se sienten como un grito al vacío infinito del internet o al...

En reiteradas ocasiones he manifestado en este espacio que las personas que forman la opinión...

Una vez leyendo un artículo en una revista española, leí un pensamiento que me pareció bastante...

Leave a Reply